Entre la obvia necesidad de contener la actividad social y la lógica demanda de la economía confinada, el “Gobierno del cambio” ha optado por una suerte de “prudencia ligth” consistente en abrir poco a poco la mano sin bajar la guardia ni el control. No pocas voces protestan ante esa “debilidad” frente a otras tantas que la celebran, pero hay que reconocer que ese dilema resulta políticamente perverso y que la elevada tasa de mortalidad –la más alta de las registradas hasta ahora– le pone al pleito un fondo de música fúnebre. Cabe esperar, al menos, que la autoridad logre siquiera controlar la epidemia de fiestas clandestinas mientras se consigue un ritmo, cuando menos discreto, en el proceso de vacunación. Parece que el resto, más que de la providencia humana,  es asunto de la otra Providencia.

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