Mucho se habla esta temporada de los “drones” o aviones sin tripulación, dirigidos informáticamente, capaces de realizar largos viajes y cumplir con exactitud sus misiones antes de volver a la base. En USA acaban de probar que esos ingenios no solamente pueden volar sin tripulación asistidos por el ordenador, sino que incluso son capaces de aterrizar por su cuenta calculando los numerosos factores que se precisa para esa delicada operación. Abismado aún en la dolorosa perplejidad ante la imagen del accidente ferroviario de Galicia, nos preguntamos si no estará a la vuelta de la esquina el vehículo autónomo, el tren o el avión sin otro conductor que el cerebro electrónico que ya, de hecho, juega tan gran papel en la navegación, y ése es precisamente el empeño en que se han embarcado unos investigadores de la UNED en colaboración con la industria aeronáutica: conseguir definir o generar las trayectorias a través de algoritmos de manera que la máquina voladora no precise de la ayuda humana en ningún momento. ¿Estaremos de verdad tan cerca de una aviación “autónoma”, llegaremos a vivir –al menos nuestros nietos—la experiencia de viajar con nuestra suerte depositada en manos de esa computadora capaz de provocar el despegue y el aterrizaje además de elegir, por su cuenta y riesgo, la ruta idónea? No cabe duda de que resulta tentadora la eliminación del error humano, pero no tanto de que tal proeza
garantice la infalibilidad de la máquina. El riesgo estará siempre implícito en la aventura aunque algo nos haga sospechar que ha de llegar el día en que el automatismo las tenga todas consigo.

Un avión que despega, sigue sus rutas correctas y acaba por tomar tierra sin intervención humana directa: ¿acaso es que habremos alcanzado la inteligencia de la máquina, el milagro de que el constructo reproduzca esa sutil virtud hasta ahora reservada a la especie humana? Pues yo creo que ese debate será inútil, llegado el caso, puesto que, si se logra el prodigio de la autonomía de vuelo de un aparato, los efectos serían los mismos y la cuestión quedaría reducida a una porfía nominalista. La revolución informática ha invadido la vida en términos impredecibles, eso es lo que hay, en la seguridad de que la llamada inteligencia artificial abrirá una era nueva cuyos horizontes no podemos ni atisbar. ¡Volar sin piloto! El cerebro humano podría acabar logrando duplicarse en la admirable réplica de una máquina perfecta.

5 Comentarios

  1. Buee. Ya hay coches que se aparcan solos en un hueco de la zona azul o en la estrechura del garaje subte. No creo que el genio informático precise mucho más para ‘meter’ el avionaco en una pista balizada y ancha como el mar. Claro que el rocetón con el vecino siempre lo puede pagar el seguro, pero.

    Por cierto –escribo desde Galicia– ayer apareció una mano humana entre escombros del siniestro. A saber cómo y dónde quedarían los otros restos del pobre difunto.

  2. la inteligencia de la máquina, cuando llegue, será la inteligencia del hombre, so prolongación. No hay inteligencia en la materia inerte. Me alegro que haga esa distinción entre inteligencia y espíritu.

  3. No me sentiría seguro en un avión no tripulado pero tampoco me siento seguro cuando viajo en uno con tripulación. Hay toda una leyenda sobre los “entretenimientos” de los tripulantes por ejemplo durante los vuelos trasatlánticos.
    Respecto a lo de la inteligencia, totalmente de acuerdo. El ejemplo de la hidra –que acaso haga a más de uno recurrir a Internet– es concluyente: eso no es vida. Como don ja, yo no consideraría vida más que la existencia pensante.

  4. Quizá lo veamos nosotros junto con nuestros nietos, don ja, porque falta muy poco para que la autonomía del avión sea plena (como la del automóvil). No se trata de nuestros miedos sino de la realidad: la tecnología es imparable.

  5. Yo no veo en la columna nada desagradable contra Bush, jagm comprende el gesto, me parece a mí, aunque haga consideraciones sobre la utilización política de los gestos políticos.

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