El lunes pasado comenzó en el tribunal de Rouen el juicio de Nicolás Cocaign, el famoso preso caníbal que hace tres años mató a un compañero de celda y, creyendo que se comía el corazón de la víctima, devoró uno de sus pulmones previamente encebollado con la intención confesa de apoderarse de su alma. Este viernes habrá sentencia, pero dudo de que tengamos una explicación siquiera medianamente lógica de un hecho que escapa a ojos vista de la perspectiva jurídica, porque hace como medio siglo que los antropólogos elaboraron un informe alertando del resurgir del canibalismo en amplias zonas del planeta (sobre todo en Oceanía, África y América) llegando a sostener que al menos un porcentaje discreto de hambrientos subsistía gracias a la ingesta caníbal, un dato no sólo estremecedor sino realmente insultante proyectado en el contexto de un mundo que oscila entre la miseria y la opulencia. Pero el caníbal de Rouen –un hombre de aspecto cuidado que no alcanza a encubrir del todo su íntima tortura—no pertenece a esta subcultura del hambre sino al fenómeno desconcertante que es esa antropofagia criminal que con extraña frecuencia se produce en las sociedades de la abundancia. Me resisto a reproducir la lista, por otra parte bien accesible, de caníbales convictos que a lo largo del siglo XX y, como se ve, también en estos albores del XXI, vienen a confirmar la antigua sospecha de que la especie humana tal vez evolucionó hasta el tabú actual desde un modelo de alimentación primitiva, fuertemente marcado por la pulsión mítica y extendido por casi todo el planeta, en el que la vieja etnografía reconoce el perfil del caníbal. Desde los cráneos agujereados que Teilhard halló en Chu Ku Tien a los huesos roídos de Atapuerca, un siniestro alfabeto fratricida garrapatea la crónica humana. El optimismo antropológico ése es una quimera hasta el punto de que hasta al lobisome de Plauto se lo zampó Hobbes.

 

Se ha recordado a veces que por algo muerden los amantes en su frenesí y por algo, al menos de palabra, las propias madres se comen a besos a sus hijos. El instinto caníbal, lejos de la inopia bárbara, tiene más que ver con la fantasía cuerda y civilizada que intuye en la ingesta una suerte de comunión primordial de la que las sacramentales son un pálido eco mítico y racionalista a un tiempo. Lejos de desaparecer, la ilusión de apropiarse de la virtud ajena por vía oral no ha desaparecido, y el cerebro, el pene, el corazón o los testículos siguen formando parte del menú imaginario. Hay mucho mono loco que es caníbal sin prejuicios. El hombre es el único entre ellos que atribuye sentido a la antropofagia.

6 Comentarios

  1. Interesante tema, ya tratado otras veces. Aunque el ejemplo de los amantes y las madres parece exagerado (una broma de don ja) parece que los hechos prueban la tesis básica: que los humanos no son tan ajenos al canibalismo como cabe suponer. Este caso puede ser el de un loco, pero es que hay demasiados casos. Hemos comprobado esa relación que la columna no incluye y es aterradora.

  2. Siempre he creído que el hombre es omnívoro, sin excluir ningún alimento. ¿En Ferrán Adría y compañía tienen la prueba!

  3. Me parece que ese tabú es más bien mítico, o sociomítico, imouesto por la lógica social, al contrario de allí donde ésta impuso lo contrario. Los incas comían carne humana como tantos pueblos sin el menor escrúpulo moral. Éste lo hemos añadido nosotros como un prejuicio civilizatorio, pero nada más. Comerse un mono y comerse a un sapiens es lo mismo, digo yo.

  4. Todo es relativo. Nativos americanos le confiaron al explorador que la carne humana sabía bien aunque algo amarga, y está fuera de dudas –por más que los mexicanos se cabreen con los antropólogos fraceses, con Soustelle a la cabeza– que ha hjabido pueblos que la han integraod en su dieta como fuente básica de proteinas. No entiendo el escándalo ante el canibalismo físico por parte de quienes canibalizan al prójimo por tantos medios, e incluyo desde los tiranos a los bancos, psando por los legisladores injustos o los delincuentes comunes.

  5. El perro no come carne de perro.

    Los criadores de perros en gran escala en USA sólo consiguen que sus animales coman la carne de sus colegas sacrificados dándosela cocida y especiada.

    Nosotros hemos vivido las consecuencias de hacer a las vacas caníbales (Creutzfeldt-Jacob) sólo por razones económicas.

    ja nos habla de un canibalismo patológico, psicológicamente hablando.

    Yo creo que el canibalismo netamente alimentario solo se da en especies incapaces de distinguir a su prole por la sencilla razón de que es negativo desde el punto de vista evolutivo. Las especies que se persiguen hasta darse muerte para alimentarse tardan pocas generaciones en desaparecer.

    Entre los humanos el canibalismo no se presenta como una alternativa a al ingesta habitual sino como un ritual (Nueva Guinea y su consecuencia el kuru) y en algunas tribus como una forma de apoderarse de la fuerza del guerrero vencido.

  6. Hay no pocos animales prolíficos que comen a sus propios hijos, don Griyo. Ignoro si también los elitróforos, pero seguro que no…

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