Una fuerte polémica viene resonando en Europa a propósito del alcance perverso de eso que llaman “telerrealidad” y la posibilidad de que la tele acabe convirtiéndose en una escuela implacable capaz de moldear la dotación perversa del subconsciente humano hasta conseguir que el individuo de las democracias, termine por plegarse al Sistema abducido por su irresistible atracción. La mirada de la serpiente, ésa es la imagen. Estos días se ha repetido en Francia la experiencia que hace medio siglo realizó en los EEUU el grupo que dirigía el psicólogo Stanley Milgram, a saber, el experimento –ahora juego televisivo—en el que un grupo de peatones se convierten en verdugos de una víctima ficticia  pero real que hace el papel de culpable, al disponer de un dispositivo para acalambrarlos con descargas considerables cuando estimen que en sus respuestas no dicen la verdad. El sayón dormido que, al parecer, lleva en su almario el mono loco, se libera de sus ataduras en cuanto le dan la oportunidad de manifestar sin ambages su crueldad nativa, porque el hombre es un lobo –como sabemos desde que lo aclaró Plauto aunque el tanto –dado que somos monos de repetición– se lo suela apuntar Hobbes– pero ya se oyen voces, como la del filósofo Stiegler que alertan sobre la inquietante evidencia de que la fascinación televisiva libere esas pulsiones y de que la telerrealidad acabe reduciendo al personal al estado pueril en que todavía no se oculta la pulsión del mordisco o la fantasía del gañafón. Lo que estos días se ha emitido en Francia (en la cadena ‘France 2’) arroja resultados muchos más alarmantes que los en su día obtenidos por Milgram: parece que la tele nos ha hecho peores, una tele que, con la excusa nominalista de la telerrealidad, pudre el ambiente con visiones que apuntan, según los especialistas, a lo que el último  Freud llamaba el “instinto de muerte”. El mono se le ha ido de las manos al domador.

 

Entiendo algunas de las razones, siempre originales, de mi admirado Gustavo Bueno en defensa de la telebasura, pero la realidad es que, al paso que va la burra, la putrefacción moral de la gente está garantizada. Y eso es algo que los poderes públicos deberían plantearse, de espaldas a la superstición de la libertad sin límites. Ese mono reclama ser domado para salvar su propio albedrío pero a la vista está que en el zoo postmoderno se está haciendo con él todo lo contrario. Es la “dimisión de sí mismo” de que habló Umberto Eco, el fin de la autonomía personal. Hay teles que han retransmitido en directo y con gran éxito ejecuciones públicas. El verdugo interior, como se ve, está al alcance de la mano.

7 Comentarios

  1. Desgraciadamente hay que darle la razón en lo del lobo interior. Y en el efecto de esta basura televisiva. No haga caso en este punto del amigo Gustavo Bueno, tan aficionado a las paradojas. Él sabe bien que le tv puede ser un instrumento liberador de alcance revolucionario pero también una escuela de perversidad.

  2. Mi pésame a madame Sicart y al otro prof francés que escribe aquí con pseudónimo por la «hazaña» de los delincuentes etarras en Francia. Y mi felicitación retrasa a jagm, cuyo importante Discurso leído en la Real Academia de Buenas Letras acabo de leer con detenimiento.
    Sí, no somos ángles, a poco que se escarba en nuestra angélica apariencia, surge el hermano lobo. Ese experimento es bien conocido y creo recordar que ya sirvió oitra vez de tema para la reflexión en la columna. No está de más insistir, de todas maneras. Toda insistencia en nuestra poquedad (¡y en nuestra insolencia injustificada!) será siempre poca.

  3. Telerealidad, telebasura, todo es lo mismo. ¿Por qué no se lo dice a su amigo Quintero, señor mío? No vale usar doble medida e ir por la vida de juez justo.

  4. No nos hace falta que nos demuestren el fondo agresivo del aer humano porque está a la vista desde que el niño tiene sentido, como todos hemos visto en nuestros hijos.Otra cosa es que la tele se dedique a herir la sensibilidad o a abonar ese instintio perverso mediante estímulos tan atroces. Dicen que el experimento americano iba dirigido a mostrar la debilidad de la voluntad de los individuos ante la autoridad. Bueno, pues me parece muy bien, pero ¿quién es la autoridad en un programa televisivo? No enduentro respuesta satisfactoria.

  5. Lobo, desde luego, secreto no sé. Cuando lo somos abiertamente, delante del objetivo, y que lo puede ver el mundo entero…no sé. Se pierde toda medida y todo pudor. Qué indecencia. Por eso no la tengo (Hablo de la tele). Casi me dan ganas de vomitar. Que nos muestren y nos empujen siempre hacia lo vulgar, lo bajo, lo cruel…¿Cómo van a ser nuestros hijos y nuestros nietos?
    Un beso.

  6. “Y Dios tomo un poco de barro, le infundió vida y creó al hombre a su imagen y semejanza”, o algo así… ¡¡¡Venga ya!!!

  7. No le tengo en cuenta el exabrupto, mi querido don Griyo, tan descaminado hoy. ¿Se va a pasar don ja la cida explicándonos el mito sin que logremos entenderlo? Sobre el tema de hoy, que tan poco eco ha despertado, ni que decir tiene que estamos de acuerdo. El optimismo antropológico ése de que el anfi dice que hablan los asesores de estos políticos, es una pamema. Han visto ustedes muy bien en la actitud «ingenua» del niño la realidad de nuestra índole. Sólo la civilización y los valores superiores que ella hace posible nos domestica y amansa en lo posible.

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