Resulta verdaderamente desmoralizador escuchar lo se está diciendo en el segundo juicio del “caso Ollero” o “caso del maletín”, catorce años después de los hechos. Sobre todo porque lo que queda en evidencia es que, en aquella época, había consejerías de la Junta, como la Obras Públicas, que ajustaban sus concesiones a criterios todo menos objetivos, pero también porque, a pesar del tiempo que han tenido para vestir el muñeco, lo que se sigue oyendo en la sala viene a ser lo mismo: el runrún de un oscuro negocio que nadie se atreve a negar frontalmente fuera de la pura contradicción. El efecto más grave y profundo de la corrupción es precisamente esa dialéctica amañada que cabe en un maletín revuelta con un montón de millones. Y es efecto, lejos de despejarse, parece que se confirma oscuramente en cada sesión del nuevo juicio. Nunca un mangazo más claro gozó de más garantías. Aquí dijimos hace años que el maletín acabarían devolviéndoselo a Ollero y todo apunta a que vamos a salirnos con la nuestra.

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