Todo indica que los expertos en lides deportivas han decretado secretamente el crepúsculo de la competición atlética. No se creen ni locos los resultados, cada día superiores, que obtienen los participantes, algo que era de esperar desde que el espectáculo adquirió dimensión planetaria pero también, por supuesto, desde que las nuevas tecnologías abrieron el portillo a la desmesura que supone medir el tiempo en milésimas de segundo y cosas por el estilo. ¿Qué quiere decir, en la práctica, que un ciclista mexicano pierde una carrera por 4 unidades de esa discretísima fracción cronométrica o que por 20 pierda la ‘pole’ un corredor de ‘Fórmula 1’? Me tienen que perdonar, pero a mi juicio, esas fracciones son más que nada imaginarias por más que ostenten su legitimidad científica, aparte de que nada tienen que ver ya con la idea primordial del olimpismo griego. Antier mismo, con el podium de Contador aún caliente y polémico, un pope de la crítica francesa, Laurent Joffrin, proclamaba que los tiempos obtenidos en el reciente Tour son imposibles (sic) sin la ayuda del maldito dopaje, afirmando solemnemente que “a menos que se haya creado un nuevo espécimen de hombre”, el ciclismo no puede explicar los actuales resultados sin el concurso de la droga, es decir, de esos ”fármacos ergogénicos”, de esa eritropoyetina prodigiosa (la EPO) capaz de dividir indefinidamente los minuteros de los cronómetros y encoger los tiempos hasta la parvedad más diminuta. La competición se ha suicidado en su afán por superar los límites de la Razón que también gobierna el cuerpo aunque no lo parezca.

El tema del dopaje –un concepto extravagante que proviene de un término zulú hallado por los etnógrafos— implica, por lo demás, cierto cinismo (así se titulaba el citado artículo de Joffrin) en la medida en que en la propia Grecia, incluso ocho siglos antes de Cristo, eran habituales las pociones estimulantes y otros remedios propios de aquella incipiente farmacopea, que todavía en la obra imprescindible de Dioscórides y en los comentarios renacentistas que le añadió el doctor Laguna, son bien conocidos y aún utilizados sin la menor conciencia de trasgresión. No le habría faltado a los jueces clásicos (los ‘Hellenodicae”) encargados del control de los atletas participantes, más que ese comején artificioso de lo que éstos se hubieran metido para el cuerpo. Hubo eso sí, sus dudas, como las despertadas por Phayllus, aquel atleta y patriota de Crotona, famoso por haber saltado por las bravas dieciséis inverosímiles metros en su estadio. Hoy es distinto porque lo que vivimos es la crisis del espíritu olímpico provocada a tres manos por la publicidad, la ambición y la tecnología. A ese Phayllus lo habrían sacado de la cama de madrugada los polizontes de la dopa para revisarle el hematocrito. Y Píndaro, desde luego, no habría entendido nada.

13 Comentarios

  1. Me quito el gorro un día más ante esta columna culta, divertida y razonable en extremo, que pone en evidencia el tinglado competitivo y reclama el hecho de que el uso de drogas para sueprar las fuerzas “naturales” es tan vijeo mcomo el hombre. Lean la “Historia de las drogas” de Escohotado, buen amigo del anfitrión, y se enterarán de muchas cosas notables que afectan a todas las culturtas del mundo.

  2. Celebro el palito al deporte, al omnipresente y tramposo deporte, a la locura de los millones volanderos, al espectáculo de países enteros “colgados” de unas actividades más que cuestionadas. Y reconozco que el olimpismo, es decir, el espíritu competitivo innato en los hombres, no ha podido superar la prueba de la tecnología. Miren lo quyyestá ocurriendo con los bañadores de natación, ahora mandados retirar. o miren lo que ha ocurrido este año –¿sorprendentemente?– en el Tour: ni un sólo caso de dopaje descubierto. ¿No les parece raro? A mí sí.

  3. Estoy de acuerdo (soy deportista de elite) en bastantes aspectos con la columna. No lo estoy con que generalice, porque eso nunca es bueno. Hay mucho deportista honrado que se mantiene fiel al ideal clásico. ¿Tenemos la culpa de lo que hagan los golfos tramposos?

  4. Muy de acuerdo en todo. Nada en exceso es bueno (Delfos). Ni el deporte ni el caviar. Excelente la hipótesis de que la competición no ha resistido el impacto del desarrollo tecnológico. ¿Quién se resistiría, con eoa edad y esas perspectivas que les ofrece el sistema, a “meterse” una dosis de la eritronosequé de que habla nuestro siempre informado columnista? Hay que ser comprensivos. Son ellos los que no comorenden que están matando la gallina de los huevos de oro.

  5. May se considera “fiel al ideal clásico”. ¡Pero si el olimpismo no admitía a la mujer en los juegos! Bueno, entiendo que habla del presente/pasado como una unidad ideal, vale. GM lleva razón, en cualquier caso, en su crítica que no puede ser más demoledora bajo la apariencia crítica liviana.

  6. El deporte no siempre fue opio, y esas “drogas” de que habla GM no eran sino remedios “naturales” que la Naturaleza ofrecía y la experiencia conocía. Lo que está ocurriendo (transfusiones de sangre, hormonas inyectadas y toda esa basura) es algomuy distinto. Píndaro las habría condenado, de acuerdo.

  7. Lleva razón ja en lo de las “pociones olímpicas”y en todo lo demás también. Interesante al máximo la idea, en que han insistido ya varios comentarios, de que los avences tecnológicos, es decir la civilización, hayan chocado con el espíritu de competición tan connatural en el ser humano (y en muchos animales, pero no confundir).

  8. Esas tres patas del banco, que hacen que no se mueva ni mijita, y que nombra JA, la publicidad, la ambición y la tecnología, resuelven (casi) el misterio que a Agustín de Hipona intentó explicar el ángel niño. Porque esos tres pilares se confunden y resuelven en uno solo: el mardito parné. Si el invento cuatrienal no moviese tantísima, pero que tantísima viruta, de qué y para qué semejante movida.

    Leo esta mañana en algún sitio que los españolitos, que no somos muy medalleros, salvo algunos en triduos y rocíos, sin embargo nos subimos al podio más alto en tres disciplinas no muy del montón: somos el primer consumidor del mundo mundial de nieve colombiana, por delante ya de USA; pirateamos en la red más que nadie y por último -se ve que aquí sobra platita- pagamos más en fichajes de futbolistas que nadie. Orgulloso me siento.

  9. Interesante, indiscutible. Deporte y dinero no casan: aquel se destruye. Una cosa es la competición, hoy tan recurrente en el blog, y otra la apuesta, la gallera en la que vale todo. ¿Qué mérito tiene que el Madrid o el Barça ganen una Liga frente a equipos menos ricos o pobres que nunca podrán competir ne pie de igualdad? El dinero, más que la tecnología, es el factor destructivo, jefe.

  10. ¡Gran verdad, lo del asombro de Píndaro redivivo! El tema de hoy va sobre el fondo de otro recurrente en ja: el Tiempo, su substancia, su ambigüedad… Como él, tampoco yo cero mucho en esso desafíos imaginarios de las milésimas y millonésimas de segundo, a pesar de que tengo entendido que la física de hoy, en su rama cronométrica, las maneja con facilidad en los laboratorios. Uno puede admitir hasta el viejo método de la prueba por fotografía, que se usaba y usa en el hipódromo, pero no alcanza a conciliarse con la idea de que un ciclista le “saque” a otro ese margen que el autor, en uso de su libertad de estilo, califica de “imaginario”. El fondo de la cuestión de hoy es también otro: la degeneración del deporte en competición y de ésta en ordalía tramposa. Y confieso que tampoco entiendo bien por qué se prohiben ciertos estimulantes cuando en la vida ordinaria se admiten con tanta facilidad…

  11. Discrepo de lo afirmado sobre el uso de drogas en las Olimpiadas griegas clásicas, aunque no dudo de que jagm ha de tener buen fundamento para decirlo (no es la primera vez que se lo leo), yu entiendo que una oclumna de 500 0 700 palabras no es marco propicio para desarrollos más detallados. En eso me admira jagm más que la mayoría de sus colegas, que se limitan a mariposear cuando no habla a coro de los enredos políticos del momento, pero como es natural el riesgo es mayor cuando se compromete uno más en la escritura.

  12. Bendita columna que provoca adicción y comentarios que me ayudan a sobrellevar los rigores de esta indecente canícula. Seré algo prosaico pero todavía tengo en la retina a ese paisano del nuevo emperador Alberto I achacando su rutilante paseo por tierras gabachas a “generaciones y generaciones de pata negra extremeña” éeeele el salero. Yo no sé si tienen que tirar de una “ayuda extra” (suave para no herir susceptibilidades patrias) ante las exigencias del guión (money) y las apetencias de la plebe. Lo único que sé, sin intentar justificar nada, es que si el Armstron de las narices se lo llega a quitar me da un síncope como al Sarko y eso que no me ponen las bicis.
    Desde la aspirinita mañanera para proteger el cuore, a la pastillita que nos ayuda a dormir, lo que nos distingue de cualquier especie es nuestra hipocresía y nuestra gilipollez (perdón). Eso y nuestro miedo a la muerte,…de ahí nuestros sempiternos quebraderos de cabeza con el tiempo y ante lo que no hay phármakon que valga, no señor….

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