Si ha resultado impactante y turbadora la dura sentencia de los ERE, peor está siendo, a mi juicio, la desordenada barahúnda que tras ella ha conmovido la tertulia nacional. Vestiduras rajadas, manos temerariamente expuestas al fuego, disculpas vergonzantes…, un largo repertorio de necedades está sirviendo a la pública opinión para desahogar (de manera inútil, por descontado) un lamento largamente reprimido. La instantánea de los próceres condenados parece sugerir que nos hallamos ante una grave novedad que, lo que son las cosas, no puede ser más vieja. Nadie recuerda que Pericles hubo de implorar llorando a los jueces la absolución de Aspasia, su amante corruptísima, ni que las sucesivas leyes romanas contra el “crimen repetundarum” –nuestro castizo “peculado”— lograron evitar los trajines golfos de César, o que el conspicuo cesariano que fue Salustio alcanzara fama clamando contra la corrupción al tiempo que, como pretor africano, se forraba saqueando las finanzas públicas. La corrupción política no tiene edad. Probablemente lo que ocurre es que la toxicidad implícita en el Poder corrompe casi necesariamente.

Miren alrededor en nuestro propio tiempo. ¿No hemos visto nada menos que al “reunificador de Alemania” o a un insigne Presidente francés condenados por sus manejos fraudulentos? ¿No nos dice nada que el “incorruptible” Lula haya terminado en la trena convicto de concusiones mil o que los ídolos peronistas se fueran de rositas tras robar a manos llenas? En Perú han acabado en la cárcel los  cinco últimos Presidentes y no fueron seis los recluidos porque Alan García se suicidó para evitarlo. Hace mucho que la relación de políticos españoles condenados por corrupción superó el millar, y a la vista está que, aunque sean todos los que están o han estado, no están aún todos los que son.

Insistir en la disculpa del agio es sencillamente indecente. Tanto si los agiotistas se han enriquecido como si se limitaron a beneficiarse políticamente del viejo crimen. Nada más elocuente que la atolondrada teoría de la ministra que proclamó que el dinero público no pertenecía a nadie, pero cuando Guerra clama porque se castigue igual al que acaudala el botín para su disfrute que a quien se limita a permitir el saqueo, no hace más que repetir el gesto moral de una injusta tolerancia, porque la culpa del asesino, por ejemplo, no excluye la del traficante de armas sino que ésta es su prerrequisito. Sí, ya sé que hay permisividades fundadas en la “presunción de justicia”, pero eso no es más que otro error moral. ¿Permitir el abuso apuntando a un bien superior? Bueno, César ya se aferraba a esa lógica cuando sostenía que el tiempo de las armas no es el las leyes. Gran granuja el gran César, pero seguramente se atenía al apotegma que algo más tarde acuñaría Petronio al preguntarse resignado qué podría conseguir la ley allí donde el dinero  reina y decide. Temo que a esta apasionada tertulia nacional le queda mucho que aprender.

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