Cuando he leído que el Gobierno acaba de reconocer en el Parlamento que anda pagando pensiones a las viudas de los polígamos islámicos y que piensa seguir haciéndolo en tanto no se pronuncie el Tribunal Supremo, lo primero que se me ha venido a la cabeza es el trabajito que ha costado en España que la Justicia reconociera ese derecho a las viudas “de hecho” y las luchas que han debido sostener entre “legales” y “sans tître”, como decían los “ilustrados” franceses, para acabar repartiéndose los derechos del difunto. La poligamia la ha instalado silenciosamente entre nosotros la inmigración y se comprende la tragedia del harén viudo de un inmigrante, pero no deja de ser curioso que hayamos hecho compatible el derecho pasivo a percibir una pensión a quienes, en rigor, mantienen una práctica que el derecho vigente considera delito. Claro que ya se advirtió, con motivo de las novedades matrimoniales introducidas por el zapaterismo, que aquellos polvos bien podrían traer estos nuevos lodos institucionales que no tienen por qué limitarse a la poligamia (poliginia sería lo suyo) permitida por la ley coránica, sino que bien podrían extenderse, por la misma razón práctica, al establecimiento de la poliandria o del matrimonio que los antropólogos llaman “grupal”, con los consiguientes trastornos normativos que ello comportaría. Ahora comprende uno por qué rechazan integrarse a pelo esas minorías que, por lo que respecta a estas prácticas, protagonizan uno de los alardes de desigualdad de sexos más inadmisibles que puedan concebirse. Nosotros a lo más que hemos llegado es a eso que parece que dijo Foxá de que el matrimonio es una cruz tan pesada que hay que llevarla entre tres.

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Cuando se hacen cálculos sobre el coste de la inmigración hay que tener en cuenta estas peculiaridades culturales que, cualquiera que sea la decisión del TS, es obvio que enmascaran un alto coste social en educación, en salud y, por lo que se ve, hasta en materia de pensiones. Pero sobre todo lo preocupante es que ese multiculturalismo sea tan escrupulosamente atendido por la autoridad frente a la sociedad integrada que cumple la ley por derecho y a ella se atiene con todas sus consecuencias. Ni imaginarse puede que fuera atendida la demanda de un indígena hispano que reclamara para su hijo en el comedor de la escuela un régimen especial y, sin embargo, ése es un derecho que nadie le discute ya a las minorías en la mayoría de los centros docentes. En un país donde la simple bigamia es delito, como lo fue el adulterio o amancebamiento hasta hace no más de treinta años, no deja de ser llamativo que un vecino del pueblo vida con sus cuatro mujeres coránicas al amparo de la cobertura social completa, incluida la pensión de viudedad, el derecho a la asistencia sanitaria o a la educación de la prole que los sufridos monógamos están obligados a pagar con sus impuestos. La reciente foto de la Vicepresidenta en el serrallo de un empresario africano polígamo no era, por tanto, ningún descuido del protocolo, sino uno de esos estudiados globos sondas que desde el poder suele lanzar a ver cómo reacciona el personal y actuar en consecuencia. Puestos a trastornar el modelo familiar, como parece que está en el ánimo del Gobierno, lo más rápido sería proponer también la liquidación del matrimonio monógamo tal como lo conocemos tradicionalmente o, cuando menos, facultar a los cónyuges, ya en plan escandinavo, para ejercer su libertad sexual en la forma y manera que les llegue a apetecer. Yo recuerdo que Remy  de Gourmont decía en su “Física del amor” algo así como que nada es más consolidador del matrimonio que la poligamia temporal, ésa a que nuestros abuelos resolvían amueblándole un piso y poniéndole un estanco a la prójima. Pero ya ha llovido desde entonces. Quién sabe si tras el ejemplo del moro acabará siendo el Estado quien cargue con esa discreta obligación.

3 Comentarios

  1. Po que hay gente pa tó. Mientras el caporal sestea a la sombra del olivo, quién va reprochar a la cuadrilla que se tumbe a ver pasar las nubes.

    Siento repetirme, pero ese muchacho tan comedido y respetuoso, moderado y conciliador, intelectual y reflexivo que quiere parecer ahora, el chiquilicuatre al que rendían besahuevos los viernes tardes en el aeropuerto sevillano, mientras su henmano era el que más mandaba en aquella tropilla, fue bígamo pionero: tres noches a la semana con una prójima y los cuatro restantes con la otra. Ni estanco ni ná. Convivencia ostentórea, conocida y reconocida, hermanastros convivientes y lo que ustedes gusten añadir. Tal vez su oficio de cómico de la legua le concediera esos pluses.

    Lo de las dietas ya me puso de los nervios. ¿Y al niño, que con sus papás sea vegetariano, les van a dar sus brotes de soja, su alfalfa y su batido de papaya? ¿Le dan pan sin gluten al celíaco o tiene su mamá que aportarlo cada mañana? ¿Hay yogur con edulcorante para el niño diabético? No, padre. Esos niños ‘tan especiales’ que coman en su casita. Aquí se da mortadela de pavo y lentejas sin jalufo para no molestar a los babuchas, que así no nos ponen luego bombitas en los cercanías.

    Lo de la pensión a cuatro esposas y catorce churumbeles, no es que me ponga de los nervios. Es que hiere la fibra más sensible de mi tierno corazón: la del dinero.

    Agáchense, agáchense, mis cuates que mientras más ostensible sea el tercer ojo, con mayor facilidad notaran un cuerpo extraño, circuncidado por más señas, en la garganta.

  2. UNA PRUEBA MAS DE QUE LA LEY SE APLICA DESIGULMENTE ENTRE LOS CIUDADANOS QUE DE IGUAL MANERA PAGAN SUS IMPUESTOS.UN SALUDO DON JOSE ANTONIO

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