Un fabricante de condones ha encargado una amplia encuesta (26.000 encuestados en 26 países) sobre la satisfacción sexual que ha dado, como suele ser habitual, un resultado poco halagüeño. Parece ser que menos de la mitad, sólo un 44 por ciento del total sondeado, se muestra razonablemente satisfecho de sus trajines, aunque la cosa varía gravemente de país a país como lo prueba que mientras en la culta Francia esa satisfacción apenas alcanza a una de cada cuatro personas y en Japón ni siquiera llega a un 15, en la Nigeria profunda, abismados en el submundo de la negritud, casi siete de cada diez se muestra contento con lo que tiene. Entre los 165 festejos por año que confiesan los lúbricos griegos y los 50 escasos declarados por los japoneses, los investigadores sitúan en una media de 100 las relaciones sexuales ciertamente muy desiguales en muchos aspectos pero, sobre todo, en la duración, pues lo averiguado por la encuesta indica que, sobre una media de 18 minutos, ésta viene variando entre los veloces hindúes que se las avían en 13 hasta los nigerianos de marras que parece ser que le echan al evento muy cerca de media hora. Extrema es también la diferencia espacial en lo que se refiere a la plenitud de los encuentros, ya que a la hora de reconocer el fracaso orgásmico resulta que habría un abismo entre la población occidental –desde el Mediterráneo hasta Sudáfrica y desde México a Holanda– y los pálidos pobladores del Oriente lejano. Sólo un chino de cada cuatro reconoce completar con éxito sus relaciones sexuales (de pareja, se entiende) y ni que decir que decir tiene que las diferencias son mayúsculas si comparamos los resultados masculinos con los obtenidos por las hembras. Hay, en definitiva, un grado moderadísimo de satisfacción entre la especie humana que, sobre todo en zonas desarrolladas y cultas, atribuye el fracaso de su intimidad a la adversidad de un medio que inhibe el instinto y dificulta la relación íntima. Yo no sé, la verdad, pero tentado estoy de recordarle a los encuestadores la advertencia de Bataille (que se dedicó al tema, como saben) en el sentido de que la práctica del amor es algo tan enojoso y difícil precisamente porque aquel no es más que el deseo de algo a la medida de la totalidad del deseo. Tiraba con bala, aquel jodío.
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Me ha llamado la atención especialmente la confirmación –dolorosa, por supuesto– de esa desadecuación entre los sexos que es corriente atribuir a la impericia pero que vayan ustedes a saber. Enterarnos, por ejemplo, de que en el sondeo en cuestión se percibe con claridad que la nostalgia monógama es mayor entre las hembras que entre los machos nos remite al viejo ‘dictum’ –canalla pero qué duda cabe que certero– que establece que los tíos suelen llevar el corazón en el sexo mientras que las jais llevan el sexo en el corazón. Pero el tema, en su conjunto, pierde mucho si se desmenuza hasta perder de vista que lo verdaderamente difícil es entender de una vez que una cosa es el sexo genuino, reproductivo y funcional, y otra ese amonal delicado y explosivo a un tiempo en que las civilizaciones lo han convertido con el tiempo. El propio Rousseau, que había tenido sus más y sus menos en este negocio, diría en el ‘Emilio’ (cito de memoria) que, en realidad, nacemos dos veces y no una sola, la primera para existir, es decir, para la especie, y la segunda para el sexo precisamente. Ardua cuestión, el sexo, estadísticas aparte. Se ha dicho que a la hora de enfrentarse a ese misterio natural, la gente sencilla resulta demasiado simple mientras que las personas inteligentes quizá no lo son lo bastante, como queriendo expresar la índole problemática, laberíntica muchas veces, de ese instinto que solemos tomar a la ligera como si se tratara de una pulsión elemental. El amor es lo esencial, el sexo no es más que un accidente, decía el heterónimo de Pessoa. Así le fue a él.

3 Comentarios

  1. Ayjesús, Jesús, y en los jardines que me mete -huy se m’hascapao- este hombre. Servidora debía ser hoy Sor Ausencia, debido a mis votos, pero la tentación me vence. (Mi don Páter, vaya abriendo la rejilla).

    No sé si era el puñetero del Tomgüolf u otro petimetre racista emboscado, quien ponía en boca de un personaje aquella burrada de que casi todos los problemas de ese África profunda y depauperada se solucionaban cortando las enormes p… negras de sus machos. Una se conformaría con que no le sajaran el colibrí del gustito a las pobres muchachas.

    Los orientales con su micro y los occidentales con su intelectualización del asunto han arruinado -ay, mi don Sigmund- los placeres del tálamo. Casi nadie está contento con su suerte. Pero qué van a decir los fabricantes de chubasqueros.

    (Jefe, tres hip y un hurra. Llevo ya un rato agitando mi blanca toca a modo de pañolillo pidiendo dos orejas, rabo y tres vueltas por la faena de hoy. Asín se atorea).

  2. Buen tema nos ha buscado hoy don José Antonio: nos cambia de lo que estamos viviendo por aquí, unos días antes de las elecciones.
    No me extraña que los franceses, por una vez sinceros no sé si con ellos mismos o con el encuestador,reconozcan que “a penas una de cuatro personas ” esté satisfecha del resultado del deporte en cámara. Por aquí, hablando de una persona desagradable, protestona y que le stá poniendo mala cara a todo y a toods decimos que es “une mal baisée” : pués parece ser que somos todos una nación de …eso.

    Mi amada Sorella, ímenos mal que sigue usted al pié del cañón, porque ésto es el desierto! Se agradece no sabe usted cuanto.

  3. Vaya, mi doña Sicard. En este corazoncito el sentimiento es mutuo. Pero mi sexóloga de cabecera ya me explicó detenidamente que el coito -Ave María Purísima, lo escribí- es menos de un diez por ciento de la sexualidad. Hay corpúsculos de Krause en los varios metros cuadrados de piel, aunque hagan hormiguero en algunos lugares estratégicos.

    Además no dude que habrá millones de ‘un mal baisé’ (mi gabacho es cortito), que se cruza una con tipos que combinan sin duda la falta de ayuntamiento carnal con estreñimientos prolongados, tal es el careto que portan. Besos.

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