La forma extrema del federalismo, justo la que acabó con su posibilidad real, ha sido en España el cantón. La del separatismo parece que también. Lo ocurrido en Arenys de Munt el pasado domingo no es, digan lo que digan nuestros comentaristas, un referédum sino todo lo más una “consulta popular” de esas que una ley específica autoriza celebrar en los pueblos cuando se trate de materias “de interés municipal” excepción hecha de las de índole fiscal. Y la independencia puede ser lo que los independentistas quieran pero no un asunto de interés municipal, por más que pueda acabar convertida en un motivo de pasiones lugareñas. Es muy grave que las dos ocasiones de que ha dispuesto nuestra historia contemporánea para abrir nuestra sociedad a un régimen de libertades hayan sido liquidadas bajo el peso asfixiante de un espíritu cantonal que se ahorcaba con su propia soga dialéctica al propiciar una perspectiva infinita de separaciones en cadena. Hoy, además, el proyecto de independencia no se basa en el espíritu solidario de la ‘Federación’ sino en el discriminatorio que implica la idea de ‘confederación’ de las regiones –y por lo que se ve, llegado el caso, hasta de los pueblos y aldeas—de vivir escindidos de la unidad que los tiempos fueron fraguando, con las inevitables y lógicas tensiones, entre las entidades geográficas y populares, hasta constituir un conjunto histórico estable. Esto de las consultas tiene sus problemas, como se descubrió en Andalucía cuando uno de sus pueblos celebró uno de esos “referenda” de la ‘Señorita Pepis” en torno al dilema “Humanismo o Capitalismo”. La sociología política ha sido siempre consciente, desde Tocqueville a Habermas, de que el papel de la “sociedad civil”, tan decisivo para la vitalidad democrática, tiene su linde clara allí donde comienza la acción de las instituciones sobre las que debe presionar pero a las que nunca puede pretender sustituir. Lo de Arenys de Munt revela una cofunsión pueblerina sumada a la inconcebible debilidad de un Estado cuyo Gobierno no es capaz de garantizar el respeto a su propia normativa. Todos han olvidado que la soberanía reside en el Pueblo, con mayúscula totalizante, pero no en la aldea ni en la región.

Aparte de lo cual, no se dejen engatusar por esos espejismos que de lo que tratan es de distraer al pueblo soberano de sus verdaderos problemas. Así se lo han dicho a gritos a los “nacionalistas institucionales”, en plena Diana, los parados que conceden más entidad política a la solución de la crisis que a estos juegos fantasmagóricos conservados desde el XIX en el formol de los agravios paisanos. Este Gobierno trata a la Constitución como papel mojado cuando es cuestión de convivir con sus socios imprescindibles. Y hay que decirle a ese Gobierno acollonado que, pase que unas tribus pretendan mear las lindes de su territorio, pero que a él, como responsable último de la sociedad organizada constitucionalmente no le está en absoluto permitida esa veleidad.

10 Comentarios

  1. Muy oportuna reflexión, hecha desde la objetividad y el sentido común. Lo de Arenys es una barbaridad –¡lo dice hasta el amigo Pepiño– y, como explicó con bruillantez ayer en Onda Cero el propio jagm no es en modo alguno un referédum. Lo peligroso es permitir este juego ante el que el Gobierno, salvo la tardía reacción mencionada, ha hecho como que no se enteraba. Es un desastre como se está llevando la política territorial y el consguiente descrédito producido en la Constitución. ¿Qué creen que pasaría si se opusiera a esa consultita pueblerina un referéndum con todas las de la ley en España entera?

  2. De verdad que no entiendo bien la psicología de este grupo de amigos, ni cómo los mdías en hay temas comentados en la columna con más enjundia se hace el vacío. ¿No decía el padre Cura que era el calor el que nos disgregaba? Bueno, pues ahí está ese grito contra el ridículo que hahecho el Gobierno tanto o más que el cantón. Con su silencio, con su medrosidad. Tene,mos el Gobierno más lorquiano de la Histroia: duro con las espigas, blando con las espuelas. (Permítaseme la paráfrasis).

  3. Hoy se podría haber lucido el Abate, aunque comprendo que no tenga ganas de pasar por aquí tras el desafortunado comentario que Merencio hizo ayer mismo. El referéndum de pacotilla no es para tomarlo a broma, en todo caso, sobre todo por parte de los catalanes que no desean autocentrifugarse del conjunto histórico en el que han vivido durante siglos, sólo porque unos cuantos vividores se hayan empeñado en ello. Pocas cosas he celebrado con tanto deleite como la bronca que los parados le organizaron a los nacionalistas en el acto de la Diada.

  4. Siento la interru`pción. Quería decir que tal como yo mismo, hay más de media Catalunya o Cataluña. Estos naiconalistas son unos vividores, que saben que es más fácil (y suficiente!!!) llegar a cabeza de ratón que a cola de león.

  5. Sí señor, alto y claro. El Gobierno aprieta sin contemplaciones a “los de abajo” (don ja suele emplear esa expresión), pero tiembla ante los que le plantan cara. Quizá lo de Arenas del Monte sea un ejemplo a seguir en la nación entera, o sea. en España. Pero ¿cómo queda la Constitución tras este ataque a cara descubierta?

  6. La Historia sabe mucho de fantasmadas ridículas que acabaron convertidas en grandes y, en ocasiones, irreparables conflictos. ¿Se puede romper una nación así como así? ¿Es lógico que el Gobierno permanezca mano sobre mano mientras en un pueblo se celebra a bnombo y platillo un desafío a la Constitución que supone ni más ni menos que el fin de la nación constitucional como tal? Es así como hemos de ver la “bufonada” de Arenys de Munt, y así como hemos de ver al Gobierno.

  7. Si se le ocurre a un bretón o a un vasco-francés organizar algo parecido le cae encima lo que no está en los escritos. El problema es que esto cada momento es menos Francia, menos Alemania, menos Inglaterra, ¡menos Europa! en una palabra, y más…, bueno, porngan ustedes lo que quieran. Confieso que me dabato entre el pitorreo por ese espectáculo cómico-musical y la lógica indignación de un ciudadano que a un pueblecito enfrentarse con la nación entera y romper la baraja sin que le riñan por lo menos.

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