Me ha costado Dios y ayuda dar con un amplio resumen de las cartas a mujeres enviadas por el sabio Albert Einstein a sus mujeres, que no fueron pocas ni bien tratadas. Casi alcanzan el millar y medio, y no tratan de los arcanos de la física que él supo desentrañar genialmente sino de cuestiones privadísimas, de la materia íntima que fluye en la confidencia en las parejas (cuando fluye) y retrata mejor que nada al personaje. Einstein se muestra en esas cartas como un hombre sin escrúpulos, como alguien desentendido de la moral común y atenido sólo a su propio código, obviamente excepcional como él mismo, hasta el punto de que no ha faltado comentarista que lo califique, a tenor de su propia letra, como un padre indiferente y un esposo decididamente cruel, en especial frente a su primera mujer, a la que no fue más fiel que a las demás. Todo esto no resulta nuevo, pues un montón de biógrafos ya lo habían insinuado con trazo más o menos negro y contundente, pero es posible que facilite la comprensión del hombre y del propio sabio como un ejemplar de macho normal y corriente que no se cortaba a la hora de contarle a sus mujeres las aventuras con las otras o de descalificarlas a todas en beneficio de algún nuevo amor. Por supuesto habrá quien diga que los valores comunes no rezan con el genio y hasta es probable que no falte quien censure a la nuera diligente el haber facilitado tan estupendo testimonio a la propia universidad de Jerusalem aunque embargadas por un periodo de veinte años a contar desde el día de la muerte del remitente. Les recomiendo que, si tienen ocasión, echen un vistazo a ese epistolario y saquen sus propias conclusiones que, probablemente, girarán sobre la evidencia de que el talento tiene poco que ver con la calidad de espíritu. Hay jayanes delicados y genios brutales, ésa es una lección que aprendimos hace mucho de la experiencia. El caso de Einstein lo confirma no pueden imaginarse hasta qué punto.
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Se nos desvencijan los mitos, se nos vienen abajo las admiraciones al enterarnos de que Sartre no se preocupaba siquiera de disimular ante la Beauvoir sus devaneos con las jóvenes discípulas, que a veces no eran más que cazafamosos ligadas unas horas antes en el café cercano. En la China maoísta, donde recrece un extraño culto a Mao en plena efervescencia capitalista, se guarda como se puede el secreto a voces de que el “Gran Timonel” ejercía de menorero en términos parecidos a como lo hizo el venerable Gandhi mientras su esposa hilaba en la rueca a pocos pasos de su lecho. ¿Por qué ha de atenerse el genio a la moral corriente, después de todo, acaso tiene él tiempo que perder observando códigos instituidos para la gentecilla del común y normas decididamente inferiores en rango a su propia conciencia? Las desvergonzadas cartas de Einstein a sus sufridas mujeres remiten al viejo tema de la moral autónoma, que vale sólo para seres privilegiados, frente a los códigos heterónomos que, impuestos desde fuera y no asumidos desde la intimidad, obligan al resto de la especie. Lean, lean esas misivas, traten de comprender las razones de un sabio para herir a su mujer confiándole las vicisitudes de sus amoríos ajenos, deténganse un momento también a cavilar sobre la triste capacidad de la mujer para asumir estas indecentes propuestas masculinas, en tantas ocasiones hasta perder la vida. No hay nada parecido a esa ominosa  pretensión en la presunta disolución de una George Sand o de una Yourcenar, ni siquiera en las excentricidades de una Anaïs Nin o de las damas de Margarita de Navarra. Esa convicción de superioridad es específica y exclusivamente machista y tal vez resulte incluso intransferible. Einstein, a juzgar por su propio testimonio, era un verdadero cabrón, pero una gran universidad, lo que son las cosas, le ha editado esas cartas infames. Quien dijo que el genio es inhumano no andaba del todo despistado.

7 Comentarios

  1. ¿Cómo era aquello de “hombre refranero, pilonero” o algo así. El refranero suele prodigarse en afirmar una cosa y su contraria, pero no falla mucho en lo de que la cara sea el espejo del alma o de aquello de que a partir de los cuarenta, eres responsable de tu rostro. Se supone que el tipo ese de la relatividad se miraba al espejo por las mañanas y en ver de verse con estos pelos, oig, se los revolucionaba más para dar la imagen. La foto de la lengüita fuera da toda una lección para quien quisiera verla.

    Desgrana el maestro una lista, Albert, Mao, Mohandas el Mahatma con su sábana, Jean-Paul con su ojo estrábico, en la que echo de menos a don Sigmund y al francés medio catalán nacido en Málaga, con el que la ministrita de Kurtura parecía haber cenado cientos de noches. Basta ver las fotografías del artista, tantas veces retratado en calzoncillos, para ver sus ojillos de salido permanente, su expresión de sátiro siempre dispuesto a hurgarse en el bolsillo del pantalón, su ejemplar historia amorosa con tantas mujeres a las que pisoteó.

    Decididamente no es que el genio, ¿el genio?, se sienta por encima de toda ley humana, sino que encumbrado en el pedestal de su reconocida superioridad en algún campo de la ciencia o de las artes, se ve tan alto que le parece que todas las leyes humanas y/o divinas le pasan justo por debajo de la entrepierna.

    Durante algún tiempo me aficioné a leer biografías. Y me cansé. Generalmente las escribe un tuerto, alguien que ve con un solo ojo. Es interesantísimo, como explica el maestro, conocer el tejemaneje diario, la cara oculta, del figura. Si era capaz de levantarse por un vaso de agua para su pareja. Cómo era aquello de que nadie era importante para su ayuda de cámara. Es en el paso monótono de los días, en la domesticidad del interior del hogar –y del alma- cada mañana, cada tarde y cada noche, en el trato a quien está continuamente al lado, donde se retrata la persona que tal vez es al mismo tiempo personaje.

    En épocas pretéritas, cuando aún creíamos en la utopía pero servidora era ya escéptica –tal vez nací con la mancha esa- a veces me tildaban de retro, hombres que lucían ostentosos su marchamo de progres. Yo tenía dos preguntas fulminantes: ¿quién friega los platos en tu casa cada día? O bien, ¿tienes dada de alta en la Seguridad Social a tu empleada de hogar? Era una prueba del algodón difícil de superar.

    Hoy me resulta más fácil admirar a una mujer que trabaja ocho horas y saca tiempo para educar con cariño y eficiencia a sus hijos, o un hombre que cuando vuelve del currelo es capaz de pasar la fregona y tender una lavadora, que toda esa panoplia de próceres que descubrieron la pólvora o compusieron una sinfonía inmortal, pero eran incapaces de adivinar la regla dolorosa que estaba sufriendo su compañera.

  2. 11:11
    Nuestra doña Épi K ha pulverizado, magistralmente, el comentario que ya tenía escrito. Tras el suyo sólo quedan por decir obviedades.
    No obstante, me atrevo a puntualizar algo sobre los científicos:

    No veo ninguna razón para pasarle la mano por el lomo ningún genio científico inhumano.
    Subrayo lo de científico porque ningún genio científico ha descubierto nunca nada que no estuviera destinado a ser descubierto algo después por un contemporáneo. El descubrimiento científico sólo se produce cuando el entorno está maduro e inevitablemente por alguno de los miembros más preclaros de la comunidad científica.

  3. Se ve que el personal sestea, mi apreciado don Elitróforo. Esa puntualización suya es de mucho calibre, porque efectivamente Sir Alexander no descubrio el penicillium notatum porque vamos allá, sino porque andaba enredando en placas de cultivo y temperaturas optimizadas.

    Lo que ocurre, me temo, es que muchos bloggeros de este redil de tronío son más gente de Humanidades y lo del método científico como que se la suda un poquitito. Recuerde aquello del trivium y el quadrivium. Por un lado la gramática, la retórica y la dialéctica para la gente fina. La filosofía, el pensar, el peripatetismo discutiendo de la esencia de lo divino y lo humano. Por el otro, pues ya sabe, la aritmética, la astronomía, la geometría, la música -tocaores y bayaderas, cosa de esclavos, vaya- para la gente del común.

    Me he quejado alguna vez, y lo repito hoy, de que tal vez hay quien deambula por ciertas nubes de superioridad y sólo de cuando en vez, baja de su olimpo a mezclarse con la clase de tropa. No haría servidora de mala cabo primera, no.

    Créame que me siento feliz gregaria, corrientita, del montón, con un jefe de equipo como el que tenemos.

  4. 21/09/06
    Pepe Griyo
    18:07
    Pues le cuento, doña Epi saliéndome del tema: Mi profe de Ciencias del Instituto de Huelva, cuyo nombre no recuerdo ¿don Germán?, nos contaba que el fallo en el experimento que llevó a don Alejandro a la cumbre también le ocurrió a él. La diferencia está en que mi profe, como tantos otros, tiró la preparación y don Alejandro se puso a estudiarla porque VIÓ que no con el honguito sino con ALGO que segregaba se podrían curar muchas enfermedades.

    Naturalmente, si el genio hubiera tirado la preparación no habría tardado mucho en aparecer otro descubridor porque la penicilina, desde luego, estaba ahí.

    Disculpen la disgresión.

  5. 21/09/06
    Pepe Griyo
    18:07
    Pues le cuento, doña Epi saliéndome del tema: Mi profe de Ciencias del Instituto de Huelva, cuyo nombre no recuerdo ¿don Germán?, nos contaba que el fallo en el experimento que llevó a don Alejandro a la cumbre también le ocurrió a él. La diferencia está en que mi profe, como tantos otros, tiró la preparación y don Alejandro se puso a estudiarla porque VIÓ que no con el honguito sino con ALGO que segregaba se podrían curar muchas enfermedades.

    Naturalmente, si el genio hubiera tirado la preparación no habría tardado mucho en aparecer otro descubridor porque la penicilina, desde luego, estaba ahí.

    Disculpen la disgresión.

  6. Doña Epi,
    Su última declaraci♠n de ayer me ha llegado al corazón. No me lo esperaba. Pero espero, eso sí, que no se me suban sus cumplidos a la cabeza, porque luego voy y hago como el Einstein o el Sartre, y en vez de ser mujer de concordia y alegrarles la vida a los que quiero, incordio y se las amargo a conciencia.
    Me gustaría añadir que no sé si no busca usted cumplidos porque todos sabemos – y usted también – que sus comentarios son los más enjundiosos, y mejor escritos. Así que de medio burra, nanai!

    Reaccionando al articulo de nuestro amfitrión, pués sí, qué duda cabe, se puede ser un gran hombre y un grandísimo cabrón. He oído decir que Einstein, el genio, le debía mucho a su primera esposa. ¿Alguien sabe algo sobre esto?

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