Ha callado durante mucho tiempo. Tal vez demasiado. Y ahora habla serena y contundente hasta no dejar títere con cabeza. ¿Cuántas gargantas le gritarán ahora a ella el famoso “¡Yo sí te creo!”? Eso es lo de menos, pues lo que da valor al estallido de la juez Alaya es, precisamente, su coincidencia con lo que, desde un gran coro, muchos hemos venido clamando en vano desde hace años. ¡Éste sí que es el mayor escándalo de la democracia y en boca de una ilustre magistrada! A ella hay que admirarla y compadecerla a un tiempo, a la periodista concederle un premio Púlitzer y al sistema político-judicial exigirle que explique tanta infamia. Tras este testimonio lo tendrá difícil quien quiera banalizar el saqueo de los ERE. Porque lo que está en juego no es sólo un pleito sino el Estado de Derecho.

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