Pocos personajes he conocido en esta vida de la altura y dignidad del profesor José Luis Sampedro, ese nonagenario insigne que nos introdujo a la Estructura Económica, nos regaló espléndidas novelas tan malvaloradas como “El río que nos lleva” o “El caballo desnudo”, supo resistir en la Universidad los embates de la dictadura y nos dio un permanente ejemplo de honradez y sabiduría. Pocos como él, también, supieron prodigar el trato afable y la comprensión, tan firme en su papel de “excitator animae”, como decía Unamuno de sí mismo. Hasta hondas lecciones peripatéticas, impartidas en largos paseos por Madrid o en la rebotica de la Librería Turner que convocaba Manolo Arroyo, hemos recibido de Sampedro, ese caballero integral, cuya educada insolencia le granjeó siempre el respeto de todos. Sampedro es un humanista todo conciencia, todo compromiso, al que me temo que cierto desgaste propio de su edad le esté llevando a duplicar un papel del estilo del que Sartre jugó en sus amenes defendiendo causas perdidas y también, a veces, injustas. Por todo ello nos ha sorprendido a muchos incondicionales esa carta abierta, realmente desconcertante, que le ha dirigido al Presidente del Gobierno al que, de entrada, llama nada menos que “mal nacido” para acusarle enseguida de ignorante, mentiroso, inculto o pirómano, y a quien avisa de que “estamos metidos en una III Guerra mundial” y que lo va a pasar muy mal. De verdad, me sigue emocionando la grave libertad de Sampedro, pero en este libelo no lo reconozco, y no sólo por la zafiedad de ese estilo, sino por la no poco incoherente lección que culmina en la síntesis del New Deal como la decisión de “subir los sueldos y bajar las horas de trabajo”. Respeto en Sampedro hasta el exabrupto, pero creo que para ser sinceros con él, quienes lo queremos desde hace tanto tiempo hemos de decirle que el trallazo en cuestión no parece suyo.

Cuando lo de Sartre nos ocurrió lo mismo: que nos encocoró el hecho de verlo –¿manejado quizá?—como un Jovellanos convertido en Alejandro Sawa. Por mi parte, da igual. Nunca olvidaré su sabiduría, ni aquel “planctu Hispaniae” que venían a ser sus novelas, ni su valor frente a la amenaza cuando se nos mezclaba en CEISA, la escuela libre de sociología, llano, como uno más, erigido sobre su recta conciencia. Digamos que lo vemos ya más allá del fielato tras toda una vida de vigoroso enfrentamiento con el consumero.

4 Comentarios

  1. Y no lo es, maestro. Ya hace algún tiempo que se desmintió desde su página web oficial. Se convirtió en un viral más de las redes sociales, donde se ha desmentido reiteradamente aunque siga coleando… Jamás Sampedro llamaría al Presidente del Gobierno ‘hijo de puta’ en un escrito como ése, entre otras apreciaciones de estilo y clase, al margen de su legítima crítica al poder establecido y el alejamiento de la ciudadanía de cierta clase política. Abrazo de lector y mi respeto

  2. Pues a mi no me ha sorprendido, avisado como estaba de la deriva sectaria que hace algún tiempo había elegido este gran intelectual. Desde la antigua admiración que le profesaba cuando acudía a sus conferencias en la escuela de Ingenieros de Madrid, he seguido su trayectoria: su puesto en el Servicio de Estudios del Banco Exterior, su condición de economista, su paso a la literatura, su ejercicio de intelectual crítico. No creo que esta última zafiedad sea consecuencia de la edad, porque aparece al final de de un camino jalonado de descalificaciones hacia todo lo que no sea su posición ideológica. Y esto no es otra cosa que sectarismo, quizás adquirido a través de sus ediciones en Alfaguara y la inevitable sumisión al entonces poderoso Grupo PRISA, pero sectarismo puro al fin. Usted lo compara con Sartre y quizás sea ése el mejor ejemplo de una decadencia intelectual. Saldudos y admiración

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