Ahora resulta que la NASA ha extraviado la película del primer alunizaje así como los datos telemétricos enviados a la Tierra por Armstrong y Aldring en aquel julio de 1969. No aparece esa prueba crucial, o eso es lo que dice en un periódico australiano, el ‘Morning Herald’, el responsable de la “oreja gigante”de Parkes –un observatorio colaborador con una antena del tamaño de una pista de tenis–, en confirmación de la vieja sospecha de fraude que pesa sobre la odisea del espacio. La misma mañana del evento me previno mi portero madrileño ante la falacia de los americanos, una tesis en la que, años después, insiste mi cuñada como si en ella le fuera la vida, pero lo que no sabía uno es que el seis por ciento de los yanquis y millones de personas en todo el planeta Tierra no tragaron ya entonces con la realidad de aquel primer paseo espacial que quien más quien menos siguió en la tele con el alma encogida. Claro que esta revelación –absurda, probablemente, teniendo en cuenta el silencio de los vigilantes soviéticos—no es, en fin de cuentas, más que otro ejercicio de desmitificación de esos a que nuestra era se está aficionando con pasión tan inquietante. La duquesa de Medina Sidonia sostiene muy seria cualquier oportunidad que Colón no descubrió América, una opinión, ya digo, cuya extravagancia tampoco es tan grave si se considera que uno de cada seis americanos vive persuadido de que Elvis Presley no murió en su día sino que sobrevive escondido en algún remoto paraje de Alaska. Una leyenda argentina insiste todavía hoy en que Hitler no se voló el maldito cerebro en su búnker sino que, en realidad, escaparía rompiendo el cerco aliado (¿con la ayuda del Vaticano, tal vez?) para vivir oculto en alguna hacienda pampera con aquella Evita Brown que, si vive, estará hecha una pasita, la pobre. Son cosas de la imaginación, de la “loca de la casa”, como decía la doctora Teresa, entre cuyas últimas fijaciones estarían las teorías conspiratorias que atribuyen la tragedia del 11-S a los judíos o a los propios yanquis, o la hipótesis, ya comentada aquí el otro día, de que los restos de san Marcos venerados en Venecia son, en realidad, los de Alejandro Magno. Al personal no le gusta la Historia pero se pirra por la leyenda. Este mono sabio va degenerando a marchas forzadas en un quimerista más aficionado a las sospechosas bayas esotéricas que a los brotes ciertos de la certeza probada.

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Lo curioso, al menos para mí, es que una crédula legión capaz de arremolinarse ante el buhonero que pregona las virtudes del ‘agua imantada’ o el mérito de la compresa que elimina la celulitis, se muestre, en cambio, tan crítica con los hallazgos del saber o las proezas de la ciencia, que resulte más fácil aceptar la supervivencia de Elvis que la llegada a la Luna. Pero hay algo, qué duda cabe, en ese complot de la ignorancia, que tiene que ver con la propia inepcia de la razón, o mejor dicho, con el inexplicado fracaso de la mente que fundamenta esa predilección por lo maravilloso sobre la misma evidencia. Hay quien ha hecho de esta inclinación humana un negocio, como la presunta y falsa princesa Tatiana que trajo loco a medio mundo, incluido el clan de los Romanov, pero más allá de la anécdota, sería temerario no ver en ello un riesgo cierto para el conocimiento y una amenaza a la imprescindible estabilidad de la experiencia. Habrá que esperar a que los lerdos de la NASA den con la cinta perdida y hallen esos datos traspapelados sabe Dios en qué gaveta de qué físico loco. No porque ello demuestre nada nuevo, sino por el fuero mismo de la realidad que exige para mantenerse vivo que no se juegue con las certezas. Ya, ya, por supuesto que es más divertido lo de Alejandro que lo de san Marcos y más rentable imaginar conspiraciones que atenerse a los hechos. Ni siquiera desdeño la posibilidad de que sea la propia NASA la que lanza estas especies para reavivar el cotarro. Mi problema ahora, sin embargo, es convencer de ello a mi cuñada.

5 Comentarios

  1. Le decía el viejo anarquista a los dos chicos mormones con su camisa blanca y su corbatita: “Si no creo en el Dios de toda la vida, en el de la semana santa y el Rocío, que es el verdadero, ¿cómo voy a creer en ese tan raro del que me estais hablando?”

    Efestviguonder. Una se aprendió, con esfuerzo y razonamiento las demostraciones de los teoremas de Euclides y Pitágoras. O las fechas de las Navas de Tolosa y de la Revolución Francesa. Más tarde toda una clasificación de bacterias aerobias y anaerobias y su susceptibilidad a según qué antibióticos. Y como el Dios del Génesis, vio que aquello era bueno. El raciocinio, el análisis, la demostración.

    Luego una puso en duda todo aquello y en el proceloso mar de la duda vive, navega, sobrevive. ¿Cómo va a creer ahora en la primera superchería que se le ocurre a un vividor/a que te cuenta que poniéndo velas negras a la foto de quien tanto mal te hizo, va a acarrearle el mal que eres incapaz de hacerle?

    Sólo falta que alguien nos cuente que aquel episodio del 75, la gripe, la tromboflebitis y las hemorragias digestivas del ferrolano, le ocurrieron a su doble, como en la película -para que se cumplieran de una vez los designios sucesorios- , y que un arrugado viejito, más que centenario sobrevive en un pazo escondido en la fraga, ¿pillan el doble sentido?, tomando el sol cada tarde en su carrito que empuja … (póngase aquí el nombre del ayudante de campo preferido).

  2. Vuelvo al tajo, aunque he leído pun tualmente las columnas de los días anteriores y viestros comentarios. Yahabrça vuelto jagm de Venecia, supongo, aunque no deso, tal como están las cosas, y esperemos nuevas ocasiones de ilustración y diálogo abierto. Lo de hoy es interesante. ¿Por qué colarán tan fáicl las chorradas mientras frente a la ciencia se mantienen tantas prevenciones?
    Por cierto, a don Griyo hede decirle, con mi cariñosa admiraicón, que tenga cuidado con las “verdades compronadas” que da por sentadas. No todo lo que se lee o se escucha por ahí es cierto. El otro día mismo enumeró una serie de ellas bastante cuestionable. Bien hallados los demás. A doña Epi, que la admiro y que su gracia va en aumento.

  3. Recuerdo muy bien aquella noche de julio del 69. Una noche espléndida de verano, estrellada y con luna llena. Viví aquellos momentos con auténtica pasión.

    Yo tenía 14 años, esa tarde mi pandilla había comentado hasta la saciedad el acontecimiento. Estábamos preparadísimos para el evento.

    Cuando llegué a mi casa nadie hablaba del asunto. Yo les pregunté si se iban a quedar a ver la tele y mi padre me dice: “-Pero, tu te crees esas tonterías, anda ya y acuéstate, que te será más rentable-“. Me quedé pasmada, ¡no se iba a quedar nadie!, pero yo no me arrugué. Cené y me preparé para no despegarme del aparato.

    Estuve toda la noche subiendo las escaleras de la azotea para mirar la luna, subía y bajaba, subía y bajaba: “-¡Pero, están en esa luna que veo, ¡cómo es posible que estén ahí! Fue algo emocionante para mí y jamás lo olvidaré.

    Estoy con José Antonio en que cualquier día aparecerá esa cinta y que tal vez sea la propia NASA quién ha lanzado el bulo de la pérdida, para que los incrédulos vuelvan al redil.

    La frase de J.A.: “…Pero hay algo, que duda cabe, en ese complot de la ignorancia, que tiene que ver con la misma inepcia de la razón, o mejor dicho, con el inexplicado fracaso de la mente que fundamenta esa predilección por lo maravilloso sobre la misma evidencia. Hay quien ha hecho de esta inclinación humana un negocio…”, me ha parecido que lo resume todo. Hay personas que están pendientes de las evidencias en todas las disciplinas: ciencia, historia, psicología, etcétera, no se abstienen de lo “maravilloso”, de lo “asombroso”, de lo “esotérico”. Pero cuando se instala la ignorancia en otras, el negocio editorial, televisivo y otros, son cerillas en rastrojos que se prenden inmediatamente y lo pueden quemar todo, incluso la evidencia.

    Pero qué hay en este mundo algo de lo que no se haga negocio, ayer, hoy, mañana…

  4. Su cuñada lo que afirma no es que no fuesen para allá (a la Luna me refiero) sino que se quedaron allí. Que no volvieron, vamos. Una vuelta de tuerca más. O sea, que le costará a Ud. convencerla un poco más. Se lo digo yo. Palabra de Estela.

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