Una noticia atroz, pronto desmentida por nuestra pulcra policía de costumbres, ensombreció estos días atrás la crónica de la tragedia acaecida en la isla indonesia de Java: un hombre muerto habría sido devorado por la turba en un ominoso festín provocado por el hambre extrema a que ha dado lugar la desolación posterior al tremendo terremoto. Leyendo la noticia he recordado que ya Juvenal contaba en una de sus ‘Sátiras” historias de pueblos necrófagos entre los que, dichos sea de paso, incluía a los vascones, por aquel entonces acosados por las implacables legiones romanas. Y como otros tantos comentaristas del canibalismo, Juvenal distinguía con claridad entre ese crimen nefando practicado por pueblos sin entrañas, y la antropofagia obligada por las circunstancias excepcionales a la que creía justo aplicarle la eximente que nosotros conocemos como “estado de necesidad”. Pero la realidad, como demuestra este último incidente, es que el canibalismo ha estado siempre ahí, instalado con comodidad en el subconsciente colectivo, y se resiste a ser borrado de la memoria de la especie, como una marca antigua impresa en las anfractuosidades del cerebro reptiliano que llevamos oculto. En las recientes guerras africanas parece que también hubo mucho antropófago, como los hubo, allá por los 60, en los calveros de la selva vietnamita o camboyana donde los fotógrafos de guerra retrataban soldados exhibiendo cabezas cercenadas o festivos banquetes en que la tropa daba cuenta de algún hígado arrancado al enemigo que la prensa occidental reproducía para enfatizar los horrores de la guerra. Los cercados de Leningrado o esos célebres supervientes del avión de los Andes que andan paseando su circo macabro de televisión en televisión, se zamparon a sus semejantes para sobrevivir ni más ni menos que como se comieron a los suyos las víctimas sertorianas de Pompeyo durante el asedio de la Calahorra hispánica que es, sin duda, el episodio al que se refiere nuestro satírico, aunque Voltaire se equivoque, a mi entender, con el sitio de Sagunto. Perro no come carne de perro: es una injusticia sugerir, incluso como broma, que ‘caníbal’ derive etimológicamente de ‘can’.

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En uno de los artículos de su delicioso “Diccionario Filosófico”, escribió el propio Voltaire con ironía sobre el canibalismo — “Nos hemos ocupado ya del amor; y ahora, con una dura transición, pasaremos de los seres que se besan a los seres que se comen unos a otros”—antes de pasar a contarnos cómo, en una ocasión, una salvaje capturada en Mississippi le explicó en Fontainebleau, con la mayor naturalidad del mundo, las razones con que justificaba su experiencia de antropófaga. Nuestra información sobre la antropofagia ha variado mucho con el tiempo y hoy sabemos por los antropólogos que ese hábito congénito de la Humanidad no necesariamente pivota sobre razones rituales sino que responde en múltiples ocasiones a la simple presión ambiental. Si nos horroriza hoy la idea de que en Java –un infierno al que, por cierto, aún no ha llegado la ayuda indispensable para sobrevivir—una horda famélica haya devorado el cadáver de un semejante no es más que a causa del filisteísmo con que administramos nuestras reservas de moral estética. Los arqueólogos han probado que no hay solución de continuidad entre el canibalismo de un ‘Aníbal Lester’ y el de los homínidos que en Chu Ku Tien horadaban el cráneo de sus víctimas para obtener su cerebro, o los belicosos aztecas que, como otros pueblos de su región y tantos otros en la Antigüedad, tal vez hicieron de la guerra un instrumento imprescindible de la industria alimentaria. Sin salir de Java, el hecho de comerse al prójimo no debería constituir novedad alguna puesto que, según el testimonio de Texeira que Voltaire recoge, caníbales eran sus habitantes hasta un par de siglos antes de ser descubiertos. Eso de que el hombre es un lobo para el hombre se demuestra simplemente poniéndolo a dieta.

10 Comentarios

  1. Madrugo incitado por el tema. Y lo hago para sugerir que la antropofagia adopta muchas formas, incluso las que no implican la ingestión física. Se devora al hombre desde el Poder, desde la ambición, desde el fanatismo, desde la maldad. No hace falta comerse a una víctima para zampársela, pueden estar seguros. Pero aquí la censura es más elemental, como ven.

  2. Conforta el coraje intelecyal que es preciso tener para formular esa tesis –el canibalismo es simple rasgo humano, superaod por la convención civilizatoria– tanto como la limpieza de la exposición. No nos rajemos las vestiduras ante lo que –ni a lo mejor ni a lo peor, sólo “lo que”– somos,. admitamos con naturalidad (no necesariamente con humildad) nuestra condición zoológica, divina zoología.

  3. Nionca pensé que Aníbal Lester fuera una regresión no una degeneración, y le estpy agradecido por encender esa luz en mi cabeza. Algo me dijo siempre que hay en el hombre (en la ciota de Volaire ya se insinúa) gestos que revelan el gesto anterior de comer, sin ir más lejos el beso.

  4. Celebro su claridad y esa iconoclastia que hace de su reflexión algo generalmente impertinente (en sentido etimológico), que para eso está el oficio y no para rellenar cuartillas. ¿Le parece poco canibalismo la política? ¿Le parece poco canibalismo la competitividad creciente de una sociedad que se anima diciendo “Vamos a comérnoslos”?

  5. Un tema interesante. Les escuchñe esta mañana en el programa de Carlos Herrera hablando de la censura sobre el bogavante. Diga algo, porfa.

  6. Una de las maneras más sutiles de descubrir nuestro pasado de antropofagia está en la religión cristiana.

    El ritual de la “misa” y su culminación en la masiva y pública comunión del “padre”.

  7. Como ya se ha dicho casi todo desde el punto moral o ético yo voy a “descender” al plano de la zoología.

    En defensa del lobo quiero decir que ya quisiéramos los humanos ser tan considerados entre nosotros como lo son los lobos entre ellos.

    En cuanto al canibalismo ratifico que los perros, carnívoros crudívoros, no comen carne de perro salvo que esté lo suficiente cocinada para que no puedan detectarla según manifiestan algunos criadores industriales y lo mismo ocurre con casi todos los animales netamente carnivoros.
    No se puede decir lo mismo de los de los grandes simios entre los que nos encontramos zoológicamente y desde hace poco legalmente. Se sabe que el nuevo gorila dominante se va comiendo uno a uno a los hijos de su antecesor y además lo hace con un disimulo tal que los observadores solo han podido constatarlo mediante el análisis de los excrementos

    Sobra documentación histórica y prehistórica sobre canibalismo humano como para concluir que éticamente estamos a la altura de nuestros parientes zoollogicos.

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    Bienvenida, doña Grazia, pero no confunda el rito de la comunión con comerse un cristo al horno.

  8. Sólamente para matizar que una cosa es el “sacrificio del padre”, el de “Totem y tabú”, y otra muy distinta la noción mística de “comunión”, presente en muchas culturas en términos muy diferentes. Y muy pertinente el matiz de don Griyo a doña Grazia, de la que tal vez uno hubiera esperado hoy algún comentario sobre el ataque a Espada. En fin, no le habrá apetecido hacerlo.

  9. Dinamita pa los pollos nos pone hoy ante nuestros civilizados ojos el fraterno Anfitrión. En un párrafo dice que “nos horroriza” –textual- la antropofagia de Java. Será que ya una tiene atrofiado el nervio de la horrorización, pero a mí me parece comprensible, hasta lógica, esa reacción ante la circunstancia extrema. Si alguien ha vivido situaciones límite, coincidirá conmigo que uno de los instintos “prerreptilianos”, por usar algo retorcido el término del patrón, ese arcano paleocerebro que podríamos remontar hasta la ameba, es precisamente el instinto de conservación. Debido a él, cualquier ser vivo comete actos impensables, inauditos, escalofriantes, cuando se pisa cierto umbral que abre el insondable agujero negro tras el cual sólo queda la propia muerte.

    Mi apreciado Páter bisa hoy –creo que por primera vez en la historia del blog-: a primera hora para ponernos delante la metáfora del Poder devorador y la segunda para salvar los muebles de la consagración. Me insistían, allá por el mesozoico, que la sagrada forma no era ya un trozo de pan sino el verdadero cuerpo de Cristo. ¿Ha variado la Santa Madre su doctrina?

    Insiste Vitriolo en la comparación del canibalismo con la política. Estamos hablando de masticación, deglución y digestión, mi cuate. Pura fisiología física si me perdonan el pleonasmo. Y defecación por supuesto, como puntualiza mi don Elitróforo.

    Me muerdo la cola como una bicha de mazapán: no se trata de rituales sobre el enemigo vencido, sorbiendo su cerebro, o exquisiteces de malnacido, como aquel a quien coronó don Valery, tan amigo de nuestro Juanito el Fratricida, que se hacía cocinar el mondongo de los que le estorbaban. Servidora sabe que mi pareja, por nombrar a quien es algo más de la mitad de yo misma, sería feliz en situación límite de saber que gracias a la carne de los brazos de su cadáver o la delicatessen de su bazo, yo podría sobrevivir al hambre extrema. Y viceversa.

  10. Estupendo volverla a ver, doña Epilázara, cuando ya la creíamos reposando con los Sres. Argamasalva y Trebonio allá en el paraíso de los blogueros perdidos.

    Estupenda su intervención de hoy/ayer pero tenga en cuenta que, hoy por hoy, la carne humana no es comestible por su alto contenido de DDT.

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