Los partidos de la derecha europea están arrasando en las urnas país tras país. Algo va mal en el proyecto de izquierda –entendido éste como concepto global– algo no funciona en el terreno siempre movedizo de la utopía, cuando unas derechas que tampoco es que hayan descubierto la pólvora se lo llevan por delante lo mismo en la culta Francia que en la apaleada Hungría, escoltadas en ambos casos por unas formaciones extremistas que parecen traslucir el fracaso de la memoria europea, es decir, el olvido por parte de tantos pueblos oprimidos por las tiranías extremistas de los dos signos. Se entiende que en los países europeos occidentales un cierto desencanto ante la incapacidad teórica del reformismo haya propiciado el ascenso de un conservadurismo incluso extremo, pero ya es menos comprensible que en los países de la Europa oriental, que vivieron tantos años soportando una dictadura satélite, no se advierta el riesgo que supone cambiar el signo de la opresión. No es ninguna pregunta retórica la que se interroga sobre la causa de que en esos torturados países la salida que ofrece la democracia auténtica esté siendo superada –desde al día siguiente a la caída del Muro—por estos modelos irracionales que fundan su argumentario en el mito ultranacionalista y en el comodín xenófobo. En Francia tal vez podría decirse que ha perdido Hollande más que la izquierda, pero siempre quedará por explicar por qué el recambio de ese inútil ha de pagarse al precio de nuevos extremismos.

Me reprocha un lector que calificara al Centro político como un “no lugar”, es decir, como unas coordenadas imaginarias sobre las que gravitaría suspendida la plomada de la suprema discreción, pero que, en realidad, no señalan nada en el mapa real de la vida colectiva. Y ello me ha hecho pensar en que a lo peor lo que ocurre es que el Centro no es más que un ficticio desiderátum de los conservadores al tiempo que un refugio conceptual del pseudoutopismo reformista. Visto el fracaso de unos y otros –“Ni carne ni pescado, titulaba yo aquí hace unos días—tampoco es que el hecho resulte demasiado extraño. Lo raro sería más bien que una izquierda desunida y al pairo siguiera ganado de calle en las elecciones europeas, como no hace tanto tiempo. La victoria de Orban en Hungría o de los Le Pen en Francia tiene su lógica no poco implacable. La izquierda gana poco o nada con lamentarse, mientras no se decida a rehacerse.

2 Comentarios

  1. La historia se repite como farsa y la derecha al uso adolece por completo de le charme discret de la bourgeoisie. No es culta -el «Marca»- como tampoco deja de hacerle arrumacos a los totalitarios.

    Lo malo es que la izquierda sigue oliendo a pies y su hito ideológico se ha quedado en la ausencia de corbata en funerales de estado.

    (A mi don Pangl. Mi heterodoxia no hace sino ocultar una insuperable superficialidad. Sepa disculpármela).

  2. Todo lo contrario, mi don Epi. Considere cuántas veces me dirijo a usted incluso ante que a mi fraternal amigo, el autor de esa columna, que hoy es bastante más sugerente de lo que su broma da a entender.

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