Incitado por las noticias del telediario me he ido derecho a las páginas de ‘The New England Journal of Medicine’ para leer de primera mano la curiosa historia de ‘Óscar’, el gato anunciador de la muerte, que nos cuenta en el último número David M. Dosa. ‘Óscar’ es un gato rollizo, berrendo en gris leonado, por decirlo en términos taurinos, que se pasea libremente por pasillos y salas de un hospital geriátrico de Providence, husmeando aquí y allá despreocupadamente, hasta dar con el enfermo terminal cuyo fin predice con fatal precisión acostándose piadoso en su cama hasta que el óbito se produce. Los sabios han hecho cábalas sobre el caso hasta deducir que es probable que ‘Óscar’ posea la capacidad de olfatear alguna ignota feromona emitida por el moribundo desconocida hasta ahora para la ciencia, pero la verdad es que la leyenda del gato –un animal que, curiosamente, no aparece nunca, que yo sepa, en los bestiarios medievales– se remonta hasta muy lejos en la historia del hombre. Se ha comentado a veces que el rechazo budista al gato procede del hecho de que sólo él y la serpiente permanecieron indiferentes ante la muerte de Buda, hecho que, por otro lado, no falta quien considere, sin salir de ese universo religioso, como una clamorosa demostración de sabiduría y superioridad moral ante un fenómeno natural, la muerte, que en modo alguno debe alterar el ánimo senequista. Tendríamos para largo sólo con censar el simbolismo del gato tal como aparece en la tradición india, en la cultura celta, en el culto que los egipcios le profesaron como asociado a la diosa Bast y a la propia Isis, o el que los griegos –no siempre razonantes como tendemos a creer– le adjudicaron en las liturgias consagradas a Diana, aunque cualquiera conoce el ambiguo simbolismo del gato negro en el que confluyen, las diversas tradiciones que asocian a nuestro ronroneante  animal a la idea de malfario que la intuición gitana asocia al inquietante “Machicá”. Nada raro hay en esta noticia de que este animal, asociado desde siempre a las tinieblas y a la muerte, ejerza su tal vez olvidada facultad en un hospital moderno. No hay maravilla contemporánea que no acabe por remitirnos, de una u otra manera, al pasado más remoto.
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No he dudado ni un instante, leyendo la crónica de Dosa, de que bajo la noticia de la habilidad del gato ‘Óscar’ subyace  inconsciente el viejo símbolo atribuido a ese “felix cato” al que Aristóteles elude con cautela pero del que Eliano cuenta cosas bien divertidas. Malamente se separa del sujeto un fardo cargado sobre él por siglos de intuiciones y que, en el caso del gato nunca dejó de ser inquietante asociado a las fuerzas del mal. O lo contrario. En Cádiz fue famosa hace unos años la hazaña moral de un perro que se instaló de por vida a las puertas del hospital al que llegó siguiendo a su amo, gesto que la leyenda necrófila advirtió tan pronto como atestigua la escultura funeraria en la que –ahí está en Delf  la tumba de Guillermo el Taciturno– el fiel amigo acompaña al amo en la travesía de la muerte. Los gatos, no, o no tanto, por más que Antonio Burgos haya roto por ellos una lanza tan recia, y aunque hayan debido pagar en su entrepata la gabela de su nada darwiniana adaptación al medio urbano. Veo a ‘Óscar’ devolverme impávido la mirada desde su retrato, “opening a single eye to survey his kindom”, me lo imagino silencioso vagar por los pasillos anunciando con su cascabel la doméstica tragedia que a todos aguarda, y me parece estar viendo la jindama del encamado que lo ve pasar ante su lecho como quien ve discurrir ante sí la viva imagen de la fatalidad. Veremos si se confirma lo de la feromona dichosa, otra vuelta de tuerca de la máquina materialista, o acabamos rehabilitando para ese amigo doméstico las viejas leyendas que lo incluían en la compaña olímpica. Aristóteles sabía lo que estaba haciendo cuando pasó por él como quien pasa sobre ascuas.

12 Comentarios

  1. Vaya temita, jefe, pone los pelos de punta, el jodío gato. Conociéndole a usted (un poco siquiera) no tengo dudas de que lo ha movido más la jindama que otra cosa, no sé si me equivoco. Interesante, de todos modos, curioso y, cómo no, culto hasta dejarlo de sobra (en le buen sentido).

  2. ¿Recuerdan? El día de la aspirinita y los Omega, quise aclarar que la certeza en medicina es el horizonte: por mucho que camines siempre está algo más allá. No es una ciencia exacta, ni mucho menos. Mi maestro, al que ya conocí viejo y por ello sabía más que por sabio, la definía como ‘la ciencia y el arte’. Más bien diría que es un movimiento continuo, aunque uno de sus móviles sea tan espurio como ir a por la pela y que se mueran los feos.

    ¿Feromonas agónicas? No estoy tan seguro de que lo sean. O puede que sí. Óscar lo que no es un mago, ni un diosecillo. Como los zahoríes, tiene una cualidad y la desarrolla como lo más natural. Tal vez sería notable experiencia que en un puñado de geriátricos se introdujera un gato, culto y bien cuidado como Remo. Mis saludos, Maese, si se asoma por aquí.

    Lo cierto es que en el catecismo nos inculcaron aquello de los cinco sentidos y para mí, ignorante pero consciente de ello, que son algunos más. ¿Qué me dicen del sentido del equilibrio, alojado en el peñasco temporal, puentecillos por los que la audición pasea? Nos señala constantemente el geotropismo, gracias a lo cual ningún buceador cuando busca la superficie, bracea o conduce su motorcillo hacia abajo.

    Por no hablar del sentido común, que se adquiere tarde, poco y mal. Algunos, ni eso.

  3. Mis respetos al columnista y al exegeta, ambos, hoy, magníficos. ¿El gato sabio/mago/portento/milagro? Creo que sólo un gato, en efecto, dotado de alguna facultad infrecuente. La Madre Naturaleza, don ja, es sabia en su misteriosa realidad, a suvez simple rfelejo del “mysterium fascinans” que usted suele recordarnos. El Hombre, sabio, dueño, rey, etcétera, comprueba con frecuencia su inferioridad animal.

  4. Hoy con las feremonas se resuelve todo, incluso lo que no tiene solución científicamente explicable, como el caso de Oscar, y a uno le parece que este tipo de “raiconalizaciones” es puro truco de urgencia del racionalizador. Igual Oscar intuye por la vista y no por el olfato, como algunas personas que averiguan con antelación la muerte o la suerte. La imagen, no discutiré eso, es escalofriante. No sé si sentir atracción o repulsa ante ese gato agorero.

  5. Mucho más grato el perro gaditano, diga que sí, Doctor Pangloss. Ese felino taimado, indiferente, quién sabe si necrófilo, me espanta. Confieso que cuando lo vi en la tele sentí algo muy desagradable. Ranro que apagué el recpetor. Eso que le debo a Óscar.

  6. Bonita historia, aunque triste imagen, una experiencia aterradora. Me imagino el pavor de los ancianos viendo al gato discurrir perezoso por entre las camas.
    Me ha gustado, como siempre, el enfoque culto, la referencia que sirve siempre para ponernos en la pista (a los posibles interesados o curiosos) de fuentes clásicas. Me encanta ese insistencia de gm en que pocas cosas, quizás ninguna, hay nueva bajo el sol.

  7. Recuerdo que en el hospital universitario donde estudié corrían leyendas sobre gatos profetas como Óscar. Pero también que, paralelamente, corrían consejas sobre fantasmas en forma de monja anciana con palmatoria que recorría los pasillos para asistir a los moribundos. Donde la muerte anda cerca prolifera la imaginación. No tienen más que oír cualquiera de esos programillas dedicados a los “sobrenatural” (la vida tras la muerte, el asunto del túnel y la luz blanca, etc.) para comprender que cuanto con la muerte se relaciona tiene fácil salida en un mercado dominado por la vida.

  8. Mi gato está capao, come virutas de esas de plástico que venden, y no da palo al agua, y le importa poco el resto de la familia pero yo voy a cerrar mi habitación por las noches jefe, no me vaya a despertar y me lo encuentre mirándome, el muy cabrón

  9. Espléndida, estoy con doña Clara en lo del enfoque culto, y una vez más reitero mi agradecimiento a tantas indicaciones que me han permitido, an cada caso, enterarme de casos y cosas recurriendo a la antigüedad. Lo que no sé es de dónde saca o dónde le cabe tanto saber, amigo ja, aunque imagino que son los años, más que nada, los que te vuelven sabio.

  10. Poco entusiasmo a pesar de la preciosa columna. Me temo, señor jagm, que al personal no le va el tema. Hay miedos que matan.

  11. Pero qué gente más impresionable! A mi me ha encantado la historia, y me ha hecho gracia. Tengo dos gatos que no pisan los cuartos, no porque pudieran anunciar mi muerte sino por las pulgas que me podrian pegar de viva.
    Cuando vivía mi madre, otro gato que tenía se colocaba siempre sobre la pierna que le temblaba y poco a poca disminuía su temblor.
    Si tuviera un gato anunciador de muerte puede ser bastante util para timar los seguros, tirarte una vida padre, pero poner los papeles en orden justo en el ultimo momento. Vaya, que no lo veo tan horrible como parece verlo la gente.

  12. 01:59
    Simpático tema que da mucho que pensar. Ya quisiera yo tener un gato sabio como doña Sicard…

    Don Pangloss parece que se acerca a la explicación. Konrad Lorenz cuenta varios casos de sabiduría de animales a los que se les encontraron explicaciones sencillas, casi siempre de un entendimiento y comprensión de los humanos que nadie hubiera esperado.

    En el caso de Oscar bien pudiera ser una mezcla de la clásica profecía autocumplida (“y me parece estar viendo la jindama del encamado”) y de una percepción de la actitud de los cuidadores ante un moribundo y la recompensa algunas caricias extras por la mayor frecuencia de las atenciones de los enfermeros.

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