Un juez italiano acaba de empapelar de nuevo al expresidente Berlusconi acusado de diversas corrupciones entre las que estaría presuntamente probada la compra de un abogado falsificador y bajo vehemente sospecha cierto fraude fiscal cometido en torno a los derechos cinematográficos de su grupo empresarial. Al mismo tiempo, dos diputados belgas han propuesto una ley que convierte en inelegibles a los políticos convictos de corrupción en cualquiera de sus modalidades, una sanción hasta ahora reservada en exclusiva para los culpables de delitos de racismo. En España también rebulle la gusanera con motivo del anuncio de no sé qué “decálogo” –¡otro!—que el PSOE ha propuesto para proscribir lo mismo el agio que el peculado en relación con los negocios de la vida pública. Una maravilla ética, un amanecer moral que, sin embargo, ha sido oscurecido súbitamente en Brasil con la elección aplastante –seis de cada diez votos—de un presidente como Lula que hace años ya reconoció la catástrofe moral de su partido al pedir públicamente perdón bajo la atenuante de sentirse traicionado, faltaría más. La crónica de la corrupción brasileña resulta ya inacabable e incluye desde la compra de votos a la financiación ilegal del partido del Gobierno pasando por el soborno de diputados, una insostenible situación que Lula ha ido bandeando a base de deshacerse de un par de ministros, un presidente de su partido, dos de empresas públicas y una legión más de personajillos menores, cuando ya no ha habido otro remedio. Algún dirigente lulista fue sorprendido en el fielato del aeropuerto forrado de dólares, cuarenta personas han sido acusadas formalmente de corrupción por la Procuraduría General y cuatrocientos funcionarios de la Cámara de los Diputados –de la que un presidente ya hubo de dimitir acusado de cobrarle la mordida al concesionario del bar de la institución—podrían estar involucrados en esa tupida trama mientras se investigan judicialmente desvíos de fondos y blanqueos de dinero a tutiplén, pero Lula –“el hombre más honesto de Brasil”, según él mismo—ha vuelto a ganar por goleada como ya le ganara al profesor Cardoso. La copa de la democracia luce espléndida a pesar de su raíz podrida.
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Se ha dicho alguna vez que nuestras sociedades mantienen frente a la moral una actitud que recuerda el puntillo de honor de que alardean los granujas. Mañana mismo, no lo duden, comenzarán de nuevo en Brasil las acusaciones contra los manejos del poder, los más encanallados testimonios sobre la venalidad de los hombres públicos, el vendavalillo sobre el flexible cañaveral de la astucia política. Es probable, en todo caso, que ni en Brasil ni en ninguna parte se desmienta la extendida presunción que ve en la podredumbre del poder un mal inevitable y en la corrupción de lo público una enfermedad voluntariamente aceptada. Apenas hay país del mundo en este momento en que no se agite la gusanera del agio, sin que sea posible distinguir para el caso entre tiranías y democracias, concordes todos los regímenes en ese inconfesable postulado de la inevitabilidad de la corrupción. Un viejo mal, desde luego, que conocieron todas las culturas políticas y sobre el que se ha acumulado una ingente mole de racionalizaciones hechas a medida. Los pueblos braman contra los podridos pero olvidan con facilidad el agravio deslumbrados ante cualquier espejuelo manejado con destreza cuando no seducidos sublimadamente como el pájaro por la serpiente. Cuentan que el currante Lula se hace cortar sus trajes por el sastre más caro de Brasil y es público y notorio que se ha convertido en el baluarte de los mangantes, pero eso parece estimular a un pueblo de pobreza legendaria en lugar de revolvérselo en contra. Como en Japón, como en Italia, como en Francia, como en España, como en Palestina o Costa de Marfil. La democracia es legítima incluso para demostrar que la corrupción no es otra cosa sino un mal voluntario.

2 Comentarios

  1. enhorabuena!Esto nos tocaba ayer.

    Pues sí, los pueblos, las más veces, se merecen lo que tienen. Miren ustedes en Francia a cuantos diputados hemos reeligido, convíctos de prevaricación y robo.
    De todas formas la gente no agradece cuando un tío es honesto. Hay que ser demagogo,y tener un buen servicio de comunicación.

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