Ni la cómica exhibición propagandística impuesta por el (des)Gobierno que nos aflige para rentabilizar electoralmente el hallazgo de la ansiada vacuna, está pudiendo impedir la absurda presencia de un negacionismo que no sólo rechaza la realidad de las vacunas sino que mantiene que la pandemia es apenas un invento de no se sabe qué fuerzas ocultas. Después de todo, el caso no debe extrañarnos en una sociedad en la que no faltan beocios empeñados en que la tierra es plana ni imaginativos dispuestos a sostener que el hombre no llegó nunca a la luna, por no hablar de esa necia legión empeñada en no vacunar a sus propìos hijos y, por supuesto, en no vacunarse ella misma, a pesar de la patente tragedia que vivimos a diario. Hasta hay bobos que defienden la homeopatía pero se resisten ante el remedio vacunal. Qué se le va a hacer.

Realmente, el hallazgo de una vacuna contra el actual virus es un portento de la ciencia, como lo fueron en su día los de las anteriores… pero algo más. En los tiempos vertiginosos que vive hoy la Ciencia hemos de readmitir –como a mediados del siglo pasado sostuvo John D. Bernal– “el poder ilimitable de la investigación” que, utilizada razonablemente, podría proporcionar a la humanidad cuanto necesite. Pero Bernal tuvo ya entonces la entereza de proclamar, en su obra memorable, que el desarrollo científico ha llegado a ser “demasiado importante para que se deje en manos de los científicos o de los políticos”, aunque también nos avisó de que quienes se oponen al reconocimiento de ese progreso no son sino “enemigos reales de la sociedad”. Sólo una educación mantenida en el tiempo lograría acaso algún día, según él, ese otro prodigio que es la conquista humana del sentido común.

Descubrir una vacuna en menos de un año es, realmente, una hazaña. Lean a Di Trocchio (“Las mentiras de la Ciencia”) para ver hasta qué delirantes extremos llegaron los sabios que buscaban la del SIDA, una vacuna que, por cierto, tras diez años de búsqueda, sólo acaba de entrar en la tercera fase de ensayo, y en cuya crónica caben incluso las inconcebibles trampas perpetradas en el laboratorio por los propios sabios. Bernal criticó también la explicable ansiedad de los investigadores tanto como de la farmaindustria, a la que, en pago de las prisas, habría que atribuir quizá el sacrificio de hallazgos fundamentales. Vale, pero casi un siglo después, parece claro que la acción sinérgica de los diversos saberes científicos junto a la masiva inversión económica, privada y pública, ha abierto ya una vía segura al milagro. El futuro nos recordará como a los locos que sabe Dios cómo generaron este apocalipsis pero también como a la turba paradójica que fue capaz de abreviar como nunca la derrota de mal.

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