A un cura y científico polaco le han dado un millón de euros por proponer la teoría de que la existencia de Dios es demostrable desde las matemáticas. Por su parte, en la universidad de Oxford van a emplearse dos millones y medio de dólares en averiguar –con el concurso de neurólogos, biólogos, lingüistas y sociólogos– de qué modo las estructuras cognitivas del ser humano generan las creencias y los motivos por los que aquel tiende a creer en un ser superior al que llama Dios. Es probable que esta corriente demostracionista no sea sino una reacción a la insistente militancia atea que se esfuerza en muchos países, incluido el nuestro, en ese ejercicio racionalista que a uno se le antoja tan gratuito e impracticable como su contrario, es decir, en solucionar la vieja cuestión de la existencia o inexistencia de Dios, antigua aporía que Kant, si mal no recuerdo, tuvo el sentido común de desacreditar al sostener que de nada valen en esta porfía los argumentos racionales puesto que eso que entendemos inmemorialmente por ‘Dios’ es, en todo caso, un postulado de la “razón práctica”, es decir, una ‘creencia’ en el sentido de Ortega, ante la que el pensamiento debe dejar campo libre a la fe. Siempre recuerdo en este punto que Pascal invocaba al Dios de nuestros padres y “no al de los filósofos y los sabios”, sugerente opción que expresa su convencimiento de la absoluta inutilidad de los esfuerzos metafísicos o científicos en este terreno. Lo que ha habido que oír, a este respecto, en la larga vida de la historia del pensamiento es, desde luego, para desanimar a cualquier persona sensata, pero no me digan que no son igual de insensatos los argumentos que hemos debido escucharle a la otra parte. Nadie ha probado nunca nada, ni a favor ni en contra, tocante al “mysterium fascinans” o al “mysterium tremendum”, y cuando digo ‘nada’ no pretendo decir nada que no interese a un cofrade fervoroso del Gran Poder o a un kamikace fanático, sino ‘nada’ que pueda ser recibido como definitivamente lógico por cualquier mente racional. Hegel ponía como condición para acercarse a su ‘Idea’ nada menos que “la humildad de conocer”. Eso se llama tentarse la ropa.                                                                xxxxx

En mi opinión lo que faltaba en esta crónica del despropósito multisecular era la actual tendencia a meter por medio el saber de los neurofisiólogos, tan tentados últimamente en no pocos casos, es verdad, a derivar por la extravagancia de localizar en el cerebro sentimientos y emociones, así como a los genetistas empeñados en identificar a los genes responsables de lo humano y lo divino, lo que no deja de ser una suerte de neomaterialismo pasado de maracas. Las “fórmulas” del cura matemático no tienen por qué resultar menos ingenuas que el propio empeño ateísta aunque estén alineadas, en definitiva, con el rancio argumentario que va desde el irracionalismo atraillado de san Agustín al ontologismo de san Anselmo (que, por cierto, aprovecharon a su manera Leibnitz, Descartes o Malebranche) pasando por la pretendida lógica de las ‘vías’ tomistas que nos enseñaron en bachiller sin decirnos, por supuesto, que el santo acabaría propugnando, como única salida, la vía mística. Un metafísico tan intrincado como Zubiri dice algo en extremo sugerente: que negadores y afirmadores de la divinidad se mueven, sin sospecharlo, en un mismo plano. Y sin embargo, seguimos despilfarrando millones –¡como si nos sobraran!– en cazar a pie enjuto ese gambuzino inasible en el que cree a pies juntilla una muchedumbre silenciosa que no reconoce fronteras ni en el espacio ni en el tiempo. Razón y Fe son funciones paralelas que para unos se bifurcan sin remedio y para otros se juntan en una asíntota que puede ser cualquier cosa menos localizable. En ella caben holgadamente el dios de Abraham y el dios de Spinoza, aparezcan o no en el microscopio y cuadren en las ecuaciones o no.

16 Comentarios

  1. En esta disciplina, como en los millones en que soy enciclopédicamente ignorante, acudo a mi manual de gramática Parda y consulto por la página d. Aquí está: Dios. Pero resulta que como ya tango digitalizada la Parda, me salta un banner que pone: Religión. Intento no hacerle caso por ahora.

    El australopithecus, o el cromagnon, el ergaster, no sé, el ‘homo’ cuyo cerebro se hizo más voluminoso, se asustaba mientras pensaba, ¡pensaba!, en la noche, bien temiendo sobre su árbol que un depredador lo convirtiera en menú del día -más bien de la cena, je, je- o bien en su cueva entre pedruscos, oscura, fría, tal vez con furiosa tormenta y vientos ululantes fuera. Cuando veía aparecer al lorenzo, se le ensanchaba el espíritu y respiraba alegre. ¿Cómo no creer que uno más reflexivo pensara que aquella bola luminosa y caliente era un ser superior que le aliviaba sus cuitas nocturnas? Una, torpe como es, lo habría creído. Lo hubiera adorado y haría lo posible en anotarlo en mi agenda de amistades.

    Pero un listillo -jod…, ya saltó el banner otra vez- se dió cuenta de que si él se convertía en intermediario entre lorenzo y los demás sapiens, si es que lo fueron alguna vez, incluso hoy, interpretaba sus deseos y se hacía administrador de las ofrendas al astro dios, iba a vivir como un abad mitrado. Así que dicho y hecho: se convirtió en mago, hechicero, sacerdote o camarlengo. ¡Había inventado la religión!

    Hace unos días leí algo, corto y pesado, de Agustín de Hipona. Y es que el Jefe no para de sugerir bibliografía suya, casi sin darse cuenta. De ahí -es lo que tiene google- saltas un poco al Aquinate, a los estoicos, a Platón, a Spinoza, a Leibnitz. ¡Dios, y una que solo lee seriamente algo de novela!

    Me lío entre metafísica y teodicea, entre creacionismo y evolución. No alcanzo, lo siento. Salgo de todas esas páginas como el negro del sermón y me reafirmo en un agnosticismo que no es cómodo, ni perezoso, ni tranquilizador.

    Solo, como en una expedición espeleológica, me conduce un frágil hilo al que me agarro: religión-dominio-manipulación-ateísmo. Mejor, me vuelvo a Conrad, cuyo «Corazón de las tinieblas» estoy releyendo por … bueno, varias veces.

  2. ¿El siglo xxi será religioso o no será? Lo malo es que también en nombre de Dios se mata la gente.

  3. No sé qué lío informático ha hecho que mi copmentario de coin sus huesos (en fin, espero que también tenga alguna carne) en uno de los comentarios menores, concretam ente en el que firma Belmonte. Supongo que a la misma causa obedece que allí me acompañen otros. Lo siento y aviso.

  4. La frase de Malraux no cababa ahí, quewrida doña Marta, pues añadía: «…du tout». Ya ve que no e slo mismo. En cuanto a culpar a la religión de la violencia fundamentalista…, uf, eso sería como culpar al cerdo del colesterol.

  5. Una coilumna culta en extremo y, sin embargo, asequle para cualquiera (hasta para mí). Creo también que jagm se dirige contra el abuso de cierto cientifismo iluso que recuerda mucho al aprendiz de brujo y olvida que escasea el dinero para tareas más urgentes.

  6. Ahí hay un creyente bajo la superficie, y confieso mi sorpresa ante la libertad de este señor que lo mismo se desmarca con desdén de la credulidad que defiende el sentido de lo religioso. Perdón si u otros días no entendí bien su opinión.

  7. En efecto, yo también he sido archivado en el Tercio de Varas que firma Belmonte. No me disgusta, la verdad.

  8. Ni les cuento cómo se han puesto a un tiempo varios titulares de nuestro claustro: son de los que niegan el derecho a entrar en sus campos al que piensa por libre. Cierto biólogo (que por lo demás, admira mucho a don ja), bramaba contra esta «intrusión» (sic) de nuestro amigo en «su» disciplina…

  9. Gracias, una vez más, por acreditar la vigencia de la filosofía como saber aplicable a la vida. Amigo ja, vamos quedando pocos, pero ya sabe, ¡adelante con los faroles!
    P.D. Estupendo que te hayas acordado de meter a Malebranche y raro que –conociéndote– no hayas mentado al Dios de Spinoza, ¿no te parece?

  10. Hay mucho «militante», incluso entre sus amigos, que lo van a freir a usted por comentarios como el de hoy. Es curioso que se pueda consumir una vida tratando de demostrar una creencia pero más lo es todavía, a mi modo de ver, que se consuma tratando de negarla. Usted mismo tiene algún amigo que ya ya…

  11. Ése que usted dice, mi señora doña Berenice, arrastra la pesada cruz de su traumilla, dejémosle seguir por esa calle de la Amargura.

  12. ¡Cómo se le iba a olvidar a don ja el dios de Spinoza! Relea la columna, querido Filósofo, u encontrarña la cita al final, aunque sopecho que lo que ha querido decir es que esperaba que la tesis se sustentara más en esa visión que en otras. La verdad, a mí también me ha sorprendido escuchar a nuestro amigo agarrarse a Kant cobre todo y a Hegel en última instancia.

  13. ¡¡Pero bueno !! ¿Como es posible que un ateo intente demostrar a través de la dialéctica, un concepto ajeno que él considera erróneo.

    No debe demostrar, el que niega la existencia de algo, sino el que afirma.

    Y ahora una anécdota: Cuentan que el Duce Mussolini, cuando era director del diario «Avanti» órgano del PSI discutiendo sobre la existencia de Dios con unos amigos, se quitó su reloj de pulsera, lo puso sobre la mesa y le dijo al creyente: «Le doy dos minutos a tu Dios para que se manifieste».

    Ante tal silencio, salió del local entre risas.

  14. ¡¡Qué extrañas coincidencias unen a estos dos antiguos amigos!!

    Hoy Javier Ortiz escribe también sobre el mismo personaje:
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    La impotencia de Dios

    No estaba demasiado predispuesto el viernes pasado para someterme a una sesión de adoctrinamiento religioso, más que nada porque me había cansado buscando con una mano una emisora que no me hablara de devociones y procesiones mientras trataba de fijar con la otra el punto preciso de cocción de unos calamares en su tinta.

    En ésas estaba cuando me topé con un sermón del obispo emérito de Pamplona, al que llamaron “de las siete palabras” con obvia falsedad, como demostró su duración.

    El obispo, que parecía bastante enfadado (en algo teníamos que coincidir), dedicó el grueso de su mitin a poner a Jesucristo como ejemplo del buen morir. “Sin cuidados paliativos”, dijo varias veces, por si alguien se despistaba y no le pillaba la intención.

    Ya me hago cargo de que mi vocación cartesiana casa mal con la metafísica teologal, pero, puesto que el obispo emérito parecía apelar a mi raciocinio, me puse a razonar. Y me pregunté bastantes cosas (sin perder de vista los calamares, claro). Por ejemplo: ¿cómo sabe este obispo que Jesucristo, si es que existió y murió como su iglesia pretende, sufrió mucho? ¿No se da cuenta de que era Dios, y que eso lo condiciona todo? Podía modular a voluntad el grado de su sufrimiento. Otrosí: ¿es lícito juzgar su comportamiento como si fuera un hombre cualquiera y no un ente que sabía que podía morir y resucitar todas las veces que le diera la gana? Además, siendo Dios y pudiendo elegir no morir, ¿en qué medida su decisión de avenirse a la crucifixión no tuvo su tanto de suicidio, por más que supiera que no podía morir, porque era (es) eterno? Y, ya por concluir (aunque podría seguir hasta el infinito con esta colección de contrasentidos conceptuales), ¿qué clase de cuidados paliativos necesita quien sólo sufre lo que él mismo elige sufrir?

    Hacen trampa. Quien ha decidido creer en lo sobrenatural debe atenerse a lo específico del universo mental que ha elegido: no puede pretender que Dios escapa a nuestras leyes físicas y, a la vez, antropomorfizarlo cuando le peta.

    Por resumirme: si Dios existiera, no sería todopoderoso. Al menos de una cosa carecería: sería incapaz de no ser Dios.
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