Viejo sueño el del hombre de construir réplicas a su imagen y semejanza, capaces de reproducir sus funciones y, llegado el caso, de sustituirlo en sus trabajos. Luciano se divierte ya con la idea como más tarde lo harán el santo Moro o el ironista Swift, y Covarrubias nos avisa de que el primero en introducir uno de esos ingenios en España no fue otro que Juanelo Turriano, el ingeniero del Emperador, que habría logrado en Toledo construir un “hombre de palo” capaz de recoger diariamente en la catedral la recompensa al ingenio de su inventor y que todavía conserva una calle con su nombre en esa ciudad de ensueño. Hoy la robótica lanza productos al mercado condicionada por un antropomorfismo cada día más inquietante. Dicen los expertos que esa rama de la industria de futuro anda hoy más o menos por donde andaba la informática en los años 80, es decir, aún en el terreno de la curiosidad y la innovación, pero presagiando ya una presencia invasora que, cuando menos lo pensemos, nos caerá en lo alto, esperemos que para bien. Y sostienen también que ese condicionamiento antropomórfico funciona como un factor de desconfianza que mantiene en guardia a los hombres más o menos en los términos en que los situaron los imaginativos de la ciencia-ficción, sobre todo en Occidente, pues en el Asia del futuro no se observa semejante recelo. Mientras tanto la industria avanza imparable, vendiendo miles de máquinas hablantes destinadas a enseñar idiomas o ingenios diversos diseñados para aliviar las tareas humanas con el esfuerzo de esos esclavos libres, valga el oxímoron, que lo mismo van a barrernos el hogar que a masajearnos el torso contraído al final de la jornada. Hay máquinas domésticas que se han distribuido ya en los mercados por millones y prototipos humanoides que dejan sin aliento a los asistentes a ferias como la que estos días se celebra en Lyon. Luciano y Juanelo entrevieron el milagro con el anteojo del revés. La realidad, como de costumbre, desborda a la imaginación.

 

Habrá que pensarse a dónde nos lleva esta aventura, calcular con discreción sus efectos sobre el mercado de trabajo, aprender, en definitiva, a distinguir entre el imaginario válido para ese ejercicio literario que embolismó hasta a Voltaire, y los logros tangibles de un demiurgo que empieza a asustarse de su propio poder. Hay ya robots que barren, máquinas parlantes, ingenios que acompañan en la soledad, insensibles siervos que nos masajean cuando damos de manos. El toque estará en el robot que un día nos mire a los ojos y nos responda con nuestro mismo acento. Ese día entenderemos al fin que los sueños de la razón producen monstruos.

9 Comentarios

  1. Hablamos poco de la robótica, hay que reconocerlo, cuando en ella subyace agazapada la gran baza del futuro. ¿Qué será del trabajo humano (del Mercado de Trabajo, quiero decir) el día en que los robots se encarguen de él? ¿Habrá una sociedad ociosa y placentera o será el fin de ESTE mundo? El tema me pone apocalíptico, lo siento, y creo que jagm coincide conmigo en esta actitud.

  2. Quizas, todas las funciones basicas satisfechas, nos volvamos buenos….. Soñar no cuesta nada y se agradece cuando no son pesadillas…
    Un beso a todos, que tampoco son muchos…

  3. Dios mio! otra vez ha vuelto a las andadas! hala ya, remontando el vuelo!
    Y del monumento en la plaza del punto qué eh qué??

  4. En mi opinión, los progresos en robótica son relativamente más fáciles, no tanto debido a los progresos técnicos, que también, sino a que cada vez el ser humano se comporta más como un robot: predecible, automático, falto de creación, programable…
    Llegará el día en que a fuerza de caminar uno hacia otro, no notemos la diferencia.

  5. Don Alberto Einstein, que se equivocaba poco, nos predijo para el futuro en el que ya estamos entrando una sociedad del ocio. Pero hay dos clases de ocio: el voluntario y el forzoso.

    No le quepa duda, querido doctor, que la minoría de ociosos voluntarios será opulenta mientras que la inmensa mayoría de ociosos forzosos será francamente pobre.

    El fin de NUESTRO mundo llegará por la insaciable demanda de energía que exige nuestra civilización.

  6. Los comentarios de los contertulios siempre tan interesantes… A menudo me quedo admirada leyendo a unos y a otros.
    Gracias y besos a todos.

  7. Don Griyo ha tocado en sensible cuando recuerda la utopía de la sociedad feliz o reino feliz de los tiempos finales, de los que jagm, como algunos de sus conmiloitones universitarios, hubimos de estudiar en su día no poco, en especial sobre el texto de García Pelayo. Pero, ay don Griyo, recuerde que también Marx prometía una sociedad feliz en la que el hombre libre y realizado dedicaría el ocio a pintar…

  8. La promesa o ilusión de que se está hablando (don Griyo, Heródoto) se imaginó durante muchos siglos en el pasado, en «la edad de oro» perdida, y luego pasó a ser entrevista en el futuro (Marx, por ejemplo, pero también otros utopistas). Los hombres no cejan en esa imaginación de un mundo libre en el que transitar sin doblarla, cogiendo el fruto con sólo alzar la mano y demás visiones. Y en efecto, la robóticoa nos devuelve ahora a esa ilusión cada día menos utópica. Yo soy de los que creen que el mundo se robotizará y será irreconocible para nosotros si pudiéramos llegar a verlo. La ciencia-ficción suele acertar con extraña exactitud.

  9. ¡Ay don Heródoto! Yo daría la mitad de mi vida, de la que me queda, por saber pintar algo que se pareciera a lo que veo o a lo que imagino.

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