Repaso lo que en su día aprendí en la Universidad sobre la función del Mercado para acabar comprobando lo poco que las cosas han cambiado a pesar de la multitud de teorías posteriores. ¡El Mercado”!, así, con mayúscula casi mayestática, ese hallazgo decisivo de la cábala economista que lo considera el mecanismo de asignación de recursos más conocido, en cuyo seno la competencia entre las empresas decide “quién se queda con qué y cómo”. Nada menos, pero hay más, por ejemplo, la tesis de que, según la teoría microeconómica, ese Leviatán “es capaz de asignar los recursos siempre y de manera perfecta, siempre que …”exista competencia perfecta entre los agentes”. ¿Ven qué sencillo? La pregunta clave debería interesarse por la razón de que las sociedades y sus poderes públicos no hayan entronizado ya –definitivamente, porque de hecho, hace tiempo que pisa el trono–  esa piedra filosofal.

¿Ven qué sencillo? Nada como la luz que desalumbra el cielo neoliberal. Pero, ay, resulta que luego las cosas no son tan sencillas. Un caso: si los recursos se asignan de manera tan transparente que los precios vendrían a ser, en la práctica, una suerte de ecuación elemental entre oferta y demanda; si es tan perfecta la asignación de recursos como aseguran esos profetas, ¿por qué los distribuidores saquean a los productores imponiéndoles precios abusivos más que leoninos, o cómo explicar la estrategia industrial de fabricar los productos atenidos al imperio de la “obsolescencia programada”, esa tramposa limitación  de su utiidad y duración? Un caso estupendo que hace tambalear el discurso ideológico sobre el Mercado es el de ese industrial que desde hace años intenta inútilmente, frente a los lobbies de la competencia, colocar en la oferta la famosa bombilla inextinguible y reparable de su invención,  inspirada en la que en un cuartel de bomberos californianos lleva luciendo más de un siglo pero, según dice, altamente perfecionada. Pocas propuestas modernizadoras habrán soportado un aluvión de réplicas y descalificaciones como nuestro presunto inventor al que, desde el Mercado que le cierra herméticamente el paso a su novedad, le ha llegado más de una propuesta de compra de su patente pero ninguna de comercialización. Cierto, “la competencia –como dice la teoría– decide “quién se queda con qué y cómo”, pero no parece tan clara, en cambio, aquella cacareada capacidad del Mercado “para asignar los recursos de manera perfecta”.

¿Perfecta?  El inventor de la bombilla ha hecho lo único posible: pedir a la UE que haga cuanto esté en su mano para evitar la famosa “obsolescencia”, es decir, que los productos se fabriquen deliberadamente con fecha de caducidad oculta. ¿Por qué –al margen de la estrategia de administrar las novedades tecnológicas-  nos dura tan poco la lavadora, el ordenata o el televisor? Nos deja perplejos escucharle a Hayes que “en los precios de bienes y servicios  está toda la información que el empresariado precisa para garantizar un crecimiento equilibrado”. ¡Que se lo cuenten al productor! Alguno de ellos me confía que sus lechugas se encarecen un quinientos  por cien en el viaje que separa al huerto del supermercado. Parece claro que el margen de autarquía del consumidor limita, en la práctica, con las insalvables  exigencias de las estrategias de ese Mercado

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