La teoría de la “banalidad del mal” que Hannah Arendt expuso en su libro sobre Rudolf Eischmann fue controvertida por quienes creían ver en ella, aunque fuera por su reverso, una racionalización trivializadora del Mal mismo. Molestaba la idea de que el verdugo pudiera ser entrevisto como un agente inconsciente de su tarea, como un burócrata –normalmente motivado por su deseo de promoción—que se limitaba a ejecutar de manera irreflexiva las normas emanadas del Sistema. Lo más horrible de la inconsciencia moral del verdugo es su condición de mero engranaje de la maquinaria vesánica, su capacidad de actuar con indiferencia crítica y, por tanto, moral, respecto a la maldad de los actos perpetrados. El Mal concierne de manera enigmática a la condición humana –como probó Milgram  con su interesante experimento y parece deducir también Robert Merle en su terrible retrato de Rudolf Hoess, el ejecutor de Auswitch—y en ese sentido sugiere un temible perfil del malvado que insiste en caracterizarlo como pieza irreflexiva del engranaje sin perjuicio de su responsabilidad. Hay un mal impostado pero también un mal en tono menor que encontramos no en la guarida del sayón sino, con indeseable frecuencia, entre la gente corriente, como aquellas familias de Weimar que los domingos llevaban a sus hijos se paseo hasta el campo de concentración de Buchenwald o tantas otras como convivieron con los matarifes en plena armonía. Fíjense en la oferta de ese hotel alemán, el Stadt Hameln, sede en su día de la feroz represión hitleriana, que, por 44 euros permitirá a sus huéspedes vivir la experiencia de las víctimas reproduciendo escrupulosamente las circunstancias de aquella infamia –trajes rayados, uniformes de las SS, celdas de aislamiento, rancho del prisionero—como si de un juego se tratara y como si la propia idea de la reproducción banalizada del horror real no constituyera una afrenta, no ya a quienes hubieron de padecerlo, sino al sentido común. La Arendt no se inventó nada que el hombre común no esté demostrando día a día.

 

No me digan que, en todo caso, esa oferta no resulta repulsiva quizá no tanto por su componente masoca como por la intención despreciable de presentar como trivial lo que de suyo es fatalmente perverso. ¿Se puede “jugar” a reproducir la tragedia sin ultrajar frontalmente la razón moral? Yo creo que no, y veo en ello, además, la confirmación más alarmante de esa teoría con que Hanna Arendt –como hiciera Primo Levi– trataba de descubrirnos la imprevisible contigüidad de la maldad. No es posible apearle la mayúscula al Mal sin correr el riego de justificarlo.

10 Comentarios

  1. Había leído esa “oferta” que no quería creerme aunque veo que era auténtica. ¿Se puede caer más bajo, hasta dónde descenderá la inconsciencia humana? Hace tiempo leí aquí en La Cruz del Sur que funciona en España un juego de jóvenes, el juego de la guerra, consistente en un simulacro en el ques usan balas teñidoras para señalar a las “víctimas”, y decía la colimna que a él acudían jóvenes universitarios. ¿No porliferan los anuncios sadomaso? Este mundo está loco.

  2. Una canallada. Mi pregunta, seguro que como las de uchas personas, es sencilla: ¿por qué se permiten estos atentados a la meoria de las víctimas, por qué se autoriza un negocio basado en la iniquidad? En cuanto a los “usuarios” del “servicio” ofrecido, nada digo. Que lo diga su psiquiatra, ya que el juez no les dice nada.

  3. Sí, está mal, pero no deja de ser un juego, un juego perverso naturalmente pero que no hace daño a nadie. Peor Mal me pareció lo que hacían hoy en día los que robaban a los niños para venderlos. De los padres no digo nada porque no sé lo que la pobreza y la desesperanza puede llevarte a hacer, cuando ya tienes 3 o 4 bocas que alimentar y no lo consigues.
    Lo de hoy no deja de ser un juego perverso de señoritos.
    Besos a todos.

  4. Un botón de muestra de lo que es capaz la insensatez humana, porque no me atrevo a hablar proiamente de maldad en este caso. Revivir una tragedia como divertimento, además de canalla, es idiota y, por supuesto, también yo me pregunto si la misma autoridad que envía a la cárcel por negar el Holocausto no tendría nada que decir sobre esta banalización del Mal.

  5. Como en mi cabeza no entra algo semejante, mejor hago con callarme. Esta sociedad tiene mucho, cada día más, de perversa y de loca. Loca de remate y perversa sin paliativos.

  6. Se llega a extremos degradantes, incomprensiblemente tolerados. ¡Solazarse en un campo de concentración “fingido”! ¡Hay que ser malvados además de idiotas! Vivimos un mundo grandioso son su cara oscura.

  7. Europa anda dando traspiés. Muchos traspiés, sobre todo morales. Y estéticos. Y cuidado, porque es nuestra única esperanza si es que llega a entenderse con el Imperio.

  8. No me extraña nada, a estas alturas, ni siquiera esa barbaridad del hotel sadomaso. Estoy con quien anteriormente ha escrito en el blog que la autoridad debería impedir estas acciones ignominiosas que, además, entrañan riesgo cierto de perversión de la gente.

  9. Lector casi diario de esta columna desde hace años, me asomo hoy a ella –en la que reconozco la voz de una generación y admiro la fidelidad mutua entre sus miembros– sólo para mostrar mi total coincidencia con el repudio a la anécdota negra de ese hotel alemán. ¿Es que no tiene bastante el alemán con soportar la carga de su pasado, cómo es que no recaciona ante estas locuras un pueblo que tan cara las ha pagado? Sigan con su constancia, si pueden. Yo contribuiré con mi modesta aportación cuando pueda.

  10. Amén e lo ya dicho y comentado. Hay gente loca, o mejor diría estúpida terciada de canalla, que merecería que el “divertimento” se le convirtiera en forzoso siquiera durante un mesecito, a ver si les quedaban ganas de emociones fuertes. Es asqueroso. Tanto, que cuesta creerlo.

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