Entre el negocio y la investigación, hay y ha habido siempre una íntima relación que, sin embargo, no suele ser reconocida. Hoy sabemos bien que la aventura del viaje a Luna, por ejemplo, ha dado de sí lucrativos resultados prácticos para la industria que ha descubierto, a través de ella, nuevos materiales y una copiosa información sobre otros variados aspectos utilitarios. ¿Por qué y para qué –se preguntaban los hipercríticos del Renacimiento—anda Leonardo perdiendo el tiempo a base de dejar caer pesos desde la Torre Inclinada o de estudiar absorto el ir y venir del incensario, para qué reclamaban Vesalio y tantos otros el dudoso placer de diseccionar cadáveres? Estos mismos días asistimos a una intensa campaña de escépticos que pregunta con las del beri qué coños ha conseguido ese hombre supersónico dejándose caer desde la estratoesfera para superar la velocidad del sonido y otros récords en su caída libre culminada felizmente. El hombre es un animal receloso que ni fía ni confía en el experimento en tanto no se ve clamorosamente la punta al negocio vanguardista, y yo mismo fui testigo en mi niñez de la resistencia con que los médicos practicones recibieron la noticia, realmente psicodélica, de que un sabio inglés, y casi por casualidad, había descubierto la capacidad antibiótica atesorada por ciento hongo que se erigía como campeón de la lucha contra las infecciones. Sólo el pueblo llano, más próximo que nadie a la fantasía y al milagro, creyó desde un principio en Fleming. En los bares de putas de Sevilla lucieron durante años retratos del sabio entronizados en altarillos votivos, no les digo más.

Es probable que de la aventura de Félix Baumgartner acaben sacando conclusiones importantes cardiólogos y neumólogos, fabricantes de tejidos resistentes y otros expertos, sin que –también probablemente—nadie se entere del caso y sus beneficios. Pero, de momento, domina la tendencia escéptica, aferrada a su incredulidad y a la espera de pruebas irrefutables, porque la Madre Naturaleza, a salvo casos bien excepcionales, va habitualmente por delante de la Razón humana. El hombre-bala no sale disparado ya por el cañón circense sino que rasga el cielo como esas plomadas conscientes de que está hecho el Progreso, siempre esquivo a la presunción como hija natural de la experiencia. Como la Naturaleza, la Humanidad no avanza a saltos sino tejiendo los hitos que el héroe va conquistando para bien o para mal.

1 Comentario

  1. N o se preocupen que los promotoires no dan puntada sin hilo. Seguro que de esta hazaña volandera han de sacar importantes conclsuiones los fabricantes y otros.

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