En las sociedades postmodernas se está abriendo paso la preferencia masiva por el tipo “corriente” frente a la clásica atracción del carismático. Tanto es así que los asesores de imagen del presidente Hollande han logrado convencer al ciudadano medio de que el ideal de confianza debe ser el “hombre normal”, es decir, no el deslumbrador que arrastra a las muchedumbres sino al “corriente”, el que no aparece nimbado por el halo del carisma, es decir, al que pudiera confundirse, en principio, con el vecino de arriba o con uno mismo. Hollande sigue insistiendo en su “normalidad” que, ciertamente, es lo que aparenta, sin duda para triturar la imagen de un Sarkozi que se veía ya como un Mitterand o incluso como un De Gaulle, pero también, posiblemente, porque como mejor se encuentra es ofreciéndose a la masa en su perfil anodino de representante literal del hombre de la calle. Dicen que Alejandro conocía por su nombre a cada soldado y que Napoleón no cedió a su audacia carismática ni siquiera cuando se vio arruinado en una isla perdida. Hoy ocurre, al parecer, todo lo contrario, y es una legión hombres y de mujeres “corrientes” la que se lleva el gato al agua en la estimativa pública. Es como si en esta era confusa y mesocrática, laica y “mediatizada”, el ciudadano medio viera en el carismático un peligro y un desafío, y en el “normal” una imaginaria garantía de proximidad que provoca su empatía. El “hombre-masa” anunciado por el aristocratismo orteguiano vuelve por donde se fue al escenario de la vida, harto de las coles de las minervas, y con la esperanza puesta en la virtud de lo ordinario.
 
Miren alrededor y compruébenlo: vivimos en pleno batacazo del “leadership y, consiguientemente, en la moda de lo vulgar, en el buen sentido del término, que lo tiene, igual que “carisma” tiene también un sentido malo en la cara oculta de su luna menguante. El poder actual no se exhibe sino que se emboza, y ésa es la razón por la que tanto mediocre es apoyado por una opinión que desconfía –y no le faltan razones— de la excelencia. Otra vez, pues, el modelo griego clásico en el que cualquier ciudadano podía elegido ser magistrado con independencia de su valía y en el que se desconfiaba de toda aristocracia cuando no se llamaba a gritos a la tiranía. El líder de moda viste de gris, va cortito de idiomas y, las más de las veces, no lee más que en mayúsculas. Hollande ha ganado, en buena medida, porque ha adoptado esa moda.

2 Comentarios

  1. Usted ha acertado en Hollande. Su popularidad ha caído en picado en lo poco que lleva. Sarko no era comparable, pero usted lleva razón, son exigencias de la mediocridad.

  2. Vivimos tiempos de políticos “talla pequeña”. Díganme uno solo que recuerde a los lóideres de otro tiempo.

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