A Manuel Andújar no le divertía la insistencia de Francisco Ayala en que para él, como para otros muchos, el exilio no fue una mortificación, ni su broma de que un andaluz se adapta mejor en Buenos Aires que en Barcelona. Tan rígido en sus moralidades, Manolo –un pedazo de pan– no penetraba acaso la ironía oculta con que Ayala condimentaba su amarga crítica de tantas cosas, incluso de las republicanas. Guardo su voz grabada en el piso luminoso en que tenía en Marqués de Cubas, su confidencia llena de “off de records”, la imagen de su escogida librería a la que iba a buscar primeras ediciones dedicadas de Emilio Prados o de Romero Murube. Un día me regaló el monumental “Tratado de Sociología”, la inencontrable edición de los años 40, sobre la que había subrayados suyos o enérgicos trazos que tachaban párrafos y hasta páginas enteras, siempre comprensivo con nuestras veleidades marxistonas, nunca distante a pesar de la edad y el magisterio. Grabé su explicación del milagro de “La cabeza del cordero” –ese espléndido relato que alguien confunde estos días necrófagos con una novela…–, el detalle de cómo traspuso su imagen Marruecos imaginario –¡como Raymond Rousell!– en el transparente de sus recuerdos andaluces, sin haber pisado jamás aquel país. Y su fuerte crítica de Azaña, su insistencia en la idea de que todos, los mayores y los jóvenes españoles del momento, convalecíamos, conscientes o no, de los horrores de la guerra y los errores de la ilusión republicana, por la que tanto luchó. No tenía pelos en la lengua, Ayala, sobre todo cuando el trago gustoso de güisqui le alumbraba la pajarilla granadina. Íbamos mucho a aquel santuario (Félix Grande, Víctor Márquez, tantos otros) en el que escuchábamos devotamente al testigo y al genio. Todavía no la habían descubierto los jurados y los premios.

Decía que su exilio real no fue el de Buenos Aires, Puerto Rico, Nueva York o Chicago, sino la “jaula moral” (no olvidaré esa expresión) en que se convirtió su ilusión generacional, el encierro sin barrotes de una sociedad que enloqueció arrastrando en su locura los mejores sueños. Nunca me ha sorprendido la entrañable familiaridad que mostraba a los Reyes, tan desconcertante para algunos, porque he reconocido en ella el gesto conciliatorio que pueden permitirse mejor los personajes habituados al exilio interior. El viejo discípulo de Hermann Heller y Karl Schmit aprendió mucho de Sartre y de Borges. Un día me dijo que de salvar unas páginas suyas echaría mano sin dudarlo de “El Hechizado”. Yo las pondría en el relicario junto con “La cabeza del cordero”.

9 Comentarios

  1. Bonito recuerdo, se ve que vivido de cerca. Ayala tuvo mucha suerte, bien mirado, aparte de sus tragedias, que también las tuvo. La vida de los hombres suele ser así: una mezcla de gracias y desgracias. Pero él sabía reconocer las cosas. Eso del exilio que disgustaba a Andújar es una prueba de sinceridad extraordinaria. Que aprendan muchos y que él descanse en paz.

  2. Vaya una edad la del maestro. Me asombró siempre la integridad de sus facultades, ahora bien, me he pregubntaod cuando lo veía ir decreciendo a ojos vista, si no sería mejor, llegados a una cierta edad, largarse antes de soportar la pérdida CONSCIENTE de facultades físicas. Su ejemplo ha sido importante, no hubo ni una sola voz que disonara, que en España, ya es decir.

  3. Bonito recuerdo. Y buen retrato al natural. Se agradece entre tantos panegiristas de oportunidad.

  4. Gran pérdida, ley de vida. ¡Y qué vida, 103 años de (casi)plenitud! Coincido con el anfitrión en el gustro: El Hechizado es una maravilla. Creo recordar q

  5. Coincido en celebrar el retrato. ¿Han visto que un periódico titulaba “Muere un escritor republicano”? Se conoce que no deben de haber visto ninguna de esas demostraciones de afecto de que habla jagm, en efecto, llamativas para tratarse de un repúblico. La columna ve en ellas un gesto de concordia y yo, que soy republicano por principio, también.

  6. ¿Quedó algúin prem,io o algún hiomenaje por dar a don Francisco? Muy español: o nada o todo, o el abandono o el homenaje. Y lo curioso es que él los aceptaba, a ver qué iba a hacer, agradceido a la patria/madrastra que le fusiló a su padre, lo echó al exilio y luego lo subió a los altares. No sé si estas reflexiones están fuera de lugar , pero creo que jagm, evidentemente admirador del finado, me entenderá. Y ustedes también, claro.

  7. Me impresiona que las banderas ondearan a media asta en su Granada nativa . Ya me gustaría a mí que en esta tierra hicieran lo mismo en signo de respeto por la muerte de cualquier gran autor, por ejemplo Levis-strauss.

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    Magnífico retrato y evocación.
    Besos a todos.

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