Los bibliómanos de todo el mundo comenzamos a entrever en la amenaza de la digitalización del libro un esperanzado envés, en concreto la posibilidad de escapar algún día al inveterado desbarajuste de nuestras casas atestadas de libros siempre presentes aunque nunca a mano. Los datos son, desde luego, espectaculares. Para empezar, los famosos quince millones de libros que el buscador ‘Google’ anda poniendo a disposición de sus lectores virtuales, una colosal biblioteca que habrá de ser, como es natural, predominantemente inglesa y, en consecuencia, supone una inquietante amenaza para las demás culturas. Frente a ‘Google’, como es sabido, no ha tardado en surgir competencia, empezando por la ‘Live Search Book’ instalada por Microsoft y, en fin, por esa iniciativa comunitaria que se titula –en inglés también, por descontado—‘The European Library’ capaz de ofrecer la totalidad de los fondos aportados por diversas bibliotecas europeas nada menos que una veintena de lenguas. Y queda lo peor. China está también haciendo sus primeras “colgaduras” en la Red y la India parece que pretende no quedarse atrás en esta carrera desbocada cuya salida estamos viendo todos pero cuya meta nadie sabe a ciencia cierta por dónde vendrá finalmente a caer. ¿Acabaremos todos engorilados con el ordenador, dejándonos las pestañas sobre el teclado, una vez que el libro tradicional, el trasto de Gütenberg que tanto ha dado de sí, quede definitivamente obsoleto ante la competencia cibernética? Azorín cuenta cómo revolvía los puestos de la Cuesta de Moyano, con qué caprichosos y arbitrarios criterios los compraba, de qué modo casi fetichista los palpaba hasta hacerse con su tacto y de qué manera los olía hasta distinguirlos, les daba calor en el bolsillo del gabán camino de casa antes de colocarlos con cuidado extremo en el lugar exacto de su biblioteca. ¿Habrá pasado ya esa era romántica del libro físico y deberemos enfrentarnos a un futuro de lecturas virtuales, eliminada cualquier mediación que no sea óptica entre el mensaje y el cerebro? Los editores y plumíferos de medio planeta se tientan la ropa ante esta posibilidad que, de hecho, acabaría sustituyendo la librería por el ‘top manta’, pero muchos de nosotros, viejos rehenes de la tiranía bibliográfica, tenemos la cabeza en otra cosa.
                                                                xxxxx
El problema no es el de este “estado de sitio” doméstico en que vivimos muchos maníacos del papel impreso, sin embargo, sino en qué medida el texto virtual determinará, por la pura lógica de las circunstancias, una hegemonía anglosajona sólo comparable a las que en sus diversos momentos ejercieron las griegas y latinas. Es ínfima la parte de la producción escrita yanqui que termina traducida a otros idiomas y todo indica que esta deriva insular irá creciendo a medida que vaya desarrollándose el repertorio digital, pero en cualquier caso parece verosímil que un futuro semejante implique, si no la desaparición, al menos la servidumbre de las demás lenguas escritas que acabarán absorbidas por una ‘koiné’ universal que esta vez tendrá de verdad alcance planetario. Hay problemas pendientes, eso sí, como denunciaba hace poco el presidente de la Biblioteca Nacional de Francia, Jean-Noël Jeanneney, que comprobó que a una consulta sobre Hugo el gnomo de le Red respondía con veinte libros en inglés y uno en alemán, y a otra sobre Dickens contestaba con una publicidad casamentera. No sé qué pensar, lo admito, tentado de una parte por la utopía de libro domeñado y convencido por otra de que esa experiencia antirromántica y ni siquiera ‘ilustrada’ habría de enfrentarnos, en el mejor de los casos, a una suerte de vertiginoso vacío. Porque Azorín sería un fetichista, no digo que no, pero nadie ha dicho que el fetiche no quepa en un disco duro. Aparte de que no imagino qué será de la lectura cuando tantos millones de libros nos soliciten desde la pantalla y no nos quede el recurso de tirarlos a la piscina como dice que hace Umbral.

6 Comentarios

  1. No. No comparto la melancolía del Jefe, adicto como todos los que nacimos antes de mediar el siglo XX, al olor, al tacto, a la bendita afición a la letra impresa. Hasta hace unos pocos años, servidora imprimía todo lo que me interesaba de la puta pantallita. Un dineral en folios -pobres arbolitos-, en cartuchos de tinta. El/los periódicos casi me salía más barato en el kiosco. Hasta que sobreviviendo a unas cataratas mucho más precoces que las del Anfi, y sobre todo utilizando el Mozilla en vez de Explorer de mi don Bilgueits, dí con la tecla (Ctrl+Más precisamente) y me pongo los textos en tamaño gulliveriano – Brobdingnag- y los voy deletrando cuasi como si fuera un Braille para cegatones.

    Aún sigo con el gusanillo del libro, qué remedio, y ya les conté que disfruté como una persona de talla pequeña, descubriendo no hace mucho en el sucedáneo de Cuesta Moyano, un ejemplar de lo que el Jefe publicó en el 73. Lo único es que me da corte eso de leer con lupa de mango y a la de gafas aún no he llegado. Sí es verdad que hoy, antes de decidirme por un libro, compruebo que el tipo de letra no va a ser un suplicio para mis cansados ojos.

    Por todo eso veo como un alborozo el poder acceder, para eso está el Instituto Cervantes, a mis clásicos, o no tanto, a través de la red. ¿Que en ésta predomine el chamullo de Guirilandia?. Po fale, po m’aguanto. ¿Que los próximos best-sellers van a venir en compasdí? Po fale, po también m’alegro. Pero como me decía mi viejo amigo, el anarco que me proveía de folletos y panfletos bastante antes de morirse el Ferrolano: «la libertad está en el horizonte. Camina hacia ella y siempre te quedará recorrido por hacer». Bienvenida a la cibernética la literatura, la filosofía, la palabra. Adiós y hola. He dicho. (No es necesario que aplaudan).

  2. Pues sí, también yo soy optimista, ya lo saben ustedes, optimista con rachas de pesimismo agudo.Creo que el placer de la lectura será otro, diferente del que teníamos y seguimos teniendo los lectores asiduos.
    Lo del imperialismo de la lengua, en cambio, me parece inevitable. Lo malo es que cuando dominaba el latín o el griego, la lengua transmitía cultura, educación, una visión estética y filosófica muy por encima de la de los demás paises exixtentes y mucho más elaboradas que las que transmiten, por lo general, los autores americanos actuales.

    Doña Epi, ¿qué es «compasdí»? No lo encuentro en el diccionario.

  3. Me disculpe, mi doña Sicard, pero a veces esta vieja bastarda que suscribe, utiliza un lenguaje barriobajero -o andalú, si esto lo entiende-, paredaño con la germanía. «Compasdí», es la versión de Compact-Disc o CD, que pronunciaría algún maromo de mi pueblo.

    (Nos dejan solas como a las de Tafalla).¿O era Tudela? Hoy el Alzheimer se está cebando conmigo.

  4. Más solitas que la una. Pero estoy acostumbrada, parece ser que ése será mi hado..(Queda bien eso del hado, no?)
    Besos

  5. 22:01
    Yo sí aplaudo, doña, y las acompaño dentro de lo posible. Acuerdo total.
    Cada dos por tres, la señora Griyo me enseña un puñado de libros y otras cosas para ver si se pueden tirar. Yo me resisto con poca convicción porque sé que la mayoría de ellos no los volveré a leer ni tampoco les interesan a mis hijos. De momento los voy desterrando a la casita de mi pueblo alcarreño donde creo que acabarán durmiendo el sueño de los justos.

    Yo, generalmente, prefiero leer sobre papel encuadernado aunque sin la pasión y el amor de ja, del mismo Azorín y de tantos otros; pero el ciber libro es impagable para recuperar títulos desclasificados y para hacer consultas a vuela pluma que de otra forma serían imposibles, y no me digan que el copiar y pegar no tiene su gracia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.