Cualquiera sabe qué habrá bajo la superficie del iceberg de la corrupción visible en Marbella. No cabe duda de que intentar reducir esta gigantesca trama a manejo de unos cuantos desalmados es una simpleza, como lo es insistir, como hace la Junta, en que no se podía haber intervenido antes desde las Administraciones –¡estando probado incluso que alguna vez la propia Junta aceptó dinero corrupto de Gil!– para evitar que lo que comenzó siendo un saqueo municipal acabara convirtiéndose en un montaje mafioso de las proporcionas que ahora comenzamos a comprobar. Lo que ha ocurrido en Marbella, por debajo y con anterioridad a los negocios sucios, es una quiebra moral absoluta en la que al Poder le corresponde la responsabilidad de haberse inhibido sabiendo perfectamente lo que estaba ocurriendo en la vida pública y en la privada. De esa evidencia no va a poder librarse ni la Junta, ni el Gobierno ni la Justicia por más que hagan equilibrios dialécticos. No hay corrupción posible si el Poder no quiere. 

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