He visto en los últimos tiempos en la digital diversos documentales dispuestos a contribuir a agravar el enigma de las pirámides egipcias. Se trata básicamente en ellos de demostrar la imposibilidad práctica de proceder a esas construcciones, incluso con los medios de que hoy disponemos, una tesis que, llevada al límite psicodélico, acaba por remitirnos a los marcianos y santas pascuas. Un ingeniero anglosajón, por ejemplo, hubo de abandonar hace poco tiempo, tras un  prolongado intento de subir bloques idénticos a los empleados por los arquitectos faraónicos, siguiendo el famoso procedimiento descrito por Heródoto (“Historia”, l. II, ‘Euterpe’, 124 y ss.), es decir, la teoría de que el método de aquellos alarifes de hace 4.500 años consistió en levantar de abajo arriba, mediante el uso de rampas, depósitos de enormes piedras (alguna de la cámara real pesaría 60 toneladas) hasta alcanzar el vértice que, según él, era lo primero en ser rematado, siempre bajo la atenta mirada del pérfido faraón que puso a los sacerdotes a currelar, igualándolos con una legión de obreros alimentada a base de rábanos, ajos y cebollas, y hasta exigió a su propia hija que afanase en un prostíbulo su correspondiente contribución. Hace mucho, en todo caso, que sabemos que esos monumentos son un compendio matemático, no poco misterioso, y al parecer regido por relaciones tan estrictas como las que posibilitan el número pi y la sección áurea, como hace años que explicó Matila Ghyka, pero es el caso que nadie da con el tranquillo que permita reproducir el prodigio que fue y sigue siendo esa maravilla del mundo. J.-P. Houdin ha abordado el problema desde la representación virtual (ésa que hoy permite a nuestros arquitectos construir una torre o una urbanización sin acordarse siquiera de la regla de cálculo) hasta concluir que la pirámide se construyó, efectivamente, con esas rampas herodotianas pero sólo hasta los cuarenta metros, porque a partir de ahí el medio elegido fue la construcción de una rampa interior, que debió medir cosa de un kilómetro y medio, y sobre la cual se irían desplazando sobre trineos los famosos bloques. La proyección tridimensional ha dado al traste, pues, con la fantasmagoría alienígena.
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En un de los libros más sugestivos que conoce la historia de la técnica, “Hombres, máquinas e historia”, Samuel Lilley se admiraba del fabuloso resultado que la arquitectura primitiva podía alcanzar con medios tan elementales y decía que, si bien las pirámides no constituyeron una sensible aportación al progreso, sí que producirían efectos perdurables y profundos en las técnicas de construcción. Como ahora el arquitecto Houdin, Lilley se plantó en la superioridad de la inteligencia sobre la fantasía, aceptando sin estrépito el escándalo tecnológico que supone que unos artesanos ajenos a cualquier sofisticación fueran capaces de realizar esos prodigios que hoy resultan irreproducibles. Calcular mirando a las estrellas, avíarselas con cuñas de madera para calcular bloques con una precisión que hoy resulta increíble o nivelar las obras a base de canales adjuntos a las construcciones asombra a un hombre que tal vez ni es consciente de su nivel de dependencia tecnológica aunque valido de esa tecnología sea capaz de “reinventar”, como ha hecho Houdin, el secreto de Keops. ¿Quién colocaría hoy a huevo –y a cien metros de altura– un bloque de dos toneladas y media, quién gobernaría un ejército de cien mil hombres durante veinte años, quién sería capaz de ensamblar tan enormes piezas con un error máximo de dos centésimas de pulgada? Cuando se dice que un simple apagón pulverizaría sin remedio nuestra civilización se está sugiriendo la precariedad de un progreso que no ha sabido hacer compatible su avance con la tradición. Hoy no hay un dios que haga una pirámide como las de hace varios milenios si no es con un ordenador. Ellos convertían palos en serpientes y se quedaban tan tranquilos.

4 Comentarios

  1. Gracias sean dadas al cielo -los dioses deben estar locos, como decía la peli cocacolera- porque este Anfi no nos da la barrila con el nuevo nombre de los asesinos del norte o con el sueldo del registrador. Esto es nivel.

    (He decidido entrar en clausura, con lo que mi voto de silencio comenzará a las doce de esta noche. Nunca supe despedirme. Gracias al hospitalario Jefe. Larga vida y ancha suerte para él y para todos los que compartieron alguna vez este rincón de tolerancia y armonía. Bye).

  2. Con la que está callendo y el amigo Jose Antonio navegando por la Galaxia de Andrómeda.

    Perdidos en el espacio y sin combustible, la agonía será larga y angustiosa.
    Un silencio infinito nos aguarda.

    Será como el Camino de Santiago…pero sin posada.

  3. Magnífico artículo, entretenido y culto, todo a la vez. Gracias don José Antonio.

    Y Sor Angustias, ¿qué nos está usted diciendo? Por favor , no nos abandone así! ¡Qué va aser de nosotros pobrecitos sin sus sabrosísimos comentarios?
    A très bientôt , espero

  4. 00:35
    Doña Sor, doña Epi, ¿Por qué nos deja? ¿Es que la deserción masiva la ha desmotivado?

    Y yo que la había propuesto para heredera del blog cuando se jubilara el maestro…
    Qué le vamos a hacer. Ignoro sus motivos pero como es lógico los respeto. Solo me gustaría poder despedirla con el homenaje que se merece.

    Doña Épi K, me ha dado Vd. un disgusto enorme pero le deseo lo mejor.
    +++++++++++++++++++++++

    A mí, lo que más me asombra de la gran pirámide es el cumplimiento de los plazos aunque hubiera que recurrir a la contribución carnal de la princesa.

    Lo que es seguro que los alienígenas, si vinieron que no lo creo, no eran tan tontos como para hacer de picapedreros y largarse.

    Mucho más me asombra la construcción del acueducto de Segovia, que nunca deja de admirame, y más todavía el sistema de canales que construyeron, o hicieron construir, los romanos para llevar a Las Medulas las ingentes cantidades de agua que fue necesaria para vaciarlas y conseguir todo el oro allí enterrado.

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