Bertrand de La Villehuchet, hermano del hasta ahora único suicida del “affaire Madoff”, ha opinado en una revista francesa del “grand monde” que su hermano Thierry se habría suicidado “por honor” ante la ruina provocada por su mediación a sus allegados más próximos. No ha habido esta vez, como hubo en el año 29, la epidemia de suicidios entre los financieros, los racimos de arruinados cayendo a plomo desde los altos ventanales de Wall Strett para fascinación de curiosos y desengaño de ilusos. Uno solo –un descendente de piratas, por cierto–, este Thierry de La Villehuchet se ha sentado en su sillón ergonómico, se ha ‘colgado’ con sedantes para abrirse luego cuidadosamente las venas con un cúter pero no sin antes colocar a cada lado una cuidadosa palangana, como un último gesto dandy o un simple homenaje a la pulcritud. Dice el hermano que el difunto conservaba los códigos éticos de las viejas generaciones (¡de piratas!), entre ellos el del honor, en lo que cree ver una grandeza probablemente ilusoria si se tienen en cuenta las circunstancias, pero no hay que ser un lince pare ver en estas trágicas resoluciones la respuesta a esquemas psíquicos mucho más elementales, que poco tienen que ver ya con el anacrónico culto que, en el XIX especialmente, fue una de las herencias que la burguesía recibió del espíritu aristocrático. No ha habido suicidios, ya digo, ni siquiera protestas, apenas una que otra voz anunciando acciones legales que cualquiera puede imaginar inútiles. De racimos cayendo desde los rascacielos, nada de nada. Un solo y distinguido suicida, tocado de cierto punto estético, para ilustrar la página negra de esta legendaria estafa por una vez perpetrada contra los ricos exclusivamente. Shakespeare tenía ya claro en su tiempo ya remoto (primera parte del ‘Henrique IV’) que el honor, esa pasión por la que se consume y hasta muere tanta gente de toda clase y condición, no es, en definitiva, más que una palabra.

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Hay que admitir que siempre existió una concepción penitencial y, en cierto modo, moralmente reparadora, del honor, de la que podría ser ejemplo la trágica noción francesa de ese honor como deber en que insiste, por ejemplo, un Corneille tantas veces y, en especial, a propósito de nuestro Cid Campeador. Pero el honor, como virtud absorbente, primordial, del tipo y modelo de nuestros hidalgos, herederos de la estética medieval y barroca, ha evolucionado mucho con el tiempo hasta reconvertirse en nuestras sociedades industriales postmodernas, en el mejor de los casos, en una suerte de probidad sin más. ¿Quién suscribiría hoy, pongo por caso, la extraordinaria afirmación de Montesquieu de que el honor debe ser el objetivo de las leyes puesto que es el fundamento del gobierno? ¡Vamos, hombre! ¿Quién hablaría en estos tiempos, como Vigny, el muy ingenuo, de una “religión del honor”. Pues nadie, a ver. Ese solitario suicida de nuestros días es la excepción que confirma la regla, siempre que en esta regla no veamos ya aquellos imperativos categóricos sino la simple expresión estadística de esas reacciones morales que hacen posible tráficos como éste que ha explotado en pleno vuelo. ¡Una estafa para ricos! Nada que ver con las ignominiosas tramas que han desvalijados tantas veces –alguna bien reciente– a los ahorradores modestos, es decir con ese tipo de catástrofes calculadas desde la ventaja, que les presta un inconfundible aire ruin. Thierry de La Villehuchet no es ni siquiera un dandy, a pesar de las palanganas, sino un jugador que huye de la derrota en la timba recurriendo a una estética anacrónica y tal vez menos incómoda para él que afrontar la realidad a pecho descubierto. El honor es cosa bien distinta y me temo que en extinción. La desesperación nada tiene que ver con sus razones ni con los delicados mecanismos que han hecho de él un mito inmemorial.

14 Comentarios

  1. Me gusta de este sitio que es como una ventana abierta a lo que pasa en el mundo, en sociedad, en ciencia, en literatura…., y eso es impagable, me parece a mí. Son ustedes muy afortunados, y espero incluirme yo también en lo que llaman Casino.

  2. Justo el título, excelente el meollo: una estafa para ricos no produce los mismos efectos que una para todos. Unm robo en casa de una millonaria (lo hubo) no significa gran cosa. Que un cineasta de moda pierda unos millones por querer aprovechar una “exclusiva”…, miren, que le vayan dando. El honor no ha movido a ese milloneti de París. Con el estómago lleno y todo conseguido, lo que no se puede es soportar el fracaso y la necesidad.

  3. No sé si soy mu malo mu malo, pero a mi me ha divertido mucho la estafa del granuja a los demás granujas, así como la escena romántica de la palangana: ¡hace falta tener poco respeto a la muerte!

  4. Diré lo mismo que cuando me preguntaban por el incidente padecido por una diócesis española que perdió su dinero en no sé qué paraíso fiscal: no vayan por el camino torcido y tendrán menos posibilidades de caer. Me hubiera dolido en el alma una estafa a pobres o medianos inversores, como tantas que ha habido, en lo inmobiliario o en lkop financiero. Una estafa a los ricos, lo siento pero no me conmueve.

  5. Vuelvo y me encuentro con las “moralia” de siempre de don ja, mi viejo amigo, que es un “sentidor” tanto o antes que un “pensador”, y estoy de acuerdo con esta magnífica columna, que guardo para comentar con los compañeros cuando vuelvan a la Gran Manzana. No sé el eco que habrá tenido en España lo de Madoff, pero sería interesante que la gente se entere de cómo juegan con el personal estos privilegiados.

  6. Con una hermana estafada en lo de los sellos, leo con fruición este artículo tan instruido, tan razonable, tan brillante. Enhorabuena, señor gómez marín, siga así y deje a la legión de compis suyos que se entretengan con rajois y zetapés, tan poco interesantes, tan aburridos, tan provincianos como esos pardillos que han caido en la trampa del mago americano.

  7. Lleva usted más razón que un santo laico, don jaseantonio, porque si un albañil sudaca es estafado y se tira del andamio, sería para conmoverse y, seguro, no tendría el menor eco. Sin embargo, aquí han caído unos cuantos de la “high society” y ya ve la que está dando la prensa, sobre todo su bienamada (de usted) prensa francesa. Una estafa para ricos. Debería haber una cada media hora. ¡Sería la revolución pacífica!

  8. Esos perdedores son los que se hacen llamar “emprendedores”, los que justifican la desigualdad ppor el mbuen uso que hacen de su riqueza, los amados de la socialdemocracia lo mismo o más que de la derecha. Tienen una hucha milagrosa en Nueva York y allí que nescoinden la pasta. Hacienda debería invertigar muy a findo todos los “defraudados” por Madoff, un personaje que, miren lo que son nlas cosas, me va cayendo cada día más simpático, el tío.

  9. Veo que nadie se decide a comentar el tema, el honor, del que le jefe sabe muchas cosas y las dice muy divertidas, me consta. Pero ese es tema interesante: el retrato del suicida con las dos palanganas no es un aguafuerte cruel ni mucho menos, sino una estampa elocuente que dice más que todas las palabras que puedan acumularse sobre el asunto.

  10. El honor, don ja, es una cosa muy estética y usted lo sabe, Rewcuerde la mjuerte narcisista de Larra, la de su admirado don Manuel Halcón, tantas. No me parece que el hecho de tomar medidas estéticas enturbie el gesto suicida, peor lo de las palanganas es que resulta ridículo, porque lo primero que se piensa es que se trata de no manchar la moqueta o no quedar desfarecido en la foto policial de conjunto que, posr supuesto, saldrá en los periódicos. ¡Y encima no le habrán eprdonado los rstafados por msu ingenuidad o por su culpa! RIP, en serio, pero pijerías, las precisas.

  11. ¿Usted cree de verdad que el honor es una pose que la burguesía recibió de la aristocracia? ¿No sabe que hay un honor popular (piense en la etnia gitana, por ejemplo) que es peor que ninguno?

  12. El honor es algo que evoluciona, ya nos lo han dicho los estudiosos. El honor es algo anticuado, que a muy pocos les importa en la sociedad actual. El honor, para muchos, es una palabra barroca que da risa.Y sin embargo, a mí no se me ocurriría dar mi amor ni mi amistad a alguien sin honor. Creo que el honor es respetar la promesa dada, ser fiel así mismo y los que amas y no excusar sus responsabilidades cuando las tienes. Creo que si hubiera más honor, el mundo sería menos feo.
    Besos a todos y bienvenido a don Mikel°, que empieza bien el año.

  13. A ver, un rinconcito en la tertulia y que alguien le eche una firma al brasero. Que llego tarde y helada.

    Estoy bastante de acuerdo con el amigo mi don Zas. Es más, pienso que las dos palanganas y ese cúter que no sería de los chinos, sino tal vez de plata, no es más que una cursilería. ¡Sicur, Sicur, Si-cursi, cursi! Me recuerda, mutatis mutandis al famoso muerto hace un buen puñado de años ya, que en tratamiento con quimio, tomaba una preciosa fuente de porcelana muy cara para vomitar. Esperando a la Huesuda haciendo posturitas. Montando hasta última hora un número keloflipas, consciente -mataiotes, mataioteton, kai panta mataiotes- que alguien va a relatar la cosa para pasar a la historia como un dandi (?).

    En cuanto al honor, mi doña Marta bienamada lo dice precioso. Mi bienvenida también a mi don Mikelº. Besitos.

  14. el suicidio como escape a un fraude de honor me parece tedioso, ademas de carca y desfasado, que aprendan a purgar sus delitos como delincuentes civilizados. Un saludo Don Jose Antonio

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