A la entrada de un cortijo amigo me topé con el adagio antiguo del santo Vicente Ferrer que reza “El ruido es malo, el bien no hace ruido”, y en seguida recordé la reflexión del teólogo ex-franciscano José Arregui –hace poco conminado al silencio por el obispo Munilla– en la que ironizaba sobre la idea de sus correligionarios de Nueva York de ofrecer un retiro para “ermitaños de ciudad” al módico precio de 70 dólares al día. Arregui sostenía que “el silencio es un asunto de alcance social” del que dependería “nuestro bienestar personal y colectivo” y llegó a proponer que las actuales iglesias, vacías o a punto de cierre, fueran rehabilitadas como “espacios de calma y aliento”. No limitaba él ese ruido al estrépito urbano sino que incluía en su ámbito real el tiberio incesante forzado por los “medios” y, en consecuencia, aconsejaba la clásica introspección, la búsqueda interior que garantizaría la paz íntima al atribulado urbanita.

Luego he ido leyendo uno tras otro los alegatos de Adam Ford, Alain Corbin, Ramón Andrés o Erving Kugge –aproximadamente unánimes todos en la recomendación y algo menos en los métodos– hasta dar con el betseller de Pablo d’Ors, “Historia del Silencio”, que anda arrebatando multitudes tal como en su día ocurriera en Wall Street cuando el ingenio del padre Gracián o las cadencias gregorianas arrebataron a corredores y stockbrokers. Nada tiene de extraño, en una sociedad abrumada por el fragor del bullicio, que la humanidad primordial eche el freno y, en busca de la calma, se detenga decidida a abismarse en el gesto silente del camaldulano.

Hablan maravilla de la mudez voluntaria estos expertos que en ella ven la senda que conduce a la intimidad perdida en busca de la mismidad, pero tampoco es cosa de olvidar el recelo con que san Benito miraba a los solitarios ni la inquietud que los taciturnos inspiraron a la susceptibilidad tridentina. El silencio es un gesto oriental que tienta ahora a los occidentales desde que los Beatles o la reina Federica pulsaron, hasta imponer la moda, esa íntima vibración que supone el buceo introspectivo.

Las breves páginas de D’Ors son una delicia que nos engatusa con la perspectiva de esa libertad supina que anida en el solipsismo, un encantador derroche psicológico que nos propone reemigrar de la urbe al desierto, salvarnos en ese territorio exento que el abrumado “sapiens” encontrará, probablemente, más allá de su propia humanidad. Se ha dicho que en el silencio hay paz, que en él se anulan los miedos y disuelven los rencores. Llevo leídas miles de páginas de estos nuevos profetas y aquí me tienen, ay, sin poderme valer como el pájaro del alma hechizado por la sierpe tumultuaria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.