Se despide la semana dejándonos perplejos y abismados en la sensación de que estamos tocando fondo. Y conste que no hablo del patinazo colosal sufrido por el presidente del Gobierno en el besamanos que, al fin y al cabo, bastante tienen él y su pareja con la desoladora foto final, una imagen tristísima –y no sólo para ellos—que ilustra a la perfección el desbarajuste que está viviendo la patria amenazada. El naufragio pudo entreverse ya el día en que los insurrectos catalanes quemaban, con el gesto inútil del rechazo del Rey, las penúltimas hebras de ese diálogo imposible que vienen reclamando a coro con los antisistema y, lo que es peor, con los propios socialdemócratas. ¿Puede sobrevivir un régimen –el que sea— cuando una de sus instituciones dinamita impunemente su cúpula? Más fácil: ¿acaso es viable un sistema político cuyo emblema sea un tal Rufián, cuya Hacienda anda en manos de una aficionada y su Justicia en las de una desahogada que concelebra con un chantajista sus tretas más indecentes? Un Presidente plagiario era ya mucho, desde luego, y dos ministros indeseables todo un récord nunca visto en democracia, pero lo malo es que ha resultado cierta la sospecha de los pesimista de que lo peor estaba por llegar. Acaba la semana, en efecto, dejando tras de sí un paisaje desolador: el de una batalla –incruenta de momento– en el que hasta los antiguos republicanos hemos de reconocer que hoy por hoy no queda otra referencia digna aparte del Rey.

Rubalcaba no supo lo que hacía cuando, cerrando los ojos y los oídos, autorizó aquel 15-M la asamblea permanente en la Puerta del Sol mientras los españoles sesteaban, alegres y confiados, su jornada de reflexión. Claro que a ver quién iba a imaginar que una agitadora de barrio lograría hacerse con la alcaldía de Barcelona, que un mequetrefe sobrevenido acabaría gozando de un exilio dorado y moviendo desde allí los hilos de la más insensata marioneta o que un Gobiernillo secuestrado iba a dirigir un país siguiendo rigurosamente las instrucciones dictadas desde las orillas de la horda. Deberíamos habernos percatado hace mucho de que un país en el que el tal Rufián ocupa día tras día las portadas no es más que una empresa insolvente.

Si en lugar de liquidarla literariamente hubiéramos hecho caso a los denostados maestros de la generación del 98 es posible que no tuviéramos que lamentar hoy con treno tan amargo estos “males de la patria”. Unos males que afectan ya a la cabeza del cuerpo social y que a punto están de arrancar de él más de un miembro histórico, apoyados por un partido de Gobierno que hace tiempo que perdió el norte. España –decía Valle–Inclán— es “un albur o un barato”. Bajo estas luces de bohemia lo estamos comprobando a cada paso.

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