Más allá del estrépito provocado por los nacionalismos españoles hay que convenir que el legado del siglo XX ha consistido en una pulsión secesionista acaso comparable a la agregativa que vivió la Europa renacentista. Los últimos casos son el planteado por al acuerdo alcanzado entre Escocia y Gran Bretaña sobre una posible independencia, y los tristes zarpazos del terrorismo corso que se las trae tiesas con el jacobinismo francés, además de los éxitos sucesivos del bando flamenco que mina la unidad belga. La Yugoeslavia forjada por Tito se ha deshecho en un mosaico de tono romántico en el que todavía bracea Macedonia y viven como pueden croatas, serbios y bosnios, mientras que checos y eslovacos han roto el nudo que los mantuvo a flote durante el siglo pasado. La liquidación de la URSS se ha hecho ensangrentando el panorama en Chechenia tras abandonar Ucrania a una suerte incierta. Hasta las Azores tratan de romper el viejo lazo portugués como estrambote de una tendencia regresiva que trata de deshacer la obra de la Historia justo cuando, un poco por todas partes, tratan de constituirse grandes agrupaciones para sustituir al diseño soberanista de la Modernidad por unidades supranacionales acordes con las exigencias de un planeta globalizado. A veces pienso en que esta efusión disgregadora responde a un neorromanticismo que trata de reproducir el mundo byroniano, aparte de que, como ha escrito lúcidamente Francisco Rosell, en nuestra coyuntura, el negocio no es la independencia sino el independentismo. Si esos “románticos” logran quebrar la Unión continental, lo probable es que el viejo mundo se quede a merced de las potencias emergentes.

Me temo que esos nuncios de la independencia no han comprendido bien el concepto que Renán diseñó magistralmente ni se han parado a pensar en los riesgos que supondrán cada día más la competencia con China, India, Brasil o México. Pero es muy posible que la atomización que pretenden los conduzca más pronto que tarde a considerar la necesidad de inventarse algún que otro proceso asociativo capaz de protegerlos contra las grandes entidades. No sé, por ejemplo, qué sería de España sin Cataluña ni el País Vasco, pero mucho menos consigo imaginar una Cataluña o un País Vasco a la deriva una vez desgajados de España. Recorrer del revés el camino de la Historia es, con seguridad, más arrojado y peligroso que seguir el rumbo que los siglos le marcaron.

3 Comentarios

  1. Esta es una moda eventualmente letal, pero muchos de sus adeptos no van darse cuenta del lío hasta que no culminen su plan. Lo curioso es que entonces se van a preguntar, una mano detrás y otra delante, de qué van a vivir.

  2. REGRESAR: no sé por qué repetimos siempre la experiencia, pero ésa es la realidad. Esta destructiva moda va a devolvernos, como bien ha visto jagm, a la experiencia romántica de los “particularismos” y, desde luego, será fatal para el proyecto europeo.

  3. La nación ha sido durante siglos un instrumento básico de la organización estatal europea y, a su través, casi universal. Pero los hombres se cansan de todo, nada resiste su aventurerismo y las crisis angustiosas como la presente, son ocasiones fenomenales para los vendedores de humo y los buhoneros de ocasión. Somos capaces –son, dirán ustedes, con razón– de echar abajo el tempo, como Sansón, aunque sus escombros nos aplasten. Pero de todos los casos que conozco ninguno como tan insensaro y que haya costado tanta sangre como el europeo.

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