La otra noche un numeroso grupo de personas formaron en el Retiro madrileño, ante una caseta de la Feria del Libro, una larga cola. Eran las tres de la mañana y la espera habría de ser larga pero el fin justificaba el denodado esfuerzo puesto que se trataba nada menos que de conseguir un autógrafo de Ken Follet (millón y medio de ejemplares de su último tocho vendidos en España en seis meses), es decir, de uno de esos actos casi sacramentales propios de esos entusiastas lectores que hacen posible el curioso fenómeno que en USA los sociólogos llaman “mass cult”. La parusía de Follet se retrasó, sin embargo, hasta media mañana, y cuando llegó dispuesto a arrebatarle a Gala su récord anual, se limitó a estampar su firma en los libros de sus devotos, su firma sin más, un puro garabato legible y acaso una sonrisa insinuada al devolvérselo como quien devuelve el icono ya bendito o pasado por el santo. ¿Cabe concebir un acto de fetichismo más puro? Pues no sabría qué contestarle (hay gente ‘pa to’), pero mentiría si ocultara que esos éxitos noveleros más me parecen un problema de formación que un éxito cultural, en la medida en que no creo que constituya ningún logro la difusión masiva de esta cultureta pseudohistórica que cautiva desde hace tiempo a un público fantasioso, loco por los templarios, los secretos de las tumbas, el destino del Grial y, en definitiva, por todo el material de derribo que desde siempre estuvo abandonado, entre las ruinas de la Historia auténtica, al alcance de cualquier ingenioso. Durante las visitas al Partenón te venden marmolillos supuesta e inverosímilmente fidianos, en Venecia teselas que provendrían de los mosaicos de Torcello o San Marcos, en El Cairo papiros con la tinta aún fresca pero datados en la primera dinastía y así por todo el planeta viajero. En nuestras librerías –en las nuestras más que en las de otros países, ojo—lo que se vende es ese cóctel de imaginación y superchería que seduce a los públicos ingenuos como los cuentos duermen a los niños. Comprendo lo del Retiro. Ya me dirán qué niño no pondría el despertador con tal de estrecharle la mano a Donald o a Mickey Mouse.

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Hay quien va diciendo por ahí que mejor es que se lea esa materia dudosa a que no se lea nada. Tampoco lo sé, francamente, pero sí sé que en España se lee poco, muy lejos de la media de lectura europea, con una distribución muy significativa (el lector urbano, joven, profesional, acomodado y demás) y, en resumen, en términos más que preocupantes, incluso si decidimos creer —que no es mi caso—en la estadística oficial que cifra aproximadamente en una de cada dos españoles los que jamás leen un libro y en veintidós millones los sospechosísimos lectores que aseguran mantener con el libro una relación relativa. Descuenten de ahí la turbamulta de lectores de “Códigos da Vinci” y “Pilares de la Tierra” y ya me dirán que queda en limpio en nuestra realidad cultural. Me contaba contristado un profesor amigo que en la Universidad son pocos hoy los alumnos capaces de escribir un folio sobre el Quijote o la Generación  del 98, pero en cambio, en Vitoria acaban de levantarle una estatua callejera y de tamaño natural a este Ken Follet que estampa garabatos sobre sus veneradas patrañas para íntima satisfacción de sus devotos lectores. ¿De verdad es mejor eso que nada? Dejo el interrogante al arbitrio del lector aunque no sin decir que tal vez esté haciendo buena falta que un ironista severo, como Cervantes mismamente, nos revele los estragos que esas descomunales aventuras producen sin remedio incluso en las entendederas de un buen hidalgo o en la credulidad de un rústico metido a escudero. ¿Aristocratismo? El barón de Montesquieu decía que los libros clásicos son para los autores y los nuevos para los lectores simples. No se puede tener más mala leche.

5 Comentarios

  1. Ay, ay ay y ¡cómo me dueles las orejas de tanto silvo! Me he reconocido perfectamente en el retrato que el jefe ha hecho de “los ingenuos” seducidos por “ese cóctel de imaginación y superchería”, público abusa “como los cuentos duermen a los niños”.Para mi defensa puedo alegar que sé que son fantasías, que es todo trola, pero confieso también que la realidad me aburre, a menudo es demasiada dura, triste, monótona, y prefiero evadirme en un mundo nuevo, original.¿Pero no es toda literatura, – no hablo de las obras de investigación – a la vez testimonio de una vivencia y de una época E imaginación, invención, creación? ¿Qué me dicen de las novelas policíacas? También son fantasias, y sin embargo algunas son verdaderas obras maestras.
    Comprendo que, como para Emma Beauvary , la literatura puede ser un veneno , pero también puede abrirnos puertas. Es como todo, depende del uso que uno haga de ella. No sé en qué pais árabe se oponían los ulemas a la llegada del teléfono. Para convencerlos el cheik los llamó y les rogó que descolgaran y oyeran: alguien leía las suratas del profeta así que se rindieron.
    Besos a todos.
    Marta

  2. No se trata de elitismo, doña Marthe, ni de desprecio por “la plebe lectora” (Balzac), sino de distinguir entre imaginación y falsedad. La policiaca es evasión y no engaña a nadei: hoy hay un elevado número de ingleses que creen que Sherlok Holmes fue un personaje real, pero eso no es culpa del autor. En cambio retorcer el argumento hasta decir que el Grual es Magdalena y los Merovingios los descendientes de Cristo es una absoluta estupidez.

  3. Es impensable que haya ne España los lectores que dice la estad´sitica. Entre otras coass porque las ediciones nos erían tan raquíticas como son. Nosotras, desde luego, no vemos con un libro a un alumno casi nunca y sólo de higos a brevas a un colega. No, es mejor eso que nada: es igual, salvo que esa experiencia conduzca luego a otras lecturas.

  4. Al releer despacio la columna, se me ocurren un par de cosas.

    La prime. Los aguilillas de la venta convierten a unos ‘determinados’ libros, los harrypotterianos, los códigos, en un artículo de consumo más de ‘los que no te lo puedes perder’. La cola para Kent Follet es la misma que las de la PSP, o incluso las que hubo cuando salió el Windows 95. Hay unas estrategias muy bien trenzadas para hacer indispensable algo y lo mismo te colocan unas zapatillas que un anillo clitoridiano. (Lo que pasa es que el Jefe solo frencuenta la ‘planta noble’ de su periódico y tal vez no se contamina -tal vez ni se entera- de las baratijas con que chalanea EM).

    La segun. Que los kenfolletianos o merovingios de pronto se dan cuenta de que hablan en prosa sin saberlo. Joder, se dicen, y yo que pensaba que estudiar historia era un rollo y ahora resulta que sé más historia que el mismísimo don Ramón. Aunque confundan las cruzadas con la ropa interior que resalta el busto.

    La frase final de Montesquieu es aterradora. Pero esta mañana le comentaba a un amigo que yo tengo una dignísima literatura fecal. Esto es, junto al sillón cagatorio tengo una pequeña estantería donde conviven las Novelas Ejemplares con Shakespeare, la Ilíada con Voltaire. Leer dos o tres páginas diarias de todo esto siempre será preferible a tenerlos polvorientos en un estante alto de la bibliotequilla. No creo que sea malo compaginar lo más denigrante de la fisiología con estas cumbres gloriosas. Hay quien confiesa leer la composición del champú o no poderse pasar sin el Marca. ‘Ca uno es ca uno y media osena, sai’, que decía un cordobés analfabeto.

    (A mi don Rick: Estoy segurísimo que el gazapo de mi adorable doña Sicard no es sino fruto del cacao maravillao de su doble o triple traducción simultánea aplicada. Usted que no es un caballero, al menos Bogart confesaba no serlo a pesar del smoking blanco, debería haber obviado el lapsus de nuestra franchuta más gentil. La próxima vez no sé si habré de cruzarle el rostro con mi guante de cabritilla o simplemtne dejarle algo de mi laca de uñas en los cuatro arañazos que grabaré en su mejilla.) (Si no capta todo el aprecio hacia ambos con que le digo todo lo que antecede, délo por no escrito).

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