Ya veremos qué ocurre con la experiencia del voto extranjero en las municipales, desde hace meses disputado a cencerros tapados o a cara de perro, según los casos, por los partidos políticos. El caso denunciado en Almonte, por ejemplo, concretamente el empadronamiento masivo de temporeras del Este el último día del plazo legal, asistidas por una funcionaria del Ayuntamiento desplazada hasta la explotación, canto por sí solo. Andalucía tiene una vieja tradición de manejos electorales –al fin y al cabo, el maestro de maestros, Romero Robledo, era andaluz–, con muertos votantes y trabajadores forzados por los amos, lo que debería servir para curarse en salud y no para inspirar nuevas aventuras. La demagogia habitual puede alcanzar su cenit en estos ambientes foráneos en los que el sentido del voto responde, quizá más que en cualquier otro supuesto, al interés personal e inmediato, y es obvio que las instituciones municipales podrían trajinar mucho en ese terreno fácil. Casos como el de Almonte, por ejemplo, deben aclararse sin demora, aunque seguro que hay muchos otros tan urgentes como él.

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