Los mapas no son de fiar. A lo largo de los siglos los cartógrafos han ido proponiendo imágenes interesadas de la Tierra cada una de las cuales arrimaba el ascua a su sardina ideológica y ello desde que el que suele considerarse como el más antiguo de todos, diseñado hace dos milenios y medio por un escriba iraquí, situó a Babilonia en el centro del mundo y desde que, bastante más tarde, ya en la Edad Media, el cristianismo medieval organizó el propio en torno a una Jerusalem onfálica. Cada cultura tiene su mapa ideal en el que, como no deja de ser lógico, se contempla a sí misma instalada en el ombligo a partir del cual se organiza el resto, como puede comprobarse con sólo comparar los que hizo Mercator o los que popularizó Ortelius con los que dibujaron los países implicados en los descubrimientos geográficos. Un mapa puede declarar u ocultar lo que quiera quien lo hace y, a este propósito, hay que recordar el proyecto frustrado que, a afínales del XIX, intentó Albrecht Penck a base de solicitar a las naciones que facilitara cada una de ellas la ubicación exacta de su geografía, proyecto fracasado rotundamente y por fin destruido por una bomba de la Luftwaffe. No hay que creer en la imparcialidad del mapa, ese seductor instrumento ideológico.

Ahora es Irán el país que acaba de proponerse crear un Googel Earth International, mapa satelital destinado a todo el islamismo con el fin de poner a sus fieles en guardia contra el demonio Occidental, además de proporcionar una visión islámica de la realidad física en la que se identificarán los enclaves del enemigo. Se confirma así la teoría de que los mapas, lejos de constituir un instrumento de orientación objetivo y fiable, no son, en realidad, sino la expresión de proyectos políticos y, como es natural, simbólicos, como aquellos de la era victoriana en los que el mundo aparecía como el arrabal de un régimen representado por la rosa imperial que campeaba en su centro. Eso sí, ahora la deformación tendrá que habérselas con la visión que desde el espacio nos envían los satélites y en la que ya no veremos ni ríos serpentinos ni animales fabulosos, y menos a Leviathán acechando impaciente en el Mar Tenebroso. Pero verán cómo el ideólogo se las avía también ahora para recomponer la imagen y retorcer el símbolo. Para el hombre, ese animal simbólico, la Verdad importa menos que la intención. Imaginen lo que puede importarla al cartógrafo fanático.
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2 Comentarios

  1. Bonito tema y temeroso el proyecto iraní. Llama la atención que ni siquiera los mapas digan ya la verdad, convertidos en instrumentos del poder.

  2. Nunca me lo habría figurado, pero es de lo más inquietante. Si no nos podemos fiar ni siquiera del Atlas, es que estamos más perdidos de lo que creíamos.

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