No vamos a poder librarnos en mucho tiempo del revisionismo de los mitos meridianos del siglo XX. Desde el que trata de destruir a Nietzsche, por ejemplo, curiosamente desde perspectivas incluso contradictorias, hasta el que se ensaña con el viejo Marx en línea con la tradición de la minúscula crítica “ad personam”. Es como un deporte que tiene asegurado el éxito publicitario, hoy tan potenciado por el debate en la Red y, hay que reconocerlo, por la propia penuria teorética de estos “tiempos mudos”. O de los dirigidos contra Freud y su descendencia, por lo general desde la perspectiva hemenéutica que le niega la patente científica que, que yo sepa, nunca pretendió explícitamente el mago vienés. Entre estos últimos –hay que decir que maltratados a conciencia por la crítica, en especial por la francesa—está de moda el publicado por Michel Onfray con el título elocuente de “Crépuscule d’un idole”, que acabo de leer,  y en el que este ágil, atractivo y demoledor iconoclasta –que en su día se reveló por libre contra la enseñanza oficial de la filosofía para proponer su exclusivo método—ensaya una vasta pesquisa (son más de 600 apretadas páginas) consagrada a probar, como ha recordado algún crítico, el postulado nietzscheano de que toda teoría es un artefacto de la propia biografía. ¿Recuerdan las críticas añejas que sugerían al Marx perseguidor de criadas? Pues Onfray la emprende aquí con Freud para “explicarlo” en función de sus propios fallos personales, por ejemplo, qué sé yo, el edipismo como reflejo de su incestuoso amor por la madre, su monismo como consecuencia de su sexualidad obsesiva, la famosa y archibaqueteada dedicatoria a Mussolini o sus inverosímiles connivencias con los nazis derivadas de fantasías tales como que Kant o Juan Evangelista fueron adelantados de Hitler… Se lo están comiendo vivo y la verdad es que el panfletazo no merece menos.

 

Nadie hubiera dicho en los felices 60 que el culto a Hayes y el recuelo neoliberal inaugurado por la Thatcher, acabarían barriendo la asfixiante ortodoxia marxista que por entonces lo dominaba casi todo. Como no creo que nadie pueda garantizarnos hoy que esos olvidados no puedan de volver por donde mismo se fueron, revisados tal vez y libres ya de sus excrecencias dogmáticas, para ser aprovechados en cuanto realmente aportaron. He cerrado este libro con un desolado sentimiento de soledad intelectual, lamentando que un talento como el de Onfray se “divierta” en semejantes meandros, y no me ha extrañado oír a Bernard-Henry Lévy calificarlo de banal, reductor, pueril, pedante y ridículo. Que seguramente no es lo peor que le van a decir ni menos de lo que merece.

5 Comentarios

  1. Estas cosas ocurren, ja, no sé cóm,o te extrañas mi por qué pierdes el tiempo leyendo a estos oportunistas. Pocos tan críticos con Freud como nosotros mismos, nuestra generación, descontados sus propios discículos. Recuerda las maldades que Iung le endosó. ¿Y te extrañas que ahora salgan estos?

  2. Dos cosas comprobadas, que los domingos soleados no hay Internet que valga; y que en este Casino nadie necesita psicoanalista. A mí, conste, el artículo me ha parecido muy interesante y una prueba más de la actualidad cultural de esta columna, lo que significa un esfuerzo de su autor que bien merece nuestro agradecimiento.

  3. Pues a mí me ha divertido la obra porque hay que ver la tiranía del freudismo, las explicaciones retorcidas que te daban escudándose en las tesis de este señor. Y que se le aplique a él las mismas recetas que solía aplicar a las señoritas pudientes me ha parecido de perlas.
    Un beso a todos.
    Añadiría que si a B.H.L. no le ha gustado , mejor que mejor!

  4. ¿Por qué será que las damas no simpatizan demasiado con Freud? A m´me ha percido entender en la columna una protesta contra la iconoclastia, pero más que eso, el disgustoi de ver la crítica reducida a chismorreo. Está muy viejo lo del onanismo de Freud (también se decía de Baroja, por cierto), o lo de su adicción a la coca. No cabe duda de que el psicoanálisis abrió una perspectiva fructífera para la psicología. Otra cosa es que haya quien ha abusado de ese hallazgo o que esa técnica se haya convertido en una industria desaprensiva. Tranquila, doña Marta, que don ja tiene poco que ver con B-H L.

  5. Con retraso me uno a los anteriores comentarios, y lamento que no haya merecido más debate el tema. También discrepo de Freud en muchos aspectos, pero no dejo de entender que hay en su “ciencia” algo muy nuevo que ha revolucionado el saber psicológico. Eso merece un respeto que ningún libro oportunista va a poder liquidar.

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