Una brigada de policía especializada ha logrado, tras arduos esfuerzos, localizar y detener en Madrid a un ‘artista’ espontáneo que se dedicaba, con nocturnidad y alevosía, a lanzar contra los muros neoclásicos de El Prado bombas de pintura rellena de vivos colores que dejaban sobre ellos un dudoso combinado cromático de discutible valor. No es por entrar en la vieja porfía, pero tengo para mí que si esa operación la hace el Barceló que ha confeccionado la cúpula de Bruselas, lo menos que hubiera obtenido habría sido una sonora disputa entre admiradores y protestantes que verían en el chafarrinón algo muy distinto a lo que pudieran ver en una gamberrada. Cualquiera sabe donde termina el genio y comienza el camelo, o viceversa, pero el arte, desde hace ya muchos decenios, busca cada vez más la firma, la personalización del autor y el relumbrón de la obra, a contracorriente de la clásica norma de Quintiliano, “ars celare artem” (el arte consiste en ocultarlo) en lugar de lo contrario. Barceló pasa mucho, por supuesto, de estas consideraciones posibles, y a ver quién no la haría en su lugar una vez vistos en la inauguración de su obra desde el Rey hasta el último mono y tras haber escuchado en el Congreso cómo el rifirrafe entre la Oposición y el Gobierno sobre el tema, procuraba escrupulosamente evitar el juicio de valor para centrarse en cuestiones tan prosaicas cómo de dónde ha salido el dineral que ha costado el chafarrinón de nuestro artista de moda o cual de los dos partidos mayoritarios es más generoso con el mundo pobre, de cuya asignación ha salido, por lo visto, el dinero de referencia. Es posible que la estimativa artística no haya hecho coincidir nunca la opinión de los ‘expertos’ con la del destinatario natural de la obra, que no es otro, en principio, que la gente en su conjunto, pero está claro que hemos alcanzado un punto en el que la creación ha derivado hacia un  arte solipsista, pasto de las elites cómplices y exclusiva de ellas. Sí, ya sé que la crítica es fácil y el arte difícil, pero a ver cómo le explican al embadurnador de El Prado que su ‘obra’ constituye un delito si lo hace él y una excelencia si la perpetra un famoso.

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La vanguardia, de la que decía Valerie que todo cambia en este mundo menos ella, ha sabido blindarse contra la humilde crítica demótica, improvisando axiomas y pamplinas que,  la verdad es que si no convencen a nadie en sus cabales sí que son capaces de rabear lo suyo en cualquier debate estético. Cuando un tipo como Duchamp te dice que el enemigo del arte es el buen gusto o cuando Cocteau asegura que, en materia de arte, cualquier valor que se pruebe resulta (es) vulgar, se están cerrando las puertas a la crítica libre, incluso a esa “crítica del gusto” sobre la que divagó Galvano della Volpe, reduciendo el criterio a un catecismo curiosamente restringido y de aplicación y uso estrictamente minoritario. Cuando me meto en este tema recurrente en mis preocupaciones, recuero siempre lo que dijo un hombre tan interesante como René Lobstein (“Les douce Douzains du Négoce”) cuando aseguró que el final del arte no era otro que ocupar su plaza auténtica como servidor de la publicidad, un augurio atroz que cada día parece más probable a la vista de lo que estamos viendo (y pagando). Ésa debatida cúpula, sobre la que sorprendentemente no se ha oído ni un  tímido disentimiento, ha costado –con sus rojos sangre, sus verdes esmeralda, sus turquesas inefables y sus panes dorados—más que la mayoría de nuestra obras de arte disponibles y no ha habido ni una mala cara en la inauguración, por supuesto, como no ha habido ni una crítica fuera de los circuitos oficiales del arte. Perdonen la aparente vulgaridad del argumento, pero estoy convencido de que si en lugar de Barceló la firman cuatro pelanas de Vallecas los echan a gorrazos y, desde luego, no hubiéramos visto al Rey en la inauguración. ¿Cuestión de gustos? A lo mejor es hora de pensar si no se trata más bien de sentido común.

6 Comentarios

  1. Antes de opinar he tenido que buscar de qué bóveda se trataba y cómo era. Creâ que me equivocaba cuando hablaban de una en ..Ginebra.! Pe,sé que los dineros españoles no habrían pagado una obra suiza, que para eso ya tienen los suizos bastante dinero. No estoy segura pero me temo que se trata de ésa misma!

    Luego vuelvo

  2. Mi opinión es que el arte en este caso no está tanto en hacer la obra por llamarlo de alguna manera, sino en saber venderla, que coño le contará este tio a los compradores que es capaz de hacer en un brevísimo espacio de tiempo decoraciones tan importantes como la catedral de mallorca, el cartel de la plaza de toros de la maestranza de sevilla de 2008 y ahora el techo de la onu, hay que ser un genio para poder hacer eso, o quién está detrás?. Un saludo Don Jose Antonio.

  3. Pues sí, es ésa. La obra , francamente, no me parece horrible que ya es mucho.Temía algo peor.
    LO de la catedral mallorquí me parece peor. La recuerdo como una joya luminosa y espléndida. Volverla cueva oscura sin forma es un crimen contra el buen gusto y, como dice el maestro, contra el sentido común.

    Bonito aforismo valeriniano sobre la vanguardia.

    Sin embargo no creo que el arte sea nunca “servidor de la publicidad”. Quiza haya publicidades que sean obras de arte ( pensemos en Mucha, por ejemplo), pero lo contrario, casi diría yo por definición, no puede ser. El arte es invención, creación, trabajo desinteresado ( Ver cuantos genios han muerto casi de inanición). Lo demás no es genio, es marketing.

    Besos a todos.

  4. Todo dicho, como casi siempre.

    Solo faltan los juicios de valor sobre la vergüenza de los intervinientes, pero eso puede producir demandas millonarias por cosas así como el honor. Puafff.

  5. Mi Dª Epi, en esta sociedad a nadie le importa ya que el rey vaya desnudo. No es que sea sólo cuestión de gustos, es que la ley que manda es la del gusto propio, que no criterio, y la falta de valores (hay otra ley eterna que es la ley del embudo que tampoco falla). Pero por encima de todo se alza la Cosa entre las cosas: el dinero.
    Digo como D. Griyo. Puaff.

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