Cuando uno de los padres “ilustrados” propuso ver en el Parlamento un espejo en el que podrían reconocerse uno a uno todos los rostros de la república no tenían ni idea de lo que, con una buena ley electoral, puede hacerse con esa imagen. La nuestra, sin ir más lejos, por más que haya prestados sus buenos servicios –no olvidemos la sopa de letras surgida de la dictadura–, está más claro que el agua que ahora mismo es perfectamente injusta. Y no lo digo por la equívoca foto de Cayo Lara mostrando junto al cartel de los 11 escaños conseguidos por su coalición los 25 que, a su corto entender, le corresponderían en justicia a tenor de estos resultados, ya que eso no se sostiene con ningún cálculo correcto. Pero sí que lo digo por su intención, pues es evidente que  si, por poco más de 300.000 votos, al PNV le corresponden 5 escaños, a IU, por su millón y medio larguísimo, deberían corresponderle bastantes más. O por Rosa Díez que, con más de 1.100.000 votos apenas ropa los 5 escaños mientras que los etarras de Amaiur, con 333.000 raspados se llevan por la cara 7, y CiU, con 125.000 votos menos que ella, acarrea nada menos que 16. Casi todo el mundo que sepa de qué va está de acuerdo en que la Ley Electoral es un artefacto de emergencia que hace tiempo que no tiene otro sentido que el de favorecer a los dos grandes partidos, y no sólo por aplicación de la ley D’Hont, sino por el sistema de recuento y atribución que establece en las circunscripciones. El Congreso que vamos a ver esta legislatura no es una imagen fiel en la que el pueblo español pueda reconocerse, sino un espejo cóncavo en el que todos y cada uno nos reflejamos deformados, como en el de la barraca de feria, encarnados en cuerpos mostrencos que no se corresponden con la realidad. Una injusticia, lisa y llanamente, eso es lo que es la Ley Electoral. La pregunta es hasta qué punto ese truco feriante no está contribuyendo a viciar un sistema representativo cuyo lema incuestionable es el de “un hombre, un voto”.

Nos quejamos de la lejanía de la política, de su invisibilidad práctica, de su condición reservada. Decimos que el voto secuestra la voluntad y la entrega como rehén a los elegidos. Ahora mismo estamos viendo como una banda terrorista forma grupo en el Congreso mientras millones de ciudadanos comprueban lo poco que, comparado con otros más afortunados, vale su voto, y admito que, por una vez, cierta unidad de decisión resulte imprescindible dadas las circunstancias. Lo que no creo es que ni ahora ni luego los beneficiarios renuncien a su privilegio. Mientras no lo hagan, nuestra democracia será sólo un juguete roto aunque siga funcionando mal que bien.

6 Comentarios

  1. No podemos estar más de acuerdo con la columna. Es un tema recurrente pero muy necesario de recordar, aunque los grandes partidos jamás permitirán que se les arrebate la bicoca. Lo de Rosa Díez es sangrante, tanto mcomo lo de IU, aunque en este caso casi cabe decir que menos mal…

  2. No sé qué ha querido decir mo predecesor pero es verdad que el punto crucial está en las circunscrpiciones y el sistema de atribución de votos más que en la famosa ley D’Hont que todos citan sin conocerla. Lo que muestra jagm es un escándalo, aunque el palurdo de don Cayo no tenga idea de lo que dice.

  3. No son los políticos los únicos culpables de la falta de democracia en nuestro país.
    Son sus ciudadanos, que como siervos cegados por su inconsciencia, siguen a los detentadores del poder y son incapaces de cortar el cordón umbilical que les une.
    No hay separación de poderes en origen.
    Y han entregado el poder político al sistema financiero, que son los que están redactando las reglas para recortar TODO lo conseguido desde finales del siglo XIX, tras luchas y …………

    Buenos días a todos desde el Baix llobregat.

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