Todo indica que los EEUU y Europa han resuelto a cencerros tapados la crisis provocada al desvelarse el espionaje masivo a que nos tiene sometidos el ojo imperial. Un asunto espinoso, qué duda cabe, sobre todo si se somete a la prueba evangélica de ver quién puede tirar la primera piedra, empezando por nosotros los españoles, sabedores de que aquí se ha espiado hasta al Rey. No es ya que haya que discretear al hablar por teléfono y contar con que por la calle y un poco por todas partes nos espía implacable una red de cámaras alcahuetas, sino que, en especial si se visita Inglaterra, habrá que mirar bajo la cama y bajo el colchón porque hasta en los hoteles, según reconocen los servicios secretos, se anda espiando a troche y moche. La policía de Milán, por otra parte, ha puesto en funcionamiento un sistema de memoria cuya base incluye unos 20.000 datos por robo y es capaz de almacenar información lo mismo sobre la talla o el color del vestido, el modo de caminar del vigilado, su forma de empuñar el arma, el acento del mangante e incluso su olor. Bueno, del ladrón o de usted que me lee y de un servidor que le escribo, ya que por el momento esos trebejos informáticos carecen de voluntad y, en consecuencia, de criterio selectivo. ¿Eso es bueno o es regular? Pues miren, no estoy seguro, pero no pierdan de vista el hecho porque lo único cierto es que ya no estamos en la intimidad ni debajo del edredón.

 

Confieso que soy un  adicto a esa serie de la CBS americana, “Person of interest”, en la que un sabio (ni qué decir tiene que un poco discapacitado) y un ex-agente secreto (ni que decir tiene que de lo más completo), pero ambos expeditivos samaritanos, ayudan a las personas que “La Máquina” – que es capaz de localizar, mediante símbolos, a la víctima igual que a los potenciales delincuentes— señala de modo inequívoco. ¿Ven cómo el Poder parece condenado a actuar como un “voyeur” si pretende mantener la seguridad en esta sociedad tan compleja y enigmática? El problema está en que esa suerte de “deus ex machina” lleva su terminal hasta la mano caprichosa de alguien sin rostro ni voz que se conoce sólo como “Control”, y ya me dirán como dormir tranquilos sabiendo que ese ojo sin párpados no nos pierde de vista. El viejo dilema, libertad-seguridad, lleva camino de resolverse a costa de nuestro fuero íntimo. Wells se quedó corto con su utopía. Usted, por si acaso, corra la cortina.

5 Comentarios

  1. La intimidad es un concepto del pasado, que n tiene sitio en una sociedad de los medios. El Poder nunca ha sido tan fuerte. ¿Recuerdan que Rubalcaba dijo, cuando era ministro de Interior, que él lo sabía “todo de todos”?

  2. Hasta debajo del edredón, ¡qué imagen aterradora! La pintura es real, no obstante: estamos vendidos, no tenemos ya reducto alguno reservado, toda nuestra vida es potencialmente “publificable”, está espiada, grabada, filmada… ¿No estaremos exagerando, don ja? Es mi última esperanza.

  3. Pueden llamarme morcilla porque me repito, pero no estamos al final de una época, sino que hemos entrado –nos han metido– en una nueva edad de la historia.

    Les puedo asegurar que, como elegí vivir en un pueblo, salvo en la botica, no hay muchas cámaras espiándome. No sé si habrá quien me envidie por este “Beatus ille”.

    Como aquel viejo y apócrifo, y mutilado fandango de Huelva.

    Yo no digo que mi barca
    sea la mejor del puerto,
    pero sí digo que…
    a mí me da el avío”.

  4. Gran elección, mi don Epi, pero reconozca que su caso, como el de los millones de personas que eligieron la “apartada senda” no cambia la situación orwelliana que denuncia la columna. A mí me da los mismo porque creo no tener nada que ocultar, pero, fíjense ustedes, me inquieto muchas veces al deambular por ciertas calles y hasta miro debajo de la cama en algún hotel…

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