En su piso madrileño de la calle Marqués de Cubas, don Francisco Ayala ha rehecho su territorio perdido. Nos recibe atento –amable en su estricta formalidad— en aquel salón alumbrado por sus amplias ventanas, nos muestra su espléndida biblioteca deteniéndose, como quien ofrece una lección práctica, ante sus autores preferidos. Viejas ediciones alemanas de Karl Mannheim, de Simmel, de Carl Schmitt, de Hans Freyer, de Constant, traducidas por él en el exilio, junto a sus versiones de Rilke –“traduttore tradittore”, admitía él con una sonrisa–, primeras ediciones de nuestros poetas del 27 y alabanzas a la poesía de Juan Ramón, de Miguel Hernández y de Romero Murube. Este hombre ha vivido un laborioso exilio tras una guerra civil que cerró las puertas a su brillante carrera de jurista y sociólogo, ha enseñado en Buenos Aires, en Puerto Rico, en Princeton, en Chicago o en Nueva York, ha escrito manuales imprescindibles, relatos y novelas, ensayos de ciencia social y política, acaso acuciado por cierta obsesión por la ambigua naturaleza del Poder, por el fantasma del conflicto y la guerra, sereno siempre sin embargo.

El viejo maestro está curado de espantos. ¿No admira a Cortázar a pesar de sus escarceos profranquistas, ni respeta a Carpentier, ese “patético” (sic) conservador, “como Azorín” –nos dice—, esperanzado ante la posibilidad de la mejora social, girando siempre en el tornillo sin fin del “eterno retorno”? Él se alineó con Azaña desde su “liberalismo básico” hasta comprobar su falta de energía, su incapacidad para evitar una guerra quizá evitable (me guardo la rotundidad con que me expresó ese convencimiento), pero ahora en su madurez anda convencido de que no les falta razón a quienes postulan el “fin de las ideologías” –hablamos en la época de Daniel Bell y de Fernández de la Mora–, porque “han dejado de funcionar en la práctica” y porque aquellas ideologías han quedado reducidas a “teorizaciones primarias que vienen a cubrir un vacío ideológico, un pragmatismo de la acción”: la dialéctica derecha-izquierda ha perdido sentido.

A Ayala le aguarda la recta final, los reconocimientos tardíos –la Real Academia, el Premio Cervantes, el Príncipe de Asturias…– que él vivirá sin reducir el ritmo, como si todavía “La cabeza del cordero” o “Muertes de perro”, “El fondo del vaso” o “El jardín de las delicias”, sus trabajos científicos y su pasión literaria le impusieran su alcabala. Un final feliz, ¡menos mal!, tras tanto tumbo vital, tanto esfuerzo y tanta desilusión. Cuando don Francisco murió contaba el siglo largo. Y era el mismo genio amable y azacán que fue toda su vida. Creo que su grave obra literaria está por descubrir de verdad a pesar de tanto homenaje tardío.

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