He contado otras veces que mi antiguo amigo Víctor Márquez Reviriego se levantó una mañana con los pantalones a cuadros y, eligiendo medio centenar de obras predilectas de su abundosa biblioteca, envío los otros libros encajonados a su pueblo andevaleño para que engrosaran la biblioteca pública de sus paisanos. No saben cuánto he envidiado ese gesto de Víctor, sobre todo cada vez (y van tres) que he debido mudarme de domicilio acosado por los volúmenes, como si de un cuento de Cortázar se tratara, y ni les cuento la resignación con que he acabado aceptando la verdad incontrovertible que una biblioteca galopante, a no ser que uno pertenezca a un  potentado, se vuelve indefectiblemente contra su dueño hasta echarlo de casa. El libro ocupa lugar, como el saber, y no tenía más remedio que llegar el momento en que alguien se decidiera a buscarle solución a la bibliomanía (que es cosa distinta de la bibliofilia) utilizando la oportunidad que al vuelo le brinda la realidad virtual. Pronto vamos a tener almacenada en casa la biblioteca virtual como ya tenemos, al menos muchos de nosotros, “el museo imaginario” que profetizó con éxito André Malraux. Hace nada y menos he recibido una exhaustiva edición en CD de los museos españoles que, a poco que uno disponga de un mediano reproductor, nos permitirá evitar las colas del Prado o del casón de la baronesa, deteniéndonos sin prisa, en un inefable diálogo perfecto, ante la inigualable luz de Velázquez, los misterios goyescos o las audacias picassianas. Y del mismo modo, ya sabrán que en Internet vamos a disponer en breve de una gigantesca biblioteca, verdaderamente borgiana, que sólo una de las operadoras, Yahoo, cifra en 150.000 obras. La idea de Google, seguida a uña de caballo por la Open Content Alliance y, finalmente, por Microsoft, es ofrecer en Internet el acceso libre a cuanto el hombre haya escrito en esta vida incluyendo desde el yavista y el autor del ‘Gilgamesh’ a Arturo Pérez-Reverte. Aunque sea con todo el escepticismo del mundo, creo que no nos queda otra que felicitarnos.
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Les mentiría si les dijera que espero un colapso de la librería tradicional. El libro es un invento humano –en ocasiones, quizá “demasiado humano”—hasta el punto de que la cultura universal  en él anda enraizada sospecho que con rizomas profundos, de manera que la lectura forma parte de un ritual que dudo que resulte fácil saltarse a la torera. Lo que sí supone este avance es la definitiva superación de las limitaciones de uso, incluyendo el abuso de la propiedad intelectual, puesto que lo que no habrá quien logre evitar será que el nuevo ‘soporte’ esté ahí a disposición de quien quiera echarle un vistazo, lo mismo que ya están los prodigios artísticos o la documentación oficial. Otra cosa es que, insisto, la lectura tiene mucho de gesto litúrgico y, como tal, ofrece un tipo de contacto bien distinto al que podrá proporcionar el milagro cibernético, con ese texto irreal que ni existe ni deja de existir, a diferencia del que campea sobre el papiro primordial o el papel de los modernos. El tiempo y el espacio han encogido sobrecogedoramente hasta forzarnos a inventar  nuevas dimensiones en que columpiar nuestra existencia, pero mi amigo Víctor y un servidor, además de un legión de inadaptables, seguiremos, con toda probabilidad, fieles a esos viejos amigos –cuyo tacto y olor presumía de conocer Azorín—que nos aguardan con paciencia en su anaquel, testigos de nuestra existencia, ocupando silenciosamente unos centímetros vitales de nuestro territorio, lomo contra lomo, apretando una oda con un libelo o una utopía con un responso. ¡150.000 libros facsímiles y memorizados, ahí es nada! Nada será del todo igual en ese laberinto invisible que Proust imaginaba como un cementerio de tumbas sin nombre.

125 Comentarios

  1. Hoy voy a hacer caso omiso a lo expuesto por el anfitrión, pués en realidad yo tampoco sé lo que destino le daré a los libros de mis estanterías.

    Pasado mañana día 1 tenemos, -los aquí residentes-, elecciones al Parlamento Catalán.

    Llevo dos votaciones eligiendo el voto nulo, pongo en una papeleta amiga un escrito a bolígrafo para que lo invaliden, lo mismo que hacía en los últimos años en las votaciones a Comité de Empresa en mi trabajo, tachando de la lista a quién no podía ni ver, de mi mismo sindicato CCOO.

    Pasado mañana si aguanto la presión interna que me inclina por seguir con el voto nulo, me abstendré de manera activa. Voy a seguir los consejos que sobre la alternativa al Régimen partitocrático lanza el MCRC, Movimiento Ciudadano para la Rep
    ública Constitucional.
    Aunque soy bastante escéptico, pués creo que estos políticos votándolos sus familiares, seguirán en los cargos imperturbables

  2. Pués no sé que decir: en realidad 150 000 obras, desde que el mundo escribe , no me parecen muchas. El año pasado en Francia se publicaron 663 novelas , y 745 ensayos , sin contar los estudios científicos, históricos, etc… Supongo también que alguién seleccionará las obras dignas de ingresar en esta GRAN BIBLIOTECA. Lo que me hace temer que así, poco a poco seintale un especie de consenso mundial y se borren todo pensamiento verdaderamante original. Habrá mayoría de literatura sajona, pués son ellos los que se encargan de hacerla. Supongo que para cada libro en inglés habrá otro “foráneo”. Es decir para España entrará Cervantes y poco más. Y para Francia idem.

    Mal veo a nuestros nietos.Quizás vivan la peli de Truffaut.

  3. Sepa, doña Marta, que está en proyecto una versión francesa de esa oferta, auqnue de momento la inglesa sea la única. Por otra parte, 150.000 obras son muchas obras para empezar. ¿De verdad cree usted que hay más de mil obras que merezca la pena salvar del incendio?

  4. No despotrique de los libros y piense qué sería de sus columnas sin un mal libro del que copiar algo.

  5. ¿Quién decidirá qué obras valen la pena? LO de la versión francesa quizás se haga , pero con 1 siglo de retraso, cuando ya todos hablemos inglés por narices.

    Al SR Vándalo le gustan los libros. Es un vándalo leído: es sólo medio vándalo.

  6. F. Umbral presumía de tirar libros a la piscina de su dacha, para alguno suyo no hubiera estado mal esa muerte acuática. M. V. Montalbán ponía al inefable Carvalho a encender la chimenea con robustos ladrillos innombrables. Qué decir.

    Pues que servidora anda en estos días revolviendo en la vieja biblioteca para un traslado, otro más, y con un punto de nostalgia me deshago de algún ciento de libros que, empaquetados, aún no sé qué destino darles. Me da busilis echarlos al contenedor azul, pero por otro lado no está la mayoría ni para ser cedidos a una biblioteca de pueblo, donde tampoco creo que fuera a leerlos mucha gente. Espero y deseo que allá en Castillejos el tesoro victoriano haya tenido feliz acogida.

    ¡El destino de los libros viejos, qué arcano! O de los nuevos. Al no menos ilustre andevaleño Vaz de Soto le requerí un día para ver cómo conseguir una obra suya. Me dijo más o menos ‘Fue premiada y –quizás por ello- luego no distribuida. Debe andar algún millar de ellos, los libros, en algún almacén siniestro esperando que una tronzadora los haga tiritas para reciclar’. Pena.

    Pero se encuentra una con sorpresas en el rebusco. No hace tanto, por razones obvias, hube de comprar para releer, ‘La hoja roja’ de Delibes. Hoy la encuentro en uno de aquellos libros, primera lectura, con que tve nos invitaba a leer, creo que a 25 ptas. el ejemplar. Incluso hallo el para mí desaparecido ‘Un mono en invierno’, que a nadie le dirá nada, pero fue premio para su autor Antoine Blondin, un redactor de L’Equipe y que fue llevado al cine por Jean Gabin y Belmondo. Gorros, fuera. Ya daría yo algo por reencontrar su original ‘Un singe en hiver’, que también leí, apoyándome en que me sabía hasta trozos y siempre quedaba el recurso –mi gabacho ha ido adelgazando casi hasta la desaparición- de mirar en la obra traducida.

    Pues no que me he puesto sentimental. Amos que…

  7. Doña Epi, si de veras le gusta Blondin en el texto, me sentiría honrada en poder mandarle otro ejemplar de “un singe en hiver” y una recopilación de sus artículos que salió no hace mucho y que me encantó. Aquí tiene mi dirección para que me responda a sus anchas.

    martaymaria@caramail.com

  8. Port sintonía, más bien por afinidad titualr, le recomiendo a nuestra doña Epi que se haga –si es que no leyço, que sería raro– con otro libro memorable de un lodo insigne: “Un barbare en Asie”. Ya sabe que hablo de Michaux, imagino.
    La columna muy bonitia. Nos da a todos de plano. Y ninguno podríamos ofercer solución a ese problema espacial.

  9. No tomen a bromas el libro virtual. Son ustedes como mi padre y su generaicón, los convencidos de que no hay vida sin libro en la mano, ni saber sin papel impreso. Tendrán que aprender a leer en la pantalla. No imaginan que nosotros ya lo hemos hecho.

  10. 18:10
    Problema sin remedio. En la Bilioteca Nacional siempre hubo millares de lirbos aguardando a ser cataógados, pero en realidad delo que se trataba era de buscarles sitio físico. Uno sueña con biliotecas como la escurialense de don Felipe o como la del monasterio de Silos… ¿Saben que la del Valle de los Caídos está colocada en uno de los brazos de la Cruz?

  11. Yo reduje la mía en tiempos a dos mil. Años después, unos quince, vuelvo a verme desbordado. Una vez, habalndo con jagm (que no sabe que soy yo quien habla ahora) me contó que no es capaz de deshacerse ni de los de propaganda aunque lo ponen d elos nervios los malos libros. Somos, como bien apunta ese hijo rebelde que asomó por ahí ariba, uan generación libresca. Creo que hubo y habrá cosas peores.

  12. Recuerdo al prof GM llegando a clase –años 70 y primeros 80–, CCPP y Sociología de la Complutense, cargado de bolsas de libro que hojeaba con avidez los minutos previos a la clase. Tmbién lo he visto rebuscar en librerías y leer en los cafés –¡lástima que él no se acuerde de mí!– y doy fe que nos regalaba muchos libros una vez leídos. No quiero seguir, la nostalgia no es buerna más que dosis homeopáticas.

  13. ¡Ah, los libros, amigo don jagm, esos amables adversarios, esos ocupantes de nuestro país íntimo, esos desveladores nocturnos, secretos, crípticos, reservados hasta la usura, pero imprescindibles! Me gusta que ocmpratmaos la mayoría este mal menor del exceso de libros que, después de todo, tantas ventajas nos ha debido dar a todos y cada uno. Nuestros hijos selen tener una aversión al libro que compagina con su devoción por lo virtual precisamente. Pero confieso que he sido incapaz hasta ahora de leer en Internet más allá de dos folios.

  14. Mi ponión particular, siendo bibliómano empedernido, es que habra que plegarse a los nuevos “soportes”, entre otras cosas porque, aunque a nosotros los “antiguos” estas moderneces se nos antojen raras y dificultosas, hay que pensar que encierran enormes ventajas. ¿Se imaginan llevarse el fin de semana en un compacto a Shakespeare y Cervantes juntos? Un sevidor ya utiliza todo el tiempo el MP3 aunque, debo decirlo, de aondicionarlo se encarga mi esposa, más joven que yo. ¿Ocurrirá igual con la lectura virtual?

  15. Aún resuena en mi cabeza la discusión de ayer sobre la democracia y sus posibilidades fuera de nuestro espacio cultural. ¿No nos estaremos pasando de elitistas, con la mejorm intención por supuesto? ¿No estaremos confundidos pensando en un sistema político ideal que no existe como no existe ideal en ningún otro terreno? Entiendo que hablo de agua pasada, pero me quedé ayer colgado y debía plantear al menso esta preocupación mía.
    Respecto del lobro virtual estpy muy de acuerdo con mucho de lo que va dicho hoy y casi del todo con gm.

  16. 19:05
    Quizá los mayores no se dan cuenta del problema mayor que tiene el libro-papel para el joven: su coste. Internet proporcionará acceso libre a esos contenidos hasta ahora reservados a los mayores, y yo creo que en eso hay más ventajas que inconvenientes.

  17. La bibliomanía comienza como afición pero también como coleccionismo. La Biblioteca de Alejandría, si es que son ciertas las cosas que se cuentan de ella antes del incendio, las grandes bibliotecas monástricas, las renacentisas… Todo eso es coleccionismo más que nada. Alguien ha hablado de la maravillosa de El Escorial, pero hay que advertor a quienes no hayan estado en ella que esos monumentos –esto pensando en la Vaticana o en la florentina de los Médicis– son poco “funcionales, y tan sólo hanserbido a cuatro sabios más o menos pirados en tiempos en que el reloj,a demás, no cirría como lo hace hoy.

  18. Yo tuve un profesor que dejaba los lubros encima de la mesa cuando los terminaba de leer para que los alumnos los aprovecháramos, y aún conservo algunos de ellos, pero recuerdo que mcuhas veces la basca los utilizaba para divertirse jugando con ellos un futbito en el pasillo. Las bobliotecas siempre me han dado un poco de respeto, quizá porque, dada mi condición informal (aunque tenga ya 44 añitos encima), no concibo más que lectura en “decúbito supino”. Dadme un sofá y me leeré a Homero. Sentadme en un pupitre y sacaré en secreto mi tebeillo.

  19. El problema es la lectura no el libro. Siempre he descreído de los bibliómanos, que guardan libros como quien colecciona botones: no leen casi nunca. Enm cambio he visto a mucho becario tragarse libracos gordos bajo la mirada antipática de la bibliotecaria (pwerdonen, estpy pensando en una y no he podido evitarlo). ¿Para qué quieren tantos libros en las paredes?

  20. Hablaba el otro día con un prfe de Tenerife sobre el tema y le contaba que un amigo mío, gran exhibicuionista de “paredes rellenas” y nulo lector, trataba de cargarme con el argimento de que, según le habría asegurado a él un “experto” psicólogo, nadie puede leer más de metro y medio de libros en toda su vida. Para que la lectura se normalice hay que desposeerla de ese halo de prestigio que le ha hecho al saber más daño que los propios profesores aunque no tanto como los planes de estudio.

  21. Me ha encantadola ironía de doa Epi sobre los lirbos de Umbral y el rollo de la piscina. Es verdad. ¿Se imaginan ustedes si fueran a una gigantesca piscina los libros de todos esos escritores “mediáticos” (¿por qué estaré pensando en Gala?) y quedaran despejadas las paredes de nuestra vida? Ay, sólo de pensarlo siento un vértigo culto de no te menees.

  22. De estudiante me admiraba mucho la pared de los despachos de juristas, siempre decorada con el Aranzadi en encuadernaicón española clásica. De adulto –y ejerciente– comprobé lo poco que debía leer aquellos librotes los dueños de los despachos. ¡Y muchos compañeros míos, qué duda cabe!

  23. Hemos estado recordando cuando los decoradores burgueses españoles compraban “por metros” libros de la colección Austral –azules poçeticos, amarillos históricos, verdes ensayísticos…– para “componer” el ambiente culto de una familia “comme il faut” (¿se escribe así, doña Marta Genuina?). También se vendían como rosquillas y puerta a puerta las colecciones en piel de los Premios Nobel (entonces se decía Nóbel), que era ya el colomo de lo chic. Siempre hubo ficción en este negocio de la lectura y la bilioporra, pero, oigan, ¡¡¡tengan cuidado porque están dando l aimpresión de que nadie lee y todo el mundo finge!!! Lo de la piscina, nos encantó. Nosotras añadiríamos unos cuantos cientos de nombres a la lista de piscinables.

  24. No hay Marta genuina, ¡por Dios! Y las franchutadas estón muy bien puestas.

    Por lo visto soy la única que mira con mucha suspición la decisión esa de seleccionar una 150 000 obras de la literatura mundial para la posteridad.
    Me parece justo lo que dice Gorka sobre el precio, pero no sé si me creo que , una vez el libro de papel transformado en objeto de lujo, el libro virtual siga siendo gratuito. Pienso que ocurrirá como con el cuero, cuando salió el eskai, que de pronto se puso por las nubes.

  25. Deliciosa esa “SUSPICIÓN” de doña Marta, una francesa que habla y escribe un español que ya querrían hablar y escribir muchos españoles. En cuanto a lo del precio, recuerde lo que ocurrió con la “bajada” de películas y discos en Internet: que acabaron grabando los “soportes” con lo cual pagamos entre todos el hurto de los filubusteros y las pérdidas de los industriales.

  26. He mirado la pared de mi despacho nada más leer lo que dice mi colega Ropón, que suscribo por entero. Luego he paseado la vista por los libros no jurídicos comporbando que había leído no pocos. Recuperemos la fe en el lector, ese privilegio de Sapiens Sapiens que lo distingue definitivamente –cuando lo distingue– de la dura estirpe de la que procede.

  27. Un libro es un milagro, mil libros una apoteosis. Verán, he procurado toda mi vida no poseer más libros que los utilizables o necesarios, pero a medida que cumplo años compruebo que voy ablandándome y dejando que mi mano se vaya al expositor de la librería en busca de tantas tentaciones. Estoy de acuerdo en que hay por ahí mucha mediocridad y una barbaridad de basura, pero eso courre con todo en la vida, como comprenderán.

  28. Pues yo no conozco más que un placer superior (aparte de los “superiores”, se entiende, claro) que husmear en una librería de novedades y es husmear en una “de viejo”. La escena que describe Valle-Inclán de la librería de ‘Zaratustra’, me hace entrar en estas tindas como quien entra en un templo.
    Eso sí, está en lo cierto el jefe cuando distingue bibliomanía de bibliofilia, pues esto último, además de prohibitivo, tiene más que ver con el refinameinto y la opulencia que con el afán de saber. Nunca entendí a los coleccionistas de “ediciones”. Para mí un Cernuda es un Cernuda en primera o en quinta edición.

  29. Se ve que no es lo mismo plantear un tema como el de la democracia (ayer) o el oso del Rey, con perdón (de antesdeayer), que hablar de algo tan ocasional como interesante, la suerte del libro en el mundo de hoy. Pero hay más teña de la que parece bajo la letra de la columna de gm, que ya otras veces ha tocado el asunto y siempre con tacto de amante del libro. Alguien me ha habaldo de su biblioteca como escogidísima, cosa que a sus lectores habituales no puede sorprendernos. Lo que sí comprendo es que su señora se suba por las paredes. Lo digo por experiencia.

  30. Les confieso que nada he apreciado tanto como los libros, pero también les digo que, a mi edad, no tendría gran pesar en desprenderme de todos menos de uno, que es Ése en el que estarán pensando. Una confesión al canto: me fijé en ja un día que le “leí decir” (¿digo bien, sr. Ortógrafo?) que, puesto a salvar tres libros, salvaría el Evangelio de Juan, el Quijote y el “Cuarteto de Alejandría”. Comprendí que tenía que habérmelas con un hombre culto e independiente, porque a ver quién dice hoy –desde la “izquierda radical” (que es donde Burgos lo coloca)– que prefiere a Juan a la inmensa mayoría de lo escrito. Luego me ha hecho recalar en muchos autores a fuerza de ciutas oportunas y precisas y eso ha cuajado entre nosotros una “amistad virtual” espero que indestructible. Amén.

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