Una activa campaña ha logrado en Londres que se salve la casa de Carden Town en la que vivieron su desenfrenada aventura bujarrona el maestro Verlaine y el príncipe Rimbaud, aquella famosa que acabaría a tiros en un hotelito de Bruselas. Es otra vez el inevitable fetichismo de la fama, la fantasía adocenada de apropiarse en alguna medida de la sustancia del famoso –ay, la “magia de contagio”– que se supone impregnando su territorio vital. Ya he contado alguna vez cómo peregrinábamos en Viena hasta el piso burgués de Berggasse 19 en el que permanecía (o eso aseguraban las guías para panolis) el mítico diván en el que habrían desgranado sus sueños los pacientes del maestro, o cómo en Londres rebuscábamos por el Barrio Chino la triste entreplanta en que Marx hubo de vivir la muerte casi por inanición de una de sus hijas. Con la edad se mitigan estos fervores ingenuos, tantas veces inventados del tirón por el turisteo, pero lo cierto es que hay pocos lugares tan concurridos en Toledo como esa casa del Greco, que más falsa no puede ser, o en Ámsterdam ante la casita de dos plantas en la que vivió Rembrandt una de sus etapas menos brillantes. Es verdad que hay veces en que la visita resulta inolvidable, como cuando se acerca uno a Giverny para curiosear las ninfeas y el puente japonés de Monet o da con sus huesos ante la mil veces restaurada casa moguereña de Juan Ramón, pero debe reconocerse que esa experiencia suele ser rara. No hay quien se trague el cuento de la casa de Dante en Florencia pero hay que ser marmóreo o no haber leído al huésped para no impresionarse ante las cariátides que sostienen el templo doméstico de Chateaubriand en La Vallée- aux- Loups, allá por Chatenay-Malabry. Todavía hay fetichistas que, en el barrio sevillano de San Lorenzo, van a retratar con el telefonillo la casa de Bécquer en la que nunca vivió el poeta o la espuria que en un callejón  se le endosa a Velázquez nadie sabe por qué. La atracción del fetiche es tan grande que puede permitirse el lujo de la superchería.
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Lo de Londres me ha extrañado mucho aunque sólo sea porque, o anda uno mal informado, o aquel ‘séjour’ londinense de la pareja de geniales depravados fue más bien breve (un mes escaso, según Antoine Adam), aparte de terminar como el rosario de la aurora, pero no deja de ser significativa esta energía ciudadana que es capaz de mover gente y recaudar dineros para evitar que se pierda un recuerdo literario. Un escritor bien agudo, François George, que ejerció un poco en plan “enfant terrible” del círculo de Sartre, atribuía la devoción francesa por los escritores a un prurito fundado en la conciencia del mal lector, y eso es un poco, me parece a mí, lo que le pasa a mucho visitante de la casa de Cervantes que se muestra en Valladolid y en la que aquel gigante sufriría nuevamente, junto a su familia y más injustamente que nunca, persecución por la Justicia: que buscan en la visita indulgencia para tanto desapego lector. El fetichismo se agota en la curiosidad y actúa desde la presunción animista de la impregnación vital del ámbito, en cuyo polvo doméstico andaría depositado, como quien dice, algo así como la memoria de una cotidianeidad prestigiosa y accesible, el poso de la vida o la huella de la existencia señera. Recuerdo una reflexión lejana de Leroi Gourhan sobre la fascinante presencia mística de los primitivos que impresionaron sus manos mutiladas o pintaron bisontes en la roca de la cueva. También él sentía esa presencia perdida pero vehemente, ese hálito afincado o errabundo que remitía a una memoria recobrada, tal vez nuestra propia presencia anticipada en el tiempo y firme en el espacio. La historia profunda consiste en este inasible sentimiento de contigüidad con los que fueron. Nosotros somos, en esta crónica inacabable, apenas unos turistas, y desde luego, de lo más inocente.

21 Comentarios

  1. Ante una columna como la de hoy, una solo puede maravillarse de lo que este hombre conoce, sabe, ha corrido, ha viajado y sobre todo, recuerda, recuerda con una precisión abrumadora. Salve, Maestro. Salud y larga vida.

    Entre su entretenida y diversa parla, zas, nos pega el puntazo: “…energía ciudadana que es capaz de mover gente y recaudar dineros para evitar que se pierda un recuerdo literario…” Mardito parné, que por su curpita…¿Nos acordaríamos de capuletos y montescos si no hubiera un balcón en Verona, donde hay una industria turística viviendo del momio? ¿Pasarían tantísimas criaturitas -parezco Lopera- por los Venerables sin el reclamo de la Hostería del Laurel? La misma gente que arroja moneditas a los mármoles de Trevi para que el listillo de turno recoja de noche el óbolo de tanto lila.

    (Lo siento, pero es efeméride con aniversario terminado en cero. Hoy hace 30 años que estábamos en la calle con la verde y blanca. Si hubiéramos sabido lo que venía detrás de aquello. Ojú.)

  2. Comparto la curiosidad, la nostalgia y el desencanto que la columna encierra. Todos, muchos en fin, hemos peregrinado a esos templos imaginados, a esas mansiones tantas veces inventadas, peor creo que eso es bueno, en el sentido de que expresa un deseo de “contacto” con el genio que no le está de más al hombre pragmático de nuestros días, el que viaja con la Guía Michelin (roja), como suchis asquerosos y se deja tangar en Lexington o la Quinta Av. por los mercachifles “hispanos” o griegos.

  3. Ayer la Sra. Marta se preguntaba sobre la antipatía hacia Arturo Pérez Reverte por parte de algunos lectores.
    Nunca he leído ninguna obra, ni visto películas basada en obras de semejante juntaletras.

    Si quiere leer una crítica sobre dicho autor, pulse en el “link” que le proporciono de la revista “La Fiera Literaria”:

    http://www.lafieraliteraria.com/envanecido.htm

  4. Me acaba de dejar helado descuriéndome el fraude de la Casa del Greco. No me explico que la autoridad consienta estas estafas auténticas al confiado ciudadano y me siento muy dolido por haber pagado una entrada en un engañabobos.

  5. ¿Por qué dice que Bécquer no vivió nunca en “su” casa? Será que la actual casa se edificó sobre la suya. Y en cuanto a la de Velázquez, no se´r por qué habla de callejón. Hay gente cmo usted que disfruta y valora más degradando las cosas, será eso.

  6. Lo del diván de Freud, definitivo, y ya contad aquí alguna otra vez. Es verdad: ese turismo es explicable, incluso estupendo, pero no deja de constituir una beatería explotada por los mercachifles del turisteo.
    Curiosidad: nadie sabe ya en qué casa de Chamartín se hospedó Napoleón. Esto no es Francia, menos mal.

  7. Pues por eso, porque “ésa” no es ya “su” casa sino otra levatada en el mismo lugar queen nada debede parecerse a la genuina. Ante una columna que divga seriamente sobre tan curiosa tendencia humana (peregrinar en busca de los vestigios pesonales del genio), quedarse en estas anecdotillas es por lo menos impropio. Comparto el sentido de lo que critica gm (porque es es lo que hace, “crítica”), no sólo porque ilustra sino porque,en cierta medida encierra una moraleja, algo así como un reproche moral para aviso de navegates ingenuos. Él empiea por decir que ha ido como el primero a la casa de Freud o a la de Rembrand, lo cue le d cierta autoridad para dar su opinión, que no me parece que se agote en la cesura superficial de ese hábito turístico, sino que ahonda mucho más abajo en nuestro generalizado fariseísmo cultural.

  8. “Bajo este árbol reposaba Witman”, ¿recuerdas, amigo ja? Me he reído lo mío, recordando lances vividos. El culturalismo, de todas maneras, no tiene cura y bien lo sabes tú…

  9. ¿Cómo es posible qe na ciudad como Madrid se conozcan tan pocas residencias de nuestros Cernates, Lopes, uevedos, Góngoras, Calderones y demás, por ceñirnos sólo al siglo dorado? ¿No es verdad, señor viajero, que por ahí cuidan más estas memorias que usted degrada presetándolas como supecherías? Estoy de acuerdo con que engañar al público confiado es una estafa, solo que me gustaría no dar la imagen de que todo lo que por ahí se nos muestra es una falsificación o un invento hecho por desaprensivos.

  10. Esto de las visitas a los hogares del genio pertenece al mismo capítulo que la afición a las reiiquias. ¿Quién no guarda una carta amarillenta, quizá un mechón de pelo, a lo mejor un pañolito bordado? Yo al menos, sí. Y ello me permite comprender que, en efecto, actuamos sugestionados por esa “magia de contacto” de que habla jagm, una atracción que tiene su lado noble y elevado, no hay que negarlo, pero que, por supuesto, es explotada, como tantas otras cosas nobles, por los especuladores.

  11. En tiempos leí un libro francés sobre las casas o viviendas de los escritores, filósofos y hombres de cultura famosos. Lo he recordado ahora pero, entre tant, y han pasdo muchos años, también yo he tenido ocasión de picar con ingenuidad en ese anzuelo. Del artíc. de hoy saco la conclusion de que se nos lanza un aviso sobre la decepción que nos aguarda, una decepción arecida la q7e en tantas ocasiones –si hemos tenido ese privilegio– nos provocan los hombrs de talento y gran fama. Hay una distancia considerable entre la persona y el personaje, entre el creador, por ejemplo, y el sujeto humano que lo encarnó, lo cual no deja de ser interesante y si no recerdo mal también ha tocado esa cuestión en este casinillo nustro ilustre anftrión, que conoce a muchisima gente. No hay por qué ser iconoclasta –y gm no lo es: él ta,bién peregrina– pero sí que conviene precavernos contra lo qe aquí se ha llamado varias veces ya “beatería”, sentimiento de veneración barata, tipo del que la paletería española dilpida en el Café Gijón madrileño y en los Parises de antaño se dilapidaba por los cafés y las “caves” “existencialstas” de St. Germain des Prés.

  12. La culpa de que se rmpa el misterio de esos hogares suele ser de los “explotadores” del negocio. E l de Juan Ramón, que se menciona, hay o había un “galán de noche” en lahabitación que su suponía del poeta con una chaqueta expuesta, como las de Lenin que se exponen en los museos soviéticos. En la del Greco te enseñaban (años 6o) hasta una bacinilla bajo la cama en la que supuestamente drmiría el pintor. En fin, que se comprende que haya que “conservar” pero esos conservadores con frecuencia caen en la beatería.

  13. Don Abate , gracias por el link, que he leído muy interesada, y que tengo que volver a leer a cabeza tranquila. Hay cosas con las cuales estoy de acuerdo y otras con las que no comulgo.Gracias miles.

    El artículo de hoy, un placer. Como siempre, culto, ameno, aleccionador. Lo de la CAsa del Greco, lo sabía desde siempre, pero a menudo llevo a, mis alumnos porque estaba bien ambientada.

    Besos

  14. El instinto peregrinante es inevitable, jefe, en especil en los turistas. El año pasado visité con unos amigos Verona y me dio la tarde una señora que no sabía donde estaba pero empeñada en ver la casa de los viejos “duques”, que creo que eran los Scalígeros. ¡Lo que le importarían a ella los Scalígeros o quienes fueran los antiguos amos de la ciudad! La columna tiene mucha y lograda intención al señalar ese instinto al que tantonos cuesta resistirnos.

  15. Doña Scard ha puest el dedo en la llaga: “ambientada”, la casa del Greco estaría “bien ambientada”, como la de Cervantes en Alcalá, aunque todo indiquen que son más falsas que Judas Iscariote. Pero ua mano hábil ha dispuesto aquí un estrado, allá un aguamanil, quizás un comedor cn sillas repujadas de improbable antigüedad. Me gsta cuando jagm rompe un jarrón, sobre todo porque lo hace sin estruedo, como quien no quiere la cosa, empezando por confesar que acaso también él bebió en su gollete, pero dando la clave para salir del embuste.

  16. (Nuestra felicitación tardia por el gran artículo contra el desvergonzado proyecto de Educación “Incentivo/dinero a cambio de mano blanda”. Es de lo más agresivo que se ha hecho contra el profesorado).
    Sería un buentema, ya puestos, don joseantonio, el de esos viajes escolares en que a duras penas se puede llevar a la baca a una casa, auténtica o espuria, para “sentir” la presenca de un espíritu grande, dado que la basca está infinitamente más interesada en la “birrita” y lo que no es la birrita, ya me entiende. ¿Cómo llevar a un chico a vivitar un lugar proustiano, digamos, si lo probabilísimo es que ni un uno por ciento sepa quién es Proust?. Ya me dirá.

  17. También me subo tarde al carro del elogio por la columna sobre la educación a que alguien se ha referido antes. Con un triste vaticinio: que habrá una mayoría que “trincará” el “incentivo” y acabará justificando como pueda el chalaneo. Gracias por decir lo que pocos han dicho.

  18. En el verde olivar de la colina
    hay una torre mora
    del color de tu carne campesina
    que sabe a miel y a aurora

    (de Federico)

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    Viene la luz
    desde un lugar extraño
    que no comprendo ni oigo.

    Llegan olas a la playa
    y deseo salir andando sobre ellas
    para fotografiar la espuma.

  19. 00:06
    Para que no engañen a don Híspalis ni a su descendencia, confieso que la casa donde nació Pepe Griyo ya no existe y que han puesto un banco en su lugar, pero la casa de Madrid, donde vive la mayor parte del año, está en perfecto estado y con la ITE pasada a disposición de cualquiera de los blogueros que si digne a visitarla, totalmente gratis incluido café copa y puro.
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    Confieso haber leído todas las aventuras publicadas del capitán Alatriste, que me ha divertido leerlas y que leeré cualquier nueva entrega que publique ese señor.

    También confieso, y esta vez me atribulo haberle leído “Trafalgar” que es una mala copia, digo copia porque no llega a plagio, de la que publicó el señor Pérez Galdós, que tampoco era para tirar cohetes.

    Les aseguro que se puede disfrutar comiendo un ajo arriero igual que un foie de oca. El secreto está en distinguirlos.

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