Ayer apenas había rastro en la prensa española de la muerte del ex–presidente argentino Raúl Alfonsín –“Sic transit gloria mundi!”–, el hombre que despertó un vendaval de admiración progresista en todas partes allá a comienzo de los años 80, y con cuyo “radicalismo” de partido creyeron adecuado identificarse los diversos progresismos del momento. Yo estuve en Buenos Aires justo entre la salida de Alfonsín y la llegada de Menem, en aquel momento terrible de desfondamiento de una nación en que la inflación había llegado a crecer un 200 por ciento mensual y los pobres se multiplicaban por día y a la vista de todos, un país rehén de su moneda depauperada en el que el turista reinaba intratable en un mercado que era más bien una almoneda. Alfonsín debió irse antes de tiempo empujado por el neoperonismo y dejó una mala herencia que sus sucesores se encargaron de empeorar con una disparatada carrera de nacionalizaciones amañadas y medidas que obligaban al consumidor a esperar, por ejemplo, el fin de la carrera del taxi o el postre de la comida para adaptar el precio a la evolución horaria del dólar. Pero la conclusión que saqué de todo aquello fue que el desastre económico –la famosa “hiperinflación” que ataba de pies y manos al país—no era ajeno a la catástrofe ética y moral provocada por aquella esperanza blanca que fue el radicalismo más rapaz de que haya memoria. En aquel país en cuadro, en el que incluso en la gran urbe, se apagaba la luz por barrios para economizar, todo estaba en venta: personalmente he visto venderle a un periodista español, por mil dólares cabales, las grabaciones oficiales del juicio de los militares de la dictadura. Raúl Alfonsín defraudó a todos al permitir la institucionalización de las corrupciones hasta niveles casi desconocidos incluso en Argentina. El signo político no es garantía de nada, está visto.

 

Pero llama la atención este silencio, este olvido del hombre sin duda bienintencionado que llegó a procesar a los “milicos” devolviendo a su patria siquiera la ilusión de un gobierno normalizado y libre, al fin, de la inacabable perspectiva del golpe de Estado. Quizá su larga influencia en la política más allá de su mandato se explique por ese resto de respeto que logró conservar a pesar de la debacle ética que no fue capaz de impedir, cuando en la Argentina “se vendía todo lo público a precio de saldo” y “todo lo privado a precio de empeño”. Pocos han recordado a Alfonsín fuera de Argentina en el momento de su muerte. Quizá funciona todavía el resquemor ante el fiasco vivido por tanta gente como quiso mirarse en él como en un espejo antes de que trituraran su proyecto aquella cuadrilla de logreros.

19 Comentarios

  1. A muchos argentinos nos hubiera gustado que su recuerdo de Alfonsín distinguiera entre lo que él quiso y lo que hicieron algunos o muchos de los suyos. De todas maneras, siemrpe se le afradece su interés y buen criterio sobre los problemas de nuestro país.

  2. Finalmente, ¿qué decir del hombre? ¿Qué balance final sacar de su paso a la cabeza de Argentina? ¿Qué es más importante: permitir que se haga justicia de crímenes pasados o administrar correctamente y defender el bienestar de su pueblo? Para mí, si tengo que elegir, no dudo ni un segundo.
    Besos a todos.

  3. Es verdad que llama la atewnción el silencio de un hombre que en su día despertó tantas ilusiones en medio mundo. Pero no es nuevo que la corrupción lo desbordó y no fue capaz, tal vez, de controlar a sus buitres. Tampoco se olcide la presión que ejerció sobre el neoperonismo, porque ese es un dato clave en aquel país.

  4. Otro más. No se les recueda tras su muerte (o cese) por la sencilla razón de que no son más que su propia propaganda. El Poder es relumbrante pero vacío.

  5. Fue probablemente un buen hombre, traricionado como tantos por su circunstancias. Hizo, además, no poco y no se olvide la presión a que lo sometieron los “cara pintadas” y quienes estuvieran tras ellos. Pero es verdad –se ha hablado mucho de ello– que la golfería fue rampante bajo su mandato. Descanse en paz.

  6. Quien está de parte del peronismo y de los militares sonn quienes dicven esas patrañas de hombres como Alfonsín. No deja de sroprenderme la columna de hoy.

  7. Sólo conozco el tema de referencia, pero entiendo que loa asuntos argentinos de aquella época deben ser tratados –como lo hace jagm– con un conocimiento directo y, además, con un criterio generoso porque las circunstancias no eran lo que se dice favorables. Alfonsín tuvo buena prensa y fue la esperanza blanca de la izquierda europea, es cierto pero no cabe duda de que lo que comenta la columna y han subrayado algunos blogueros debió influir lo suyo. No basta con ser bueno, en política hay que tener encima los pantalones muy bien puestos y, si llega el caso, la estaca dispuesta en la mano.

  8. La memoria de los pueblos es frágil, mucho más de lo que cupone la vanidad por lo general. Si hoy hiciéramos un sondeo comprobaríamos que la gran mayoría de los que han ocupado puestos públicos y han dejado de ocuparlos han desaparecido de la memoria colectiva a una velocidad llamativa. Que pase desapercibida la muerte de un personaje como Alfonsín, no obstante, demuestra que esa desmemoria es, además, indolencia.

  9. No sé que puede hacer Rajoy para evitar que se produzca un caso Correa, ni qué puede hacer ZP para hace lo propio con sus casos varios. Sí sé lo que deben hacer los implicados, sobre todo si son inocentes, fíjense, que no es otra cosa que salirse del círculo de tiza de la política mientras dure su caso. No sé si Alfonsín no pudo con los suyos, peor lo supongo si me retrotraigo a aquellas circunstancias. Lo curioso y lo tremendo es que la corrupción se haya convertido ya en un fenómeno universal que estos modernos calificarían de “transversal” porque lo mismo se produce en dictaduras que en democracias.

  10. Tampoco en la prensa norteamericana el suceso se recoge visible. Apenas una sombra, en un recuadrito. No somos nadie, aunque unos menos todavía que otros. Si quieren mi opinión, entre Alfonsín y los guripatos/as que lo han sucedido media un abismo, excpeción hecha quizá del Dr. De la Rúa. Mi querido ja se entristece con estos olvidos y se eoncocora con el uso injusto y mediatizado de la memoria. Es de los que luchan porque el mundo, si es posible, no se acomode a su naturaleza. el sabe desde hace muchos años que no le arriendo la ganancia.

  11. Otro desencanto “radical”, jefe, no hay más cera que la que arde. En cuanto al olvido, ninguna novedad, me parece a mí. Pregunte usted por ahí y verá lo poco que se recuerda a los políticos. Es una experiencia que me divierte mucho hacer y que vengo haciendo desde hace bastante tiempo. Claro que por eso quizá ellos se ocupan de forrarse debidamente para la travesía del desierto definitivo. ¿Podrá ser ésta una explicación suficiente?

  12. Si desaparecen de la memoria es porque en el fondo no hay demasiada verdad en lo que proponen; me refiero a la figura del político en general y no a la del Dr. Alfonsín en particular, que quizá hizo lo que pudo y no todo lo que quiso. Descanse en paz.

  13. Tiene en su debe el saldo negro que significó la ley de Obediencia Debida y Punto Final. No soy capaz de compartir la grandeza de espíritu de mi don Καλευψε, porque ‘no es pintar como querer’.

    Firmó demaisadas cosas con su sucesor Méndez y no se le conoce -teniendo en cuenta mi enciclopédica ignorancia- una reacción adecuada al indulto o lo que fuera, cuando a la Pantera Rosa y sus adláteres el Turco los echó a la calle. No la pió. O no en voz lo suficientemente alta. Demasiado pronto se vio que era un tipo blando y demasiado acojonable. Ni comparación el ‘Nuremberg argentino’ con el Juicio del 23F. Tampoco entre RA y el ilustre fenecido Calvo, probablemente el presidente de mayor calidad humana y política desde que murió su Excelencia.

  14. Mucha meditación hoy sobre la caducidad de las famas y demás vanidades de la vida pública, también sobre las limitadas capacidades de los políticos para impedir que los suyos roben a manos llenas. Me cuesta creer, de todas formas, que un jefe de Gobierno o un presidente nop se entere de lo que hacen en el despacho de al lado. ¿Se acuerdan cuando decían que Franco no se entraba de las maldades sólo atribuibles a su gente?

  15. Lo dijo (y tuvo que presentar excusas) el Presidente de Uruguay: 2Los pollíticos argentinos son una manga e ladrones”. No añado nada.

  16. De acuerdo mi docta Dª Epi, pero creo que sin verdadera “potestas” la “pax et securitas comunis” merecían mi condescendiente “quizá”.

  17. Hace poquísimo se hablaba aquí de reazas y racismos. Genética al fin. Piensen en quienes hemos dejado siminete en la pampa: españoles, italianos y nazis desde la segunda mitad del siglo pasado. Vaya pedigrí.

    Vivo, a veces, en una ciudad multimultirracial. Todos los idiomas del mundo, todas las razas y colores. Pues bien, a nadie le cuesta más alquilar una vivienda y no digamos un negocio, que a alguien que tenga pasaporte argentino. Tienen -¿merecida? yo creo que sí- fama de marrulleros, malos pagadores, mentirosos… Habrá quien se salve, pero esa fama se la han ganado a pulso, no les ha llovido. Y eso que se respira un claro ambiente antimarroquí y también han hecho mérito. Sé de qué les hablo.

    Una frase que no sé como se dice en lunfardo: Argentina aún existe como país porque sus gobernantes no pueden robar durante los ratos que duermen.

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