El reciente triunfo de Le Pen en las regionales francesas ha levantado de nuevo el debate en torno al populismo, considerado éste no tanto como actitud demagógica sino como efecto de un proyecto político “paralelo” al político tradicional y encabezado por un “hombre providencial”, salvador o ‘conducator’, que se presenta a sí mismo como alguien externo al Sistema y, en consecuencia, libre para devolver al pueblo, considerado como sujeto colectivo, su perdida proximidad con quienes lo dirigen. El susto proporcionado por los islamófobos en las recientes municipales de de los Países Bajos, la captación de un quinto del electorado húngaro por la extrema derecha o la creciente presencia del “nacionalismo” identitario inglés demuestran que algo está fallando en el funcionamiento de la democracia convencional que ofrece a los “outsider” de la política una oportunidad de oro. El populismo –tan represtigiado por cierto progresismo europeo tras las huellas de Laclau y otros brillantes autores—comienza a alarmar a la vista de su auge lo mismo en Occidente que en los países orientales, como ha avisado en un libro reciente, también con especial brillo, J.-M. De Waele. Un “hombre providencial”, ya saben, se yergue de pronto sobre el tablado de las teorías y propone a un Pueblo “personalizado” más de lo que hubiera podido soñar Durkheim, la expeditiva redención que la democracia –enredosa, inoperante, corrupta, permisiva, etc.—no podría ofrecerle nunca. Hablamos de Hitler o de Perón, de Fujimori o de Berlusconi, de Bossi, de Le Pen, de Haider o de Ahmadineyad. Es el regreso a la tiranía legítima, al mito griego del ungido demótico, a la “servidumbre voluntaria” que describió magistralmente Étienne de la Boétie: un solo soberano mejor que muchos, que uno sólo sea el amo, no por su virtud ni por su fuerza, sino por la fascinación ejercida sobre los muchos.

 

Hoy el populismo es casi inevitable en la medida en que no hay líder que no se rinda a la exigencia de las encuestas: al Pueblo, lo que quiera. Se gobierna con los sondeos en la mano, tratando de adaptar el proyecto político a la demanda mayoritaria, a cambio del Poder mismo. Do ut des, vale para todos los mencionados anteriormente y para muchos más que tampoco es cosa de citar ahora. Porque, en definitiva, el espejismo popular reproduce su imagen en la conciencia del líder que acaba creyendo en su propia fábula. Se le ha dado demasiado margen al populismo desde la ingenuidad progresista hasta que al zorro se la he visto el hopo. El problema es qué hacer ahora, cómo desmontar esos argumentos sugestivos, de qué modo retroceder antes de que la democracia sea engullida por su rival. Quiero decir, mientras podamos contarlo.

1 Comentario

  1. Esto se llama cavar nuestra propia tumba, cortar la rama sobre la cual estamos sentados, hacer demagogia, no tener una idea clara de qué hacer con el poder, decir siempre amen a todo y no tener agallas para enfrentarse al cacique de turno. En breve, la triste realidad que nos deparan estos tiempos.
    Un beso.

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