Tengo entendido que el ministro de Industria y fracasado candidato a la alcaldía de Madrid, Miguel Sebastián, ha incluido entre las medidas para ahorrar energía la reducción del gasto eléctrico en el propio Ministerio, medida ingrata para los funcionarios en pleno verano, que se trata de compensar, según parece, autorizando al personal masculino a prescindir de la corbata en el marco de cierta “informalidad en el atuendo” desde ahora permitida. En la Asamblea Nacional francesa, por su parte, el diputado ‘verde’ François de Rugy presentó ayer martes una proposición dirigida a modificar el reglamento de los diputados a los que propone exonerar de su actual obligación de asistir encorbatados a las sesiones, algo que ya ocurre, al parecer, tanto en Japón como en algunas instituciones del Pas-de-Calais. ¿Por qué, además, habrían de soportar los hombres esa prenda abrasadora mientras a las hembras se les permite se les permite sin reservas modas cada día más desinhibidas y exhibitorias? Mucho me temo que el asunto derive, como de costumbre, hacia esa simbología fácil y pseudofreudiana que ha hecho correr océanos de tinta sobre la índole fálica de esa prenda inocente que los mílites croatas introdujeron en Francia al filo del primer tercio del XVII para acabar triunfando en todo el mundo civilizado (o así denominado), incluyendo ámbitos hasta antier por la mañana ajenos a la indumentaria occidental. A mí me sorprendió mucho que la elegante historia del vestido de Maguellone Toussaint-Samat eludiera ese tema a la hora de historiar los “complementos” con tanto detalle que no se escaparon ni las tachuelas de remache de los ‘jeans’, sobre todo contando como contamos con la impresionante obra sobre esa prenda que escribió Françoise Chaille, pero supuse que la brillante autora debió sentirse incómoda ante la banalidad degradada de esa simbología que los catetos extreman en la ceremonia lugareña del corte de la corbata del novio. Al freudismo, como a todo, le afecta la erosión.

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Aunque no descarto que la idea del ministro Sebastián tenga su cuota de retranca y alguna conexión subliminal con los designios sexistas de la ministra Bibiana, seguramente alineada con la rancia teoría fálica que, por sí sola, justificaría la abolición de esa prenda, en otros tiempos rechazada desde la izquierda no por esa especie de pruritos sino por puras razones de clase. Cierto que la corbata se ha impuesto no poco en los últimos tiempos entre las hembras ejecutivas, tan aficionadas a vestir –como en su época hiciera ya provocativamente Georges Sand—“a lo garçon”, en un ejercicio de mimesis que, a mí al menos, me resulta de lo más confuso en la medida en que sugiere que no se trata de cambiar un orden de cosas sino, simplemente, de apropiarse de él. Pero no lo es menos que esa prenda sigue siendo, a pesar de los pesares, un elocuente “indicador de posición” hasta el extremo de haber sido estigmatizada desde todos los radicalismos. Nuestros políticos creen más “fashion” acudir al mitin con la camisa desabrochada, lo que revela una pobrísima estimativa no sólo estética sino social, en razón de que introducen con ese gesto el mensaje de que la política verdadera, la próxima al ciudadano, la auténtica, por decirlo así, es la perpetrada teatralmente sobre el tablado de la antigua farsa, antes de volver a encasquetarse la etiqueta para volver al despacho. En cuanto a nuestros funcionarios, ya veremos en qué acaba ese “informalismo” en el vestir, pero no es descabellado aventurar que puede que redunde en un cierto menoscabo de su imagen a la vista del administrado. Nos hace falta un Larra desenfadado que se de un garbeo por Industria y nos haga su crónica. Pero no me digan que no tiene ángel eso de mandar quitarse a los demás la corbata en lugar de apretarse ellos el cinturón.

4 Comentarios

  1. Ya sé que la concurrencia me tilda de conservadurilla así que estoy en mi papel: creo que hay que ir vestido correctamente, sea cual sea su posición social, por respeto a los demás. Me choca cuando veo a jóvenes colegas vestidas “ligeramente”, con blusas transparentes escotadísimas , o faldas cortísimas. Por lo demás, originalidad en la vestimenta no me choca, al revés, me gusta.Tengo una colega que es bailarina, que tiene una figura admirable y que ha vivido en Oriente. Suele vestir con ropa exótica, asiática, o india, o hasta africana, y me encanta verla: es un placer para los ojos.
    También me choca que los oficiales aparezcan en la tele sin corbata: deberían dar ejemplo de corrección y aseo.
    Me explicaba mi padre que en los años 50 exigían corbata para entrar en muchos sitios porque así también tenían que llevar camisa. La camisa era todo un signo y no por nada las hubo azules o neras o pardas. La camisa era un lujo, un atuendo de señoritos y tenía que ser blanca o por lo menos clara, porque tenían que cambiarse cada día. Las de color oscuro fueron un intento de democratización y por eso luego vinieron los “descamisados”.
    En esos tiempos las camisas costaban comparativamente mucho más que hoy, y se las hacía durar porque se cambiaba cuellos y puños, que era lo que más se usaba.
    Enfín, como de costumbre: excelente reflexión la de don José Antonio. Y no me digan que no les ha gustado la última frase, que a mí me ha encantado.
    Besos a todos.

  2. Si interesante la columna, no menos preciosa la apostilla. Doble. Primero un ole taurino, al que tal vez le sobre su acento agudo, y luego esa disquisición sobre las camisas y los atuendos de ambos sexos. Chapeaux.

    Una servidora, que ha asistido a tres bodas en unos veinte años, solo en una presenció la catetada del corte de la cravate. Pasé olímpicamente de la pretendida subasta o similar y no me recaté en decirle a mi sobrina que si hacía lo propio con su liga le retiraba el saludo.

    Lo que sí está claro es que los edificios ‘inteligentes’ (?) no tienen por qué programarse para ir de corbata y americana. Con el superávit de frío en unos grandes almacenes que yo me sé, durante estos dos meses de rebajas, se realizaría un ahorro energético superior a muchas otras pamplinas que nos cuentan como si fueran nanas para adormilarnos.

    He dejado de reciclar todo, envases, papel, etecé desde que se derrochan diariamente cientos de toneladas de papel en periódicos gratuitos. ¿Qué, que no se gasta energía y otras muchas cosas? ¿Y en esos millares de folletos de los híper y súper en papel couché para recordarnos que existen? ¿O es que pretenden que soplemos y sorbamos a un mismo tiempo? Sociedad de consumo, vale, pero lo que más irrita a una tonta como yo, es que la tomen por tonta.

  3. ¿Qué le pasa a la gente hoy? Yo que quería brindar con todos y con champán genuino – aunque cibernético – porque es mi primer afternoon de vacaciones, de asueto, de vagancia, de libertad! Doña Perejila, ya que vos sois la única en acercaros por aquestos lugares, mil perdones os pido por el ole mal acentuado, y besoos las manos y hasta los pies, si a senhora quiser.
    Besos a todos.

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