Me cuento entre los escasos ciudadanos que resistimos sin rendirnos a la tentación abandonista que está provocando en España la definitiva crisis de la dignidad. Nada parece ya amparado por el decoro más elemental ante la ofensiva mentirosa que invade la vida pública no sólo en la sentina de las llamadas “redes sociales” sino en la mismísima voz del Gobierno. Llevamos perdida ya la cuenta de los camelos que, entre ambigüedad y ambigüedad, prodiga el propio Presidente del gabinete, tanto como su cansino recurso a la rectificación, por no hablar de las flagrantes falsedades de sus diversas portavocías. Todo empieza a ser posible (y hasta probable) dado que el anuncio de cualquier cosa puede ser anulado por su contrario a renglón seguido o, todo lo más,  a medio plazo. “Nada es verdad ni mentira” –el triste postulado de Campoamor— campa hoy por sus respetos en nuestra vida pública y si no pasa nada es quizá porque, como avisara Nietzsche, nadie habría de morir de “verdades mortales” habiendo, como hay, tantos contravenenos al alcance de todos.

La quiebra de la verdad ha provocado la mayor crisis de cinismo vivida en nuestra democracia. ¿Qué pensar al oír proclamar desde el núcleo duro del sanchismo –para salvar la temeraria veleidad presidencial de entrevistarse con un ex-presidente autonómico– que si bien la ley exige ser diputado para presidir una autonomía, nada exige, en cambio, “para seguir presidiéndola”? ¿Cabe mayor cinismo y afrenta al ciudadano? ¿Pues y escuchar al propio Presidente esquivar la Constitución proponiendo la martingala de “una federación de soberanías compartidas”, babosa cataplasma para el bubón separatista, que ya bullía en el proyecto de Ibarretxe rechazado de plano cuando el PSOE era todavía un partido constitucionalista?

Un sujeto como ese ministro que –tras bordear ,si es que no vulnerar, la legalidad con nocturnidad y alevosía– ofrece cinco versiones distintas para exculparse  es, ciertamente, un símbolo idóneo de esta nación ambigua desmoralizada por un Gobierno embustero. El profundo relativismo que señorea la opinión está haciendo buena la ironía de Braque, aquel inseparable de Picasso, al descubrir al público la insólita realidad de que, contra lo que pueda parecer, la verdad existe, porque “lo único que se inventa es la mentira”.

Un maquiavelismo de tres al cuarto nos degrada hoy en España hasta el punto de “venializar”, como dicen los portugueses, la mentira pública y normalizar la estrategia política del embuste. Es verdad que tampoco podría esperarse otra cosa de un Presidente plagiador. Nuestro descrédito interior y exterior tiene esta vez, lamentablemente, razón sobrada.

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