Con lo bien que había quedado en su día la consejera de Igualdad condenando en Huelva al concejal que agredió a una mujer y le tocó el culo al otro, ahí la tienen ya defendiendo la recolocación política del condenado con el argumento de que a nadie se puede condenar al ostracismo. Ahí tienen también al alcalde de Alcalá de Guadaíra, justificando como “un tema personal” el hecho inconcebible de que el delegado de Hacienda del Ayuntamiento (¡el que firma las multas de tráfico!) haya estado conduciendo sin carné durante diez años. La “razón de partido” todo lo nubla, convierte en pardos todos los gatos, hasta los más farruquitos, del tejado público, hace que pierdan comba ética y moral incluso los personajes aislados que se han distinguido por desafiar –durante un ratito—esa lógica lamentable. Los partidos están desorbitando el mal ejemplo en lugar de ejercer esa pedagogía de la política que todos invocan en los momentos retóricos. Al enemigo, ni agua; al compañero, gloria bendita. Bien pensado el carné que le faltaba a Farruquito no era el de conducir, era el otro.

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