Mi amigo Carlos Tristancho, que se entretiene entreteniendo en pie el monasterio de Rocamador que bautizaran los caballeros de la Orden de Alcántara, lucha a brazo partido en la radio con las palabras enfermas. Tiene la idea, que comparto, de que el Hombre ha ido creando y destruyendo su “lalia”, su sistema de signos para la comunicación, condicionado por las circunstancias de la vida, de manera que voces que albergaron conceptos claros y definidos han acabado corruptas en el uso denotativo, en especial en boca de quienes protagonizan la vida pública, esto es de los políticos. La última palabra tratada fue “sostenible” ese adjetivo cuyo sentido ha acabado implosionando a causa del abuso que de él hace la caterva politiquera, por supuesto, sin barruntar siquiera que al usarla desgastan poco a poco su lustre genuino dejándola reducida a una sombra de incierta significación. Con Tristancho tengo hablada mi tesis de que cada Imperio –y apúntense, si quieren, a la visión toynbiniana—crea, propaga y acaba arrastrando en su caída su propia “koiné” o lengua común, aunque los haya –y no necesariamente timocráticos—que se han apoderado para siempre de alguna rama del habla y de la experiencia, como Grecia, un poner, se hizo para los restos con la jerga médica o Roma con la jurídica. Hoy el Imperio contraataca con su horda invisible para imponer un jergón convencional que procede en masa de la práctica informática eficazmente ayudada por la insolvencia propia de toda sociedad de masas. ¿Quién puede ir hoy día por la vida sin saber qué cosa es o pretende ser un “twitter”, un “post”, un “microbloggins” o un “trackback”, a ver, díganmelo con la mano en el corazón? Esta generación deslumbrante y perversa habla como surfeando sobre las onduladas plataformas digitales, coronada de espuma volátil y con los pies aferrados al vértigo de la tabla. Mi amigo hace bien velando, allá en su retiro cenobial, los cadáveres incorruptos de esas palabras tantas veces abandonadas ya por el alma de sus conceptos y mejor todavía contándoselo al gentío precisamente a través de las ondas.

Hace años, entre lances y maniobras de un jurado literario, el sabio Arturo del Hoyo se divertía comentándome la miseria de una lengua, como la nuestra, cuya decadencia a causa del extranjerismo era tal que le había obligado, al confeccionar su imprescindible diccionario del género, a incluir la explicación de que “muchas gracias” en euskera malsonaba “eskerrik asco”. La lengua enferma, las palabras se dañan, el uso las confirma pero el abuso las hiere. Tristancho lo sabe y por eso las cuida entre pomadas y apósitos como un viejo francisco de su fortín de Rocamador.

3 Comentarios

  1. “twitter”, “post”, “facebook”, “trackback”, “podcast”, “hashtag”, “webinar”, “trending topic”, …. no merece la pena aprender la ristra: semejantes palabrillas tienen los días más contados que un ídolo adolescente de radiofórmula.

    ¿El motivo de semejante diarrea pseudo tecnológica? A mi entender, se trata de explotar comercialmente una debilidad de la audiencia: la de adherirse sin titubeos a propagar cualquier palabrilla o hábito que nos haga parecer más al día.

    Lo que no es “sostenible”, en términos de márketing, es lo que no suena a nuevo.

  2. No estoy de acuerdo con don Rafa, y no sé si con don José António. El internet es un ustentilio, como la pluma o la estilográfica, como el teléfono. Las palabras que tocan estos inventos siguen existiendo y se emplearán hasta que dejen de existir.
    En cuanto al hecho que cada “imperio” impone su lengua, con eso evidentemente estoy de acuerdo: no hay más que mirar un poco hacia atrás y observar que lenguas se empleaban ayer y anteayer.
    Besos a todos.

  3. Pues yo, doña Sicard, estoy más bien con la columna y con don Rafa.
    Yo soy uno de los millones de españoles que no sabe inglés, y me saca de quicio su avance, no ya en las palabras de argot sino también que, no sólo, que no se traducen los títulos de muchas películas dobladas, sino que algunos cineastas españoles, que se las dan de cultos, ponen títulos en inglés a sus películas.

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