El traslado de la antorcha olímpica desde Olimpia hasta Pekín está resultando más complicado de lo previsto. La imagen de un cordón de policías-patinadores protegiendo al atleta portador ya es suficientemente ilustrativa, pero las movilizaciones cívicas han forzado decisiones más graves, como la duda planteada ya en USA sobre la posible ausencia del Presidente en la ceremonia inaugural o la condición impuesta por Sarkozy al país anfitrión. Tampoco es moco de pavo la escena de la fuerte escolta del antorchista apagando el fuego y trasladando a la comitiva en autobús hasta la meta siguiente, algo que se le ha antojado sacrílego a más de un observador purista entre tantos como ignoran que ese ritual fue un invento desarrollado por la propaganda nazi para la Olimpiada de Berlín. ¡El fuego de Hera viajando en autobús siendo él el símbolo de la “tregua sagrada” entre los pueblos y entre las gentes! Francamente, a uno le parece que el conflicto del Tibet, con ser intolerable con o sin Olimpiadas, resulta débil como excusa a la hora de exigir respeto a los derechos humanos a un país como China que no se corta un pelo al emitir por televisión sus ejecuciones públicas colectivas ni en divulgar la norma de que la familia del desnucado pague la bala del suplicio. Lo de menos es que ese conflicto haya sido manipulado con deliberación, como parece evidente, puesto que a la hora de considerar si China reúne las condiciones establecidas (no sé dónde, por cierto) por el llamado mundo libre, maldita la falta que hacía añadir un motivo más entre tantos como ese país gigante no se preocupa siquiera de disimular. No tiene sentido rasgarse las vestiduras por la represión en Tibet conociendo la realidad brutal que nos llega intrascendente y con frecuencia en el telediario. No cabe duda, en consecuencia, que este choque de civilizaciones, como diría Huntington, tiene mucho de artificial, con independencia de su sobrada justificación.

 

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 La situación actual del Tibet es un pretexto. Lo prueba que nadie se había preocupado de ella (como nadie se preocupa estos días de lo que puede hacer Mugabe en Zimbawe ni se ocupó antes de tantos conflictos africanos), al margen de la injusticia que supone la ocupación. Y en cuanto a China, es evidente que la Olimpiada significa para sus dirigentes un atajo hacia la integración simbólica en la cultura occidental, un signo de normalización, de homogeneización, tan necesario para equilibrar su ya invasora presencia económica. Se ha dicho que el ‘milagro’ chino es el fenómeno de crecimiento económico más notable de todos los tiempos y, probablemente, no se han quedado cortos. Y China necesita incorporarse a ese Occidente –con el que tuvo históricamente relaciones tan ásperas– especialmente en el nivel simbólico, que es en el que se funden las gentes de modo más eficaz. Por eso los chinos compran hoy camisetas del Barça o del Madrid, son masivos consumidores de chupachús, gastan zapatillas americanas y chatean en Internet, a pesar de la censura, con una presencia apabullante. Participar en la Olimpiada es un gesto mayor, una estrategia decisiva para demoler de un golpe popular la vieja muralla psíquica cuyas causas explicaron hace mucho Needham o Granet. ¿Abrirán esos Juegos la rancia mentalidad, serán capaces de dulcificar un sistema tradicionalmente ajeno al objetivo occidental del respeto de los derechos de cada hombre? Bueno, a saber: a Hitler le resbaló el acontecimiento aunque no se puede decir que no le sirviera de activa propaganda. Y aparte de todo, a ver qué país de este exigente ‘mundo libre’ está en condiciones –salvadas las distancias– de tirar la primera piedra. Están muy cerca las tragedias de Irak y la de Costa de Marfil o la de Chad, para que USA o Francia puedan alzar la voz. Pero ¿sería mejor cerrarse en banda ante la oferta china? Eso debe responderlo cada cual en su conciencia antes de lanzarse contra la antorcha.

6 Comentarios

  1. Gracias, Sr. Abate, por ilustrarnos. Me pregunto si el movimiento desatado en esta ocasión hubiese sido el mismo si el budismo no se hubiese extendido en gran manera por nuestro planeta, sobre todo entre las clases medias-altas, y se hubiese convertido en un formidable elemento de presión, pese a que los refugiados tibetanos no son tan numerosos como para justificarlo. El hecho de que el Dalai Lama sea considerado como representante mortal de esa forma religiosa -peculiar para los occidentales- como es el budismo da la sensación que está sirviendo para propagar una serie de ideas políticas interesadas.
    Los que tenemos el gusto por la Historia sabemos bien que ésta nunca fue demasiado bien vista por el poder, ya desde su nacimiento como señaló A. Momigliano, salvo cuando momentáneamente le interesaba. Conocidos son los problemas que tuvo N. Chomsky, judío él, cuando intervino en defensa de la libertad de opinar, en 1979, del francés Robert Faurisson, negacionista del Holocausto. Si las víctimas hubiesen sido sólo los gitanos, pongamos por caso, estoy seguro que se podría opinar sobre este tema sin estar expuesto a la posibilidad de ser sujeto a anatema. Pero así han sido siempre las cosas, que yo sepa.

  2. Pone justo el dedo en la llaga este hombre –no mal cirujano hubiera sido, si hubiera elegido tal oficio- cuando nos informa de los antecedentes de la propaganda nazi que cita. Servidora no tenía ni idea de la anécdota, así de claro, pero la verdad, en mi descargo, es que estos circos donde lo que cuenta es la pasta flora y el escaparatismo televisivo, me traen mayormente al pairo.

    China es lo que es –ahí están las novelas de Qiu Xiaolong, servidora no lee casi nada más que narrativa, atravesando o saltándose la Gran Muralla, contándonos las interioridades de las tríadas o la corrupción de los nuevos ricos- y, consciente de su poderío, no se esfuerza en andar disimulando, como igualmente declara el Jefe. Nos guste o no, forma parte del G8 ó 9 ó 12 y se codea, a todos los efectos con Canadá, Italia o USA. Que quiere darse un arreglito de chapa y pintura, pues claro que sí. Que los de azafrán se aprovechan de que los cinco aros del Pisuerga pasan por su trascorral, normal.

    Poca gente más experta en simbologías y mitologías que este Anfitrión que nos ofrece generoso una página de su libreta para que dejemos aquí nuestros garabatos. También lo deja bien clarito: esto de acoger en sus estadios la monserga tramposa y supercalifragilística de los saltos, los 100 metros, el voley o el piragüismo, no es sino un atajo para que occidente le vaya admitiendo el tuteo.

    Lo de enganchar el apagavelas a la antorcha, las malas caras de Sarko o la posible ausencia del Arbusto de la Casa Blanca, no son más que posturitas para quedar bien ante las propias audiencias. ¿Derechos Humanos, dice usted, amigo? Ande, ande, eso fue un pegote para calmar la mala conciencia de los que en el siglo pasado le prendieron fuego al planeta. Ya es agua pasada. ¿O no?

  3. Para facilitar la lectura del artículo sobre el Tibet, he subido la columna del historial del blog.
    Pueden volver a leerlo sino lo han hecho aún.

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